Un diario de conciertos

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Elliott Murphy & The Normandy All Stars (Sala Clamores, Madrid, 18/01/13)

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Concierto: Elliott Murphy & The Normandy All Stars

Lugar: Sala Clamores (Madrid)

Fecha: 18/01/13

Precio: 17,28 euros

Asistencia: 250 personas (lleno)

“Cuando la leyenda se convierte en hechos, imprime la leyenda”: cuántas veces tienen presente los críticos esta fordiana sentencia a la hora de perpetuar la mitificación de músicos de la vieja guardia que, tristemente, no siempre están a la altura de su leyenda. Como si Bob Dylan no tuviera una mala noche, o unas cuerdas vocales arañadas no pusieran nunca en evidencia a Bruce Springsteen, o Keith Richards no destrozara de cuando en cuando sus canciones a base de guitarrazos etílicos.

Hay, sin embargo, un músico de su quinta que sí parece empeñado en que los hechos apenas se distingan de su (modesta) leyenda: el neoyorquino Elliott Murphy, a quien no se le conoce un mal disco o un mal concierto en las últimas dos décadas de las cuatro que lleva en activo. La madurez de Murphy es ejemplar y esplendorosa, y tal vez lo que mantiene viva esa llama sea el no haber gozado de la repercusión de sus contemporáneos. Afincado en París, Murphy ha peleado duro por conservar su culto europeo, y el esfuerzo ha dado sus frutos: una parroquia de fieles le recibe con los brazos abiertos cada vez que visita su ciudad. En el caso de Madrid, tradicionalmente, a principios de año en la sala Clamores.

Bien, dediquemos unas líneas a reflexionar sobre Clamores. En estos tiempos de ataque directo a la cultura, parece que no pueden caber fisuras en nuestro apoyo a los músicos, a los promotores, a las salas; y eso nos lleva a veces a defender lo indefendible. Y Clamores es indefendible. No hay metro cuadrado desaprovechado en este sótano de techo bajo con mala ventilación, aún a costa de que la mitad del aforo no logre atisbar más que una esquina del escenario. Las legítimas quejas de clientes descontentos se estrellan una y otra vez contra la arrogancia del encargado, dueño del local para más señas; y los camareros hacen lo que pueden para moverse entre las mesas, en un espacio demasiado angosto como para evitar que sus sudadas barrigas rocen una y otra vez tu nuca. Clamores es un infierno, y Elliott Murphy debería plantearse seriamente trasladar sus recitales a la sala homóloga Galileo Galilei, más adecuada en su aforo y menos inhumana en sus condiciones.

Murphy acostumbra a acudir a estas citas madrileñas en formato duo, con la única compañía del virtuoso guitarrista Olivier Durand. Anoche, sin embargo, se presentó con la banda completa, secundadas las guitarras por la base rítmica del bajista Laurent Pardo y el baterista Alan Fatras. Era el de Madrid el último concierto de su gira española, y en él presentaba su último disco, It takes a worried man, aún por editar. Aunque la frase anterior es inexacta porque, como puntualiza la página oficial (www.elliottmurphy.com), el músico está casi siempre de gira, tenga disco que presentar o no. Así que no tardaremos en verle de vuelta por España.

Un tercio de las dos horas de espectáculo se consagró a las canciones nuevas, que los fans de Murphy no habían podido todavía escuchar. Que fueran tan bien recibidas dice algo bueno del artista y de sus fans: del primero, que su constancia compositiva sigue rayando a una altura que muchos envidiarían, y de los segundos, que acuden en busca de buena música, sin preocuparse de si se compuso ayer o en 1973, sin pretender la pulsión consoladora de la nostalgia. Murphy es un artista aún válido y su música, parece, atemporal.

Pero no puede haber recital de Elliott Murphy sin la comparecencia de pequeños clásicos como You never know what you´re in for, Drive all night, Just a story from América o Last of the rock stars. La convicción con la que Murphy sigue cantándolas eleva esas canciones noche tras noche, y mientras las escuchas sientes el irrefrenable impulso de salir corriendo a la calle, agarrar por las solapas al primero que pasa y gritarle “¡corre, no sabes lo que te pierdes!”. Sí, tan bueno es.

