Un diario de conciertos

Leyendas en concierto: Loquillo

Arrancamos el año con otra entrega de la serie Leyendas en concierto, y una que seguramente escandalizará a algunos de nuestros (todavía pocos, pero selectos) lectores. Aquellos que pensaban que sólo los artistas internacionales de más de sesenta años iban a ser contemplados en esta serie, desengáñense: también aceptamos leyendas de ésta nuestra península. Y Loquillo, guste o no, es una de ellas.

En 1996, con dieciocho años recién cumplidos, tuve mi primer trabajo y, consecuentemente, mi primer sueldo: sesenta mil pesetas al mes. Y entonces hice lo mismo que todos los nuevos ricos: comprar por comprar. Por suerte para mí, no invertí en sellos del Fórum Filatélico ni en apadrinar a un niño fantasma en Anesvad o Intervida, sino que me dediqué a adquirir discos, libros y películas como si se acercara un cataclismo nuclear (y yo fuera a sobrevivir a la radiación, se entiende). Así es como descubrí a varios músicos, escritores y cineastas a los que no había podido prestar atención apenas un año antes, cuando mi único ingreso era la paga semanal de, pongamos, dos mil pesetas.

Uno de los discos que compré por comprar fue Compañeros de viaje (1997), el doble en directo de Loquillo y Trogloditas acompañados por Pepe Risi, Jaime Urrutia, Carlos Segarra y otros supervivientes de los setenta y ochenta (en el caso de Risi, por poco tiempo, ya que murió nada más publicarse el disco). Por supuesto, conocía de sobra a Loquillo, e incluso pulularon por casa de mis padres un vinilo de El ritmo del garaje (1983) y una cinta de Hombres (1991). Pero no conocía gran cosa de la banda más allá de los tres o cuatro hits, ninguno de los cuales estaba incluído en Compañeros de viaje; así que compré éste y el anterior doble en directo, A por ellos, que son pocos y cobardes (1989), con un repertorio que ya me sonaba algo más.

Si tengo que ponerle banda sonora a mi 1997, sin duda será una canción de Loquillo y Trogloditas. Varios vecinos aporrearon mi puerta quejándose del volumen de la música, pero yo creo que lo que más les cabreaba era oír doce horas al día las mismas canciones, una y otra vez. Todo el mundo señala A por ellos… como el disco imprescindible de Loquillo, lleno a rebosar de las maravillosas composiciones de Sabino Méndez: Cadillac solitario, Rock and roll star, El rompeolas, En las calles de Madrid, Todo el mundo ama a Isabel y un largo etcétera. Pero es que Compañeros… no repite ni una sola canción y está igual de repleto de temazos: Brillar y brillar, John Milner, El parque de Cervantes, Ciudad muerta o Simpatía por los Stones, por no mencionar los poemas musicados y las canciones de los artistas invitados. Y encima suena perfecto, crudo y directo. La gran diferencia entre A por ellos… y Compañeros… fue la enorme repercusión del primero y la casi nula del segundo, publicado en el momento de más baja popularidad del grupo.

El Loco y el Risi:

A mí eso me daba igual. Estaba emocionado con mi “descubrimiento” y sentía la imperiosa necesidad de verlo en vivo y en directo. En noviembre de 1997 tuve mi primera oportunidad. Diez años después, he visto actuar a Loquillo más de veinticinco veces: lo he visto en solitario o con distintas formaciones de Trogloditas; en recitales de poesía con Gabriel Sopeña o en conciertos de rock de más de tres horas de duración; vestido con traje a medida o de cuero de pies a cabeza; en salas de pequeño y mediano aforo, pabellones, plazas de toros, fiestas populares, festivales e incluso de telonero de los Stones. Parece sensato afirmar que logré aplacar mi fiebre por Loquillo y que nada de lo que haga sobre un escenario puede sorprenderme ya.

