Un diario de conciertos

Leyendas en concierto: Van Morrison

Ha sido este 2007 un año prolífico para el irlandés Van Morrison, en lo que a discos publicados se refiere: a comienzos de año editó Van Morrison at the movies, una recopilación de sus canciones más famosas que han sonado en películas; en verano lanzó The best of Van Morrison volume 3, cuyo título lo dice todo; y para Navidad ha aparecido en el mercado Still on top. The greatest hits, un doble (o triple, a gusto del consumidor) disco recopilatorio con lo más granado de su discografía. A día de hoy, 31 de diciembre, podemos aventurarnos a decir que no se editarán más “Grandes éxitos” de Van Morrison en lo que queda de 2007.

No importa. Estos recopilatorios no son una muestra de cinismo, sino todo lo contrario, un ejemplo de sinceridad impúdica: es como reconocer implícitamente que sus nuevos discos no cuentan, que la gente sólo quiere tener Gloria, Moondance o Bright side of the road con diferentes portadas y en distinto orden, cuantas más veces, mejor. Lo mismo que le ocurre a Bob Dylan, los Rolling Stones o Paul McCartney, por otro lado. Y como a todas esas leyendas de los sesenta, sus periódicas ediciones o reediciones le sirven de combustible para mantenerse eternamente en la carretera.

He visto a Van Morrison en concierto en dos ocasiones: en enero de 2003 y en octubre de 2007, en el Palacio de congresos y el Palacio de deportes de Madrid, respectívamente. Los que veneren al sexagenario irlandés conocerán de sobra la liturgia de sus conciertos, así que lo que sigue es para aquellos que no hayan tenido ocasión de “experimentarla” en vivo:

Van The Man es algo así como el Fernán-Gómez de la música, un artista polifacético de incuestionable talento y con una mala leche antológica. A Van no le basta con que hayas pagado el disparatado precio de la entrada (verlo razonablemente cerca puede costarte unos 80 euros), además quiere que disfrutes del espectáculo en sus términos. Esto implica guardar un silencio sepulcral durante las canciones (no se te ocurra aplaudir a destiempo durante uno de sus solos de armónica o saxo) y no distraerse con nada: no fumar, no beber, no tontear con el móvil… A cambio de tu atención y tu dinero recibirás una hora y media de música estrictamente cronometrada, con un escueto “thank you” por toda despedida al bajarse del escenario sin que su banda haya terminado de interpretar la última canción. Quizá esté camino del aeropuerto para dormir en Belfast antes de que tú hayas terminado de aplaudir.

Es de justicia reconocer que este maltrato no lo recibe sólo su audiencia. A menudo abronca y humilla en público a sus músicos como si fueran niños que no han estudiado bien la lección, a pesar de que a tus ignorantes oídos les parezca que están tocando como los ángeles. Cuanto antes aprendas que nadie está a la altura de Van, mejor te irá.

Un truco algo ruin que utiliza el irlandés para mantener la atención de la gente es disminuir el volúmen de la música en la primera mitad del concierto, obligando al público a guardar silencio para poder escuchar los matices de la interpretación. Esto genera bastante mal rollo porque unos espectadores acaban llamando la atención a otros para que hablen más bajo, y éstos a su vez responden que han pagado la misma pastaza que ellos, que no están en misa y que se vayan a tomar por culo. Normal. También ocurre que en un palacio de deportes las gradas superiores están demasiado lejos como para que el sonido de los altavoces resulte audible a ese volúmen, con lo cual el cabreo del personal adquiere proporciones de pequeña revuelta popular.

Dice Quique González, un enamorado de la obra de Van Morrison, que la genuina pasión que su ídolo aún siente por la música se demuestra con sus interminables giras; que no tiene necesidad de intentar ganarse al público, vaya. Es una opinión. La mía es que el hombre sigue adelante porque no sabe cómo parar.

Hemos hablado de la forma, hablemos ahora del fondo: las canciones. Hay mucha belleza en las actuaciones en vivo de Van Morrison. Su voz sigue siendo excelente. Los músicos y coristas que le acompañan crean un cálido envoltorio sonoro. El repertorio no anda muy sobrado de clásicos -hasta en eso racanea; digamos que si toca Brown eyed girl, ya te puedes olvidar de escuchar Have I told you lately?-, pero esto es un mal menor porque la consistencia de su cancionero hace que cualquier tema “de segunda” raye en directo a la misma altura que un verdadero hit.

¿Cuál es el problema? Que no falta talento sino pasión, ardor, entusiasmo y entrega, diga lo que diga Quique González. Van Morrison actúa para sí mismo, no te necesita ni le importa si disfrutas o no con lo que estás viendo. Comprendo que uno no puede mantener viva para siempre la llama del entusiasmo juvenil, pero es que en este caso parece definitivamente extinta. El dicho “quien tuvo, retuvo” no se ajusta a la realidad del Van Morrison de hoy.

Hay mucha gente que no piensa como yo. Lo advierto porque no me gustaría que esta crónica hiciera recelar a un albaceteño o un gibraltareño de ir a ver a Van Morrison en concierto, si es que alguna vez toca en su ciudad o cerca. Es una obligación moral de cualquier amante de la música asistir a los conciertos de artistas con cuarenta años de carrera. Unas veces esa obligación te remunera, otras no. Para mí ésta es de la segundas. He cubierto mi cupo de Van Morrison en esta vida.

Jota78 

P.D.: Para no terminar con mal sabor de boca, dejo un vídeo de El último vals de Martin Scorsese, en la época en la que el liliputiense irlandés escupía fuego a cada estrofa. Ojalá hubiéramos podido verlo…

ACTUALIZACIÓN: YouTube ha sido expurgado de vídeos de Van Morrison, seguramente por petición del propio artista. ¿No es para odiarlo?

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