Cierto es que en dos horas apenas pueden condensarse cuarenta años de carrera, y anoche se echaron a faltar canciones como Rock ballad, Come on Louann, Summer House o Anastasia. También, en la lista de peros, constatemos que el ritmo veloz del concierto impidió echar el freno durante la balsa emocional que es (o debería ser) On Elvis Presley´s birthday, cuya versión pareció algo atropellada. Mal menor en una noche en la que la energía parecía rebotar una y otra vez entre espectadores y músicos, electrizando a ambos.

Si lo tuyo es ese rock de raíz americana que hicieron grande Dylan, Springteen, Fogerty o Petty, por narices te tiene que gustar Murphy, no cabe otra. Siendo tan bueno como aquellos, Elliott Murphy presenta un atractivo añadido: en lugar de apenas atisbarlo en un estadio a 80 euros la entrada, puedes verlo en una sala a un precio asequible. Un privilegio, vaya. Yo no lo dudaría la próxima vez que este neoyorquino se deje caer por tu ciudad: tal vez dé uno de esos conciertos que recordarás durante toda tu vida.

Raphael (Palacio de deportes, Madrid, 22/12/12)

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Concierto: Raphael

Lugar: Palacio de Deportes (Madrid)

Fecha: 22/12/12

Precio: de 38 a 60 euros

Asistencia: 7.000 personas (lleno en esta configuración del recinto)

Buffet libre de canciones de Raphael anoche, en su fin de gira en el Palacio de Deportes. Y hubo variedad de platos en los que picar, unificados en bloques temáticos: desde el pop sesentero de Tu cupido, Casi, casi y Todas las chicas me gustan, hasta los marcianos villancicos Llegó Navidad y Bendita y maldita Navidad; pasando por el tramo latinoamericano con dueto necrófilo con Carlos Gardel incluído. Un repertorio de 41 canciones, ahí es nada, en tres horas de recital que equiparan el directo de Raphael a los de Leonard Cohen y Bruce Springsteen. En el Olimpo de los grandes, vaya.

Pero ya sabemos que lo de “fin de gira” no es más que un eufemismo en el caso del Niño de Linares: desde que recuperara la salud y el vigor hace casi una década, vive atrapado en un bucle feliz, a caballo entre el día de la marmota y el Neverending Tour dylaniano. La tradición obliga a acabar el año en Madrid, bien con una tanda de conciertos en teatros, bien con uno grande en pabellón. Esta segunda opción resulta más práctica, pero el magnetismo que irradia Raphael se diluye un poco en grandes recintos (a cambio, si uno está sentado a partir de la fila 20 y se abstiene de mirar las pantallas, se obra el prodigio de estar viendo al Raphael de 1965).

Con sillas en pista y telones para cubrir las gradas altas, el Palacio lucía ayer a la mitad de su aforo, sin que eso reste valor a la hazaña de convocar a 7.000 personas en estos tiempos difíciles. Pocos, muy pocos de esos espectadores veían a Raphael por primera vez en directo, pues si algo define a los fans de este artista es su fidelidad. La mayoría son contemporáneos suyos que se resignan al peaje de las canciones nuevas a cambio de olfatear una vez más ese aroma de su juventud que traen adheridos los clásicos.

 
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El concierto arrancó pasadas las diez de la noche, con una puntualidad imprescindible vista la longitud del repertorio. Un sonido claro y robusto, pero con ecos de catedral, y una luminotecnia de alto nivel no disimulaban que el escenario, pensado para una gira de teatros, parecía mucho más modesto plantado en la pista del Palacio de Deportes. Cinco músicos (ninguneados por las luces y la realización de las pantallas, y ni siquiera presentados) tendían el colchón sonoro a la voz del cantante, indudable protagonista de la velada.

Sin embargo, amagos de afonía pusieron en aprietos a Raphael en temas como Eso que llaman amor o El tamborilero, esta última más graznada que cantada. Se sobrepuso a base de tablas, pero tal vez su calendario (una docena de conciertos en el último mes) sea excesivo para un artista de casi 70 años que le exige siempre el máximo a sus cuerdas vocales. Irónicamente, temas más desatados como Balada triste de trompeta los pasó con nota, desbocando sus característicos alaridos después de dos horas y media de espectáculo.

