Un diario de conciertos

Quique González: Noches de cal y arena

Se cumplen diez años de la publicación del primer elepé de Quique González. El madrileño ha grabado siete discos en una década (seis de estudio y uno en directo), buen promedio para un artista con una propuesta tan minoritaria como la suya. La misma terquedad ha demostrado al actuar en directo y no flaquear hasta conseguir una parroquia bastante numerosa y fiel. Hace tiempo que dejó de ser un desconocido, aunque obviamente no va a llenar nunca Las Ventas: sus rígidos principios (nada de promoción idiota, ni singles de radio-fórmula) le impedirían hacer las concesiones necesarias para ello. 

Nunca ha sido fácil encuadrar a Quique González en un estilo musical. Es legítimo considerarle el sucesor de Enrique Urquijo y Antonio Vega, por las similitudes en la forma de cantar y en las temáticas de unas letras más cercanas a la tristeza de El sitio de mi recreo o Agárrate a mí María, que a la euforia incontrolada de David Bisbal; pero esta comparación, además de tontorrona, se queda corta. Porque de vez en cuando, una canción viene cargada de afiladas guitarras y poderosa base rítmica, y la voz sustituye su melancolía habitual por un descaro vacilón más propio de Burning; y entonces te das cuenta de que Quique González es tan cantautor como Ismael Serrano, aunque con una paleta de colores más amplia que incluye el rock madrileño de toda la vida. 

Ninguno de sus discos me ha entrado a la primera escucha pero, al mismo tiempo, ninguno de ellos se ha vaciado en un par de semanas: todos han demostrado ser capaces de soportar la prueba del tiempo. A día de hoy, mis favoritos son el ingenuo Personal (1998), el sentido Salitre 48 (2001) y el sólido La noche americana (2005). También son los que mejor supieron mantener el equilibrio entre la faceta intimista y la rockera. Otros, como el cansino y monocorde Kamikazes enamorados (2003), no fueron tan afortunados. 

La dicotomía –por no decir esquizofrenia- rockero/cantautor tenía, por fuerza, que trasladarse al directo. Y como ya supondrán los lectores de este blog, lo mío es más Fito Cabrales que Tontu (perdón, Tontxu). Según lo entiendo, para que yo llegue a disfrutar, el artista está obligado a transmitirme primero su disfrute. Tengo reparos con la “Escuela de la Contención Escénica”, algo en lo que han sido unos maestros Antonio Vega y los hermanos Urquijo. Quizá por eso no me decidí a ver un concierto de Quique González hasta después de publicar su cuarto disco. Y en qué momento: mis peores temores se hicieron realidad.

Sí, se podía hacer aún más lenta…

 

Por aquel entonces no lo sabía, pero Quique González había resuelto el dilema arriba planteado de una manera salomónica: dando recitales acústicos con el repertorio más íntimo, y luego conciertos con banda y canciones arregladas para el rock. Resultó que el concierto del viernes 7 de noviembre de 2003 en la sala El Sol era de los primeros. La cosa me olió mal desde que comprobé, al bajar las escaleras de la carismática sala (del garrafón mejor no hablar), que no había ninguna batería sobre el escenario, tan sólo un teclado, unas guitarras y un par de sillas. Pero decidí poner al mal tiempo buena cara y darle una oportunidad. No sirvió de mucho. 

Quique González y su guitarrista y productor Carlos Raya (luego lo abandonaría por M-Clan, y más tarde a éstos por Fito) marcaron el tempo del concierto desde la primera canción: el nombre técnico en argot musical lo desconozco, pero en cine lo llaman “cámara lenta”. El atrevimiento de empezar una actuación de forma tan lánguida fue recompensado con un educado aplauso. Como los dos músicos estaban sentados en sus sillas y el escenario de El Sol apenas se alza medio metro sobre el suelo, sólo los espectadores de la primera fila podían verlos. Cuando los doscientos cincuenta restantes ya nos habíamos resignado a contemplar un mar de espaldas durante el resto de la noche, Quique musitó frente al micro: “¿Por qué no os sentáis?”… Risas incómodas, incredulidad. ¿Sentarnos? ¿En el frío y duro suelo de El Sol, entre las colillas aplastadas? Quique insistió cortésmente y la gente acabó por sentarse. 

Fue un gran error. Es cierto que el espectáculo requería de una atención y una paciencia que sólo pueden lograrse con el público sentado. En tal caso, quizá debiera haberse celebrado en un teatro. La sala estaba llena, y lógicamente una persona sentada ocupa más espacio que una de pie; con lo cual la ocurrencia hizo que trescientas personas estuvieran terriblemente incómodas durante las siguientes dos horas y desearan que el concierto se acabara cuanto antes. Es decir, el efecto contrario al pretendido. Aunque la imagen tenía su gracia: parecía que trescientos niños se hubieran reunido alrededor del fuego para escuchar al monitor del campamento tocar su guitarra. Y cuando las cabezas se agitaban para acompañar el ritmo de algún tema, era imposible no acordarse de los Gremlins en el cine viendo “Blancanieves y los 7 enanitos”. 