Pero en aquel primer concierto de 1997, en la sala Macumba de la estación de Chamartín de Madrid, aún no estaba preparado para lo que me iba a encontrar. Entramos justo en el momento en el que se apagaban las luces. Los rockers rugían. Ricard Puigdomenech arañaba su guitarra con los primeros acordes de Ciudad muerta. Una figura de dos metros de refulgiente cuero negro y tupé se plantaba con arrogancia al borde del escenario. Yo estaba boquiabierto. Antes de aquel día, nunca había presenciado una exhibición de dominio escénico como aquella. Mis conciertos de adolescencia fueron La Unión, Revólver, Celtas Cortos… una retahíla de grupos domesticados y pasteurizados sin problemas para sonar en Kiss FM. Esto era distinto. Era una patada en el estómago de las que te hacen apretar los dientes, pero a la vez sentirte muy vivo.

Para entonces llevaba seis meses escuchando obsesivamente a Loquillo y Trogloditas, con lo cual pude corear todas las canciones con el mismo entusiasmo que los fans de largo recorrido. Aquel concierto era la presentación en Madrid de Compañeros de viaje, y todos los invitados del disco desfilaron por el escenario para interpretar su correspondiente tema. El teclado de Johnny Cifuentes sustituyó a la guitarra de Pepe Risi en Qué hace una chica como tú en un sitio como éste (la imagen se repetiría tres semanas después en el concierto homenaje a Risi, celebrado en la misma sala). Sumando los bises con las imprescindibles de Sabino Méndez, el concierto se extendió hasta las tres horas. Aquella noche fui feliz. Me compré una camiseta con el logo del Pájaro Loco y las tibias cruzadas, pensando en llevarla puesta en mi próximo concierto de Loquillo. Sólo hicieron falta tres días.

Casualidades de la vida, actuaba con Gabriel Sopeña en Albacete, por donde yo andaba aquellos días. El concierto era radicalmente distinto al que había visto el viernes por la noche: distinta banda, un teatro en lugar de una discoteca, chaqueta en lugar de chupa y poesía en lugar de rock. Incluso el lenguaje corporal había cambiado: Loquillo apareció mucho más relajado y afable, como si estuviera interpretando a un personaje distinto sobre el escenario. Los poemas musicados por Sopeña se adaptaban como un guante a dicho personaje. Por poner un ejemplo, no mediaba un abismo entre el mensaje de Siempre libre de Sabino Méndez (“Con el tiempo, a golpes, ellos me hicieron crecer / Cogí la guitarra como quien podía haber cogido el revólver, de tener más valor / O simplemente, menos sentido del humor”) y el de Transgresiones, de Mario Benedetti (“Obedecer a ciegas deja ciego / Crecemos solamente en la osadía”).

El momento más impresionante de los recitales de poesía junto a Gabriel Sopeña era, indefectiblemente, El blues del amo. En este poema de Antonio Gamoneda, el protagonista es un oficinista que describe angustiado cómo la vida se le escapa sin poder aprovecharla. Loquillo interpretaba esta canción con un desgarro y una teatralidad que no hubieran alcanzado Raphael o Bunbury ni en sus mejores momentos, a pesar de sus sobresalientes voces (o quizá precisamente a causa de ellas; el Loco empezaba con un susurro y acababa con auténticos alaridos). En Barcelona, en el Mercat de les Flors, el teatro jugaba a su favor y Loquillo rompía la barrera entre artista y público, atravesando el pasillo central mientras caminaba hacia un impiadoso foco blanco que lo cegaba por completo (en la canción, la luz del flexo del oficinista es una metáfora de su esclavitud). Puedo contar con los dedos de una mano los momentos realmente electrizantes que he presenciado en una actuación en vivo, y éste es uno.

En esta década he visto conciertos de Loquillo buenos, mediocres y malos. Curiosamente, cuando uno decepcionante me hacía dudar de si volver a verlo en directo, el siguiente era espectacular. En 2007, los Trogloditas se disolvieron de manera oficial, aunque hacía varios lustros que no eran más que los músicos de Loquillo, sin posibilidad de tener una voz propia dentro del grupo.