La voz, en cualquier caso, no es lo único que forja la leyenda de Raphael: también está el carisma. Y ese no flaqueó anoche. Rejuvenecía por momentos mientras movía las caderas al ritmo de Casi, casi, y se deleitaba interpretando, en sentido literal, las canciones: doblándose a sí mismo en Payaso mientras el joven Raphael nos cantaba desde la pantalla, poniendo carita de gato de Shreck antes de hacer mutis por el foro al final de En carne viva, o fingiéndose abrumado tras hablarle a una silla vacía durante Para volver a volver. El momento más surrealista fue cuando nos bendijo haciendo la señal de la cruz al final de un villancico. Varias veces durante las tres horas de concierto te sorprendías a ti mismo con una sonrisa estúpida en los labios, musitando “qué tío más grande”. Y grande es Raphael, no cabe duda.

La terrible Naturaleza muerta, con su burda denuncia del abuso de los recursos naturales por parte del hombre, fue el momento más bajo del show. Los coros de este tema eran pregrabados, al igual que algunas cuerdas y metales (como la trompeta en, vaya, Balada triste de trompeta) espolvoreados por el resto de las canciones. Nada de eso pareció molestar al respetable que ovacionaba al final de cada tema, a veces por voluntad propia y otras condicionado por los focos que apuntaban hacia las gradas, dando la entradilla para el aplauso.

Podemos ponerle pegas, pues es cierto que el de ayer no fue un concierto memorable; pero fue uno de Raphael, y con eso está todo dicho. Medio siglo después de comenzar su carrera, su entrega y su personalidad le mantienen en la estratosfera de la canción melódica, y mirando tan por encima del hombro a todos los que sueñan con destronarle, que no queda otra que seguir reverenciándole. Raphael se bajó anoche del escenario con la sonrisa satisfecha de quien sabe que aún le quedan muchas noches de gloria por delante. Ave, Raphael.

Repertorio: Mi gran noche, Cantares, Yo sigo siendo aquel, La noche, Digan lo que digan, Tu Cupido, Casi, casi, Todas las chicas me gustan, A pesar de todo, Poco a poco, Sin un adiós, Ella, Enfadados, Cuatro estrellas, Eso que llaman amor, Sexo sentido, Hablemos del amor, Estuve enamorado, Cuando tú no estás, Desde aquel día, Un sueño, Maravilloso corazón, Y fuimos dos, Naturaleza muerta, La fuerza del corazón, Adoro, Payaso, Nostalgias, Volver, Gracias a la vida, Llegó Navidad, Bendita y maldita Navidad, El tamborilero, Para volver a volver, En carne viva, Escándalo, Ámame, Qué sabe nadie, Balada triste de trompeta, Como yo te amo, Yo soy aquel

 
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Fotos por cortesía de Ana Pérez.

Muse (Palacio de deportes, Madrid, 20/10/12)

La apisonadora sónica de Muse aplasta Madrid 

El Palacio de Deportes hierve durante la presentación del nuevo disco del trío británico. Los pabellones se quedan pequeños para el grupo llamado a liderar el rock de estadio en la próxima década.

Concierto: Muse

Lugar: Palacio de Deportes (Madrid)

Fecha: 20/10/12

Asistencia: 16.000 personas (lleno a reventar)

Repertorio: Unsustainable, Supremacy, Hysteria, Supermassive black hole, Resistance, Panic station, Animals, Explorers, Falling down, Host, Time is running out, Liquid state, Madness, Follow me, Undisclosed desires, Plug in baby, New born, Isolated system, Uprising, Knights of Cydonia, Starlight, Survival

Ya está, ya lo han logrado. De forma más incontestable incluso que cuando se presentaron en 2010 en un Vicente Calderón con tres cuartos de su aforo lleno, Muse dieron anoche en el Palacio de Deportes de Madrid el golpe en la mesa definitivo para proclamarse como los nuevos reyes del nuevo rock megalómano, siempre a pachas con Coldplay, claro está. Con Freddie Mercury y Michael Jackson convertidos en cenizas para la leyenda, los Stones a punto de despeñarse por la setentena y U2 atrapados irremediablemente en su propia caricatura, los estadios tienen hambre de sangre joven (en términos relativos) que vuelva a enloquecer a públicos globales con láseres, plataformas, confeti y la parafernalia que haga falta. Es hora de que el rock de masas deje de ser un ajado chascarrillo irónico y vuelva por fin a ser divertido.