Las canciones enérgicas habían sido adaptadas al estilo del show, así que no hubo piedad: aquello no iba a levantar el vuelo en ningún momento. Si no me marché antes de que acabara fue, simplemente, porque tenía que pisar a cincuenta personas para alcanzar la salida. Es difícil rescatar algún momento brillante de una noche tan nefasta, pero lo voy a intentar: me quedo con Calles de Madrid, cantada a dúo con Rebeca Jiménez, su pareja de entonces. 

Después de semejante descalabro, pido un aplauso para mí mismo por atreverme a volver a ver a Quique González en directo. Sus discos me gustaban y seguía leyendo reseñas positivas de sus conciertos, así que decidí darle otra oportunidad. Fue el viernes 30 de abril de 2004 en la ya desaparecida sala Aqualung. No recuerdo la canción con la que comenzó el concierto; quizá fue una de las que tocaron en El Sol o quizá no, pero tampoco importa mucho. Lo que importaba era el envoltorio sonoro: puro rock. Quique iba acompañado de una banda (así se anunciaba en la propia entrada) que estaba dispuesta a hacerse notar. 

Esta vez eran las famélicas canciones de Kamikazes enamorados las que se vestían para la ocasión y cogían algo de cuerpo. De hecho, la base rítmica les sentaba de maravilla -la canción homónima del disco es interpretada con banda en el directo Ajuste de cuentas (2006), así que pueden juzgar ustedes mismos-. Y no sólo el tempo y los arreglos habían cambiado, también la interpretación de las mismas era distinta. Sin llegar a los extremos de un frontman de raza como Loquillo o Carlos Tarque, Quique se mostraba más relajado y juguetón, incluso un poco descarado. Es fácil imaginar el alivio que sentí al cabo de un par de temas: no creo que hubiera podido soportar entero otro concierto como el de El Sol. 

El momento culminante de la noche volvió a ser Calles de Madrid, sobre todo por motivos extramusicales. Doscientas personas habían muerto un mes y medio antes en los atentados del 11-M, y la ciudad aún no se había recuperado del todo. La carta de amor a Madrid que es la canción de Quique tocaba una fibra muy sensible en todos los presentes al concierto aquella noche. Hubo lágrimas. 

Parafraseando el título de su último disco, si el concierto de El Sol fue una avería, el de Aqualung fue una redención. Desde entonces lo he visto en cuatro ocasiones más, con momentos emocionantes como el inspirado solo de violín de Eduardo Ortega en La ciudad del viento en Mallorca, 2005; o el comienzo del concierto en La Riviera, 2006, con Aunque tú no lo sepas a piano y voz en el séptimo aniversario de la muerte de Enrique Urquijo. También he podido apreciar la imprevisibilidad del repertorio, algo muy de agradecer en un país en el que la mayoría de los artistas se ajustan a una fórmula de éxito seguro y la repiten hasta la saciedad. Quique se arriesga y lo admiro por ello. 

Equilibrando la balanza por el lado negativo, hay que subrayar que Quique nunca será un animal de ésos a los que el escenario se les queda pequeño. Ha apostado por no perder del todo su timidez y aprovechar el juego escénico que ésta pueda darle. Es su elección, pero insisto en que a Antonio Vega y a los Urquijo se les recuerda como compositores, no como intérpretes. Curiosamente, cuando sube al escenario a cantar con Burning, Calamaro o Pereza, Quique es el primero en calzarse unas gafas de sol y jugar a ser estrella del rock. Si tan sólo lo hiciera de vez en cuando en sus conciertos… 

Jota78  

PARA DESCUBRIR A QUIQUE GONZÁLEZ 

Cualquier cosa menos empezar por el árido Kamikazes enamorados (2003). El disco en directo Ajuste de cuentas (2006) es la opción más sensata para saber si Quique González es de su agrado o no. Si lo es, Salitre 48 (2001) y Pájaros mojados (2002) le dejarán también un buen sabor de boca.

Los dos Quiques (no vale comparar):

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3 comentarios

  1. ana

    jolin, despues de leerte me dan ganas de ir a un concierto de Quique! tremendo!

    12 enero, 2008 en 2:54 pm

  2. Bella

    Es cierto que las comparaciones no valen, pero…¡ jo ! ¡ cómo me gusta Bumbury !

    Bella

    22 enero, 2008 en 3:44 pm

  3. Pingback: Quique González y la Aristocracia del Barrio (Sala Joy Eslava, Madrid, 30/12/08) « Si la tocas otra vez…

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