¿Cómo es un concierto de Loquillo en la actualidad? Pues el repertorio se reparte al cincuenta por ciento entre los himnos de Sabino Méndez y las canciones compuestas en el siglo XXI, pasando por alto los poco exitosos años 90 (y mi querido Compañeros de viaje). Los músicos interpretan este repertorio con competencia pero sin demasiado corazón, todo sea dicho. Y desde que Sabino y Loquillo hicieron las paces tras diecisiete años de lanzarse dardos envenenados a través de la prensa (y en el soberbio libro Corre, rocker), tampoco es raro ver al primero subirse al escenario para añadir una tercera guitarra al tramo final del concierto. Y todos tan amigos.

En cuanto al propio Loco… El tupé se ha hecho menos frondoso y las patillas se han encanecido. Igualmente ha dejado de ser el chaval espigado y flacucho de principios de los 80, y ahora parece que vista un chaleco antibalas debajo de la chaqueta, un poco al estilo de Steven Seagal. Sigue teniendo una energía envidiable para un hombre que se acerca a los cincuenta años, pero ha aprendido a economizar su entusiasmo. Y el carisma sigue ahí, quizá no intacto ni a pleno rendimiento, pero todavía en pie.

Jota78

P.D.: Terminamos con un vídeo del CD / DVD en directo Hermanos de sangre, grabado en Bilbao en noviembre de 2005 (allí estuve, claro). Que lo disfrutéis.

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9 comentarios

  1. Arancha

    Aparte de que me encanta leerte… ¿¿¿cómo tienes tanta memoria???

    3 enero, 2008 en 5:55 pm

  2. arween

    artista, maestro, todo actitud, todo talento, asi es loco, elegante, con clase, que dificil es ser humilde cuando uno es tan grande…viva loquillo !!!!! eres el mejoooor!!!

    5 febrero, 2008 en 11:52 pm

  3. Pingback: Loquillo (La Riviera, Madrid, 11/04/08) « Si la tocas otra vez…

  4. iggyrock

    fuerza y honor loco.

    29 abril, 2008 en 8:16 pm

  5. R'N¡'R actitud

    Muy bueno el artículo, pero en toda la descripción del Loco echó en falta una faceta que ha pasado muy por alto hasta en sus seguidores, mucho más que los dos discos de poemas que tiene.

    Me refiero a ese discazo que es “Nueve tragos” en el que el Loco se atreve a cantar con una big band detrás. Muy bueno ese disco de jazz que ha pasado inadvertido para practicamente todo el mundo, menos para los que además del rock nos gusta el jazz… Hace poco creo que se reeditó.

    Un saludo

    14 octubre, 2008 en 11:55 pm

  6. Pingback: Hugh Cornwell + Loquillo (Sala El Sol, Madrid, 12/01/09) « Si la tocas otra vez…

  7. Borre

    Buenas,

    joder que bueno……casi me siento identificado con el relato. Yo también estuve en ese concierto de la sala Macumba y también era de los primeros del Loco (concretamente el segundo al que asistía) aun se me pone la carne de gallina, conseguí la firma del los participantes al concierto en la portada de mi CD…..un logro!!!!

    Años después seguimos ahí, en la trinchera un poco más “Burnianos” (salud Pepe), pero igual de Lokos…..mi último ha sido el XXX Aniversario del loko en lso escenarios en la Expo de Zaragoza,……..y los que quedarán….

    SALUD y R’N’R

    14 enero, 2009 en 5:02 pm

  8. sapecu

    Magnifico articulo, de verdad. Me gustaria desde aqui contactar con coleccionistas de Loquillo. Mi email es sapecu75@hotmail.com
    Gracias

    7 febrero, 2009 en 10:31 pm

  9. Pingback: Loquillo (Parque de Aluche, Madrid, 29/05/10) « Si la tocas otra vez…

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