Muse todavía tienen que conquistar Norteamérica de forma tan incontestable como Europa, pero por aquí no cabe duda de que están llegando a la cúspide. Es una incógnita si podrán aún subir más alto, pero, vista la devoción de sus acólitos madrileños, no parece probable que se despeñen por ningún acantilado en los próximos diez años. No hay misterio en el éxito de Muse: es la energía pura que generan, la que electriza a sus audiencias de miles de personas al unísono, la que hace sus conciertos tan deseables.

Hay algo de acto social en acudir al espectáculo de Muse, pero todavía no abarca, gracias a Dios, el espectro generacional completo que hace que abuelos y nietos asistan cogidos de la mano a conciertos sin peligro ni personalidad. No se puede gustar a todo el mundo, demonios, eso no es el rock. Muse tiene una horquilla cómoda de fans que va desde la adolescencia hasta la mitad de la treintena, y esperemos que no se mueva de ahí en unos cuantos años.

Cuando los teloneros The Joy Formidable desgranaban anoche los temas de su primer elepé, la superpoblada pista del Palacio de Deportes ya estaba cerca del colapso; y eso una hora antes de que las estrellas de la noche pisaran su escenario. El baterista del trío galés recibió un Cumpleaños feliz de parte de una hiperexcitada audiencia con muchas ganas de fiesta. La expectación se palpaba en el ambiente, e incluso las gradas de visibilidad lateral estaban llenas a reventar. Las de invitados, por supuesto, también, pues si algo caracteriza al rock vigoréxico es la atracción irresistible que ejerce sobre el postureo. A las nueve y media de la noche, el Palacio se acercaba a la ebullición con palmas furiosas que reclamaban a la banda. Esta se hizo de rogar casi un cuarto de hora sobre la hora prevista.

Grandilocuencia, marcialidad y miles de brazos en alto: imposible que la imagen que mejor define un concierto de Muse no recuerde a los mítines de Tercer Reich retratados en El triunfo de la voluntad, ideologías aparte, claro está. La energía lunática que mueve a las hordas es la misma. Cuando los espectadores rugen golpeando el aire con sus puños durante la apropiada Uprising, azuzados por el mismo Matt Bellamy, es fácil acabar escuchando “¡Hail!” en lugar de “¡Hey!”. Pero no estamos en ningún mítin nazi: es la República Independiente de Muse, un universo paralelo desquiciado que apetece visitar por un par de horas.

Matt, Chris y Dominic no hacen discos, sino bandas sonoras para espectáculos. De ahí que el directo sea su lugar natural. La escucha no parece completa sin el soporte visual. En esta gira no hay nada tan epatante como aquel ovni que sobrevolaba las cabezas de los espectadores y del que se descolgaba una acróbata que ejecutaba armoniosas piruetas; una imagen digna de pasar a los anales del rock de estadio. Aquí el asunto se “limita” a una luminotecnia apabullante, de esas que duplican la factura de la luz del Palacio en el próximo recibo, más una pirámide de pantallas que comienza invertida sobre las cabezas de los músicos pero acaba engulléndolos justo antes del primer bis. Siendo el de Madrid el tercer concierto del tour de The 2nd law, deslumbra aún más la perfección técnica del show, sin ningún resbalón aparente, y la comodidad con la que el guitarrista y el bajista deambulan por un escenario lleno de trampas invisibles (no tiene que ser divertido caerse en el foso por el que aparece y desaparece un estridente piano de cola).

Y desde luego la banda, cuarteto en directo, se mostró bien acoplada en Madrid, aunque es difícil detectar cuánto puede haber de pregrabado en su maraña sónica. El nuevo disco se comió casi la mitad del repertorio, aguantando bien el tirón salvo cuando el cantante se sentó al piano en Explorers o el bajista se plantó frente al micrófono principal en Liquid state, dos temas que frenaron un poco el ímpetu del respetable. Por lo demás, el disco cumplió con su cometido y llegó casi tan arriba como los himnos que le preceden. Casi.

Matt Bellamy se calzó unas gafas negras y cantó a la cámara al estilo Bono durante Madness, un tema cuyo sonido le hace parecer un descarte de la etapa Zooropa de U2. Después, durante Undisclosed desire, Matt bajó a la primera fila rodeado de encargados de seguridad y estrechó más manos que en un mítin político. No tiene Matt la personalidad arrebatadora como frontman que haría de Muse la banda incontestable del siglo XXI, pero cumple con creces tirando de tópicos rockeros y de los tonos agudos de su voz. Y mira, es imposible no admirar a alguien que tiene al legendario Kurt Russell de suegro.

Una ruleta electrónica en las pantallas escogió New born por encima de Stockholm syndrome para cerrar el bloque principal del concierto: no decidió la suerte porque la primera ya estaba prevista en el repertorio. Siguió una videocreación infumable proyectada sobre la pirámide, que se prolongó durante cinco minutos eternos hasta que la banda se decidió a volver a salir. Hubo bofetones en las primeras filas por la armónica con la que el bajista interpretó un instrumental de Hasta que llegó su hora antes de Knights of Cydonia (¿qué tendrá Morricone para obsesionar a tantos y tan dispares músicos?). Y para cuando Starlight y Survival finiquitaron un concierto de hora y cincuenta minutos, no había madrileño dentro del pabellón que Muse no hubiera ganado eternamente para su causa.

Fotos por cortesía de Ana Pérez.

Leonard Cohen (Palacio de deportes, Madrid, 05/10/12)

Crónica extraviada.

Fotos por cortesía de Ana Pérez.

Phil Grijuela & The Blackbirds, Scala & Kolacny Brothers, Corizonas, Sharon Jones & The Dap Kings, Slim Cessna´s Autoclub, Los Enemigos, Loquillo (Santander-Logroño, 02-08/01/12)

En Si la tocas otra vez le hemos dado la bienvenida al 2012 con una memorable primera semana de siete conciertos que han convertido mis tímpanos en potito de bebé.

PHIL GRIJUELA & THE BLACKBIRDS (Sala Blackbird, Santander, 02/01/12)

Si estás un lunes por la noche en Santander, apuesta lo que quieras a que no vas a encontrar un plan mejor que ir a ver a Phil Grijuela & The Blackbirds en la sala (valga la redundancia) Blackbird. Y si es un lunes 2 de enero como me pilló a mí en la ciudad cántabra, ni te cuento. No tenemos tradición de bandas de bar residentes en este país, y es una pena, porque en bares como el Blackbird se curtieron grupos como la E Street Band en su día, haciendo disfrutar a parroquias de cincuenta personas y aprendiendo el oficio en el camino.

De Springsteen precisamente fueron varios de los temas que se escucharon aquella noche en ese bar: dos crowdpleasers previsibles (Glory days, Cadillac ranch) y una pieza algo más exótica, From small things (Big things one day come), las tres ejecutadas con brío por el cuarteto que comanda un Grijuela de garganta arañada. Debería aprender la lección del mismo Bruce y cuidársela un poco, que luego todo pasa factura. También sonaron estándares de la Creedence, de los Stones… en fin, nada rupturista, pero es que si la rueda está inventada, para qué la vas a reinventar. Seguro que todos los que estábamos allí aquel lunes obtuvimos todo lo que habíamos ido a buscar. Y seguro también que, si viviera en Santander, sería un cliente fijo de ese bar.

SCALA & KOLACNY BROTHERS (Palacio de festivales, Santander, 05/01/12)

La “satisfacción garantizada” de los Blackbirds no se aplica al otro concierto que vi aquella semana en Santander. El coro femenino belga Scala, dirigido por los hermanos Kolacny, se ha hecho conocido versionando temas pop anglosajones con una pátina de grandilocuencia clásica estomagante. Digo conocido pero en realidad debería decir conocidillo: el director del coro alardea de logros tan notables como haber colocado una de sus versiones en el trailer de La red social, ahí es nada…

El resultado no satisface a los puristas de ninguno de los dos géneros. Vale, es gracioso oír versiones de Radiohead o Coldplay cantadas por veinte chicas, pero solo eso: gracioso. Y la broma se hace pesada al cabo de media hora. El director sobreactuaba con ganas, como si estuviera pintando un cuadro imaginario con aerosol, pero se agradecía porque de las pavisosas coristas belgas solo puedo decir una cosa (una que, vaya en mi descargo, salió de la boca de mi acompañante femenina en mitad de aquel tedioso recital): “esas chicas necesitan un buen po%$@zo”.

Por rescatar algo de la hora y media de tortura, las aplicadas versiones del Cumpleaños total de Los Planetas o del Clandestino de Manu Chao estaban mejor vocalizadas de lo que nunca lo hicieron sus intérpretes originales.

Scala & Kolacny Brothers: un espectáculo a evitar.

CORIZONAS (Palacio de deportes, Logroño, 06/01/12)



SHARON JONES & THE DAP KINGS (Palacio de deportes, Logroño, 06/01/12)



SLIM CESSNA´S AUTOCLUB (Palacio de deportes, Logroño, 07/01/12)


LOS ENEMIGOS (Palacio de deportes, Logroño, 07/01/12)


LOQUILLO (Teatro Bretón, Logroño, 08/01/12)

Nancys Rubias (Sala El Sol, Madrid, 21/12/11)

 

Concierto: Nancys Rubias

Lugar: Sala El Sol (Madrid)

Fecha: 21/12/11

Precio: con invitación al comprar el disco

Asistencia: 300 personas (lleno)

Repertorio: Cohete a Nancylandia, ¡Pero bueno!, Marina D´Or, Supertravesti, Adolescencia terminal, Disco Nancy, Peluquitas, Nancys Rubias, Barbie debe morir, Peluquitas

Por dónde empezar. Lo de Mario Vaquerizo es un misterio tan grande como las siluetas del edificio Windsor o el propósito en la vida de los hermanos jevis de Gran Vía. El país entero le observa atónito, dividido entre los que le consideran un icono, una parodia, un arribista, un revolucionario, un tonto, un genio… No será esta crónica la que resuelva el enigma, pero apuesto a que una gran broma no es, porque hasta los Kiss aparecen de cuando en cuando sin maquillaje, mientras que al personaje de Mario Vaquerizo no se le conocen fisuras en su cruzada taliglam. Sea lo que sea, lo es a tiempo completo.

Otra opción es que no sea nada, y eso explicaría la fascinación que despierta a pie de calle, pues representa el gran sueño español: medrar sin saber hacer la o con un canuto. Cuando el mundo le conoció decía ser representante, pero ¿qué artista en sus cabales dejaría sus asuntos en manos de alguien así? Ganó visibilidad al casarse con Alaska y este año, reality mediante, se ha convertido en una figura mediática por derecho propio. Y versátil: pinchadiscos, cantante, presentador y lo que se ponga por delante. Mario ha caído en gracia, lo que explica que hasta la señora septuagenaria que se pone a la cola del concierto de las Nancys Rubias por error, pensando que va a comprar un décimo de lotería en Doña Manolita, acabe sonriendo al descubrir que se trata del ubicuo Vaquerizo.

 

 

El otro misterio es por qué Rolling Stone manda a alguien a cubrir el concierto promocional de un cuarteto que toca en descarado playback. Lo siento, no tengo respuesta para eso. Los 300 espectadores que llenaban El Sol anoche se dividían ecuánimemente en dos grupos: los que habían sido premiados con una entrada por comprar el disco y los invitados. Los segundos, entre los que se encontraban David Delfín, Bimba Bosé y la incombustible Lucía Bosé, posaban en un photocall algo pobretón en una esquina de la sala, ocupando el espacio de un puesto de merchandising que no tenía sentido en este acto en el que todos tenían ya el disco (pagando o por la patilla). También estaba Alaska, cómo no, que vería el concierto en primera fila sacando fotos como una admiradora más.

El conflicto con Mario Vaquerizo (y por extensión con las Nancys Rubias) es que criticarlo es como pegar a un masoquista: no conduce a nada. Cito textualmente su impagable hoja promocional: “Sobornan a la prensa para que las critique y para que las ensalce y las hunda a la vez. ¡Viven del escándalo! Del escándalo y de la contradicción”. Más claro, agua. ¿Qué sentido tiene un análisis riguroso de un artista o grupo que no se toma en serio a sí mismo? Bueno, por intentarlo que no quede.

A las once menos diez, cincuenta minutos después de la apertura de puertas, subieron las cuatro Nancys Rubias al escenario. De izquierda a derecha estaban Nancy Travesti (guitarra eléctrica), Nancy O (triángulo), Nancy Anoréxica (cantante) y Nancy Reagan (teclados): no me creo que esté escribiendo esto. Entre paréntesis se indica el objeto que sostenían en las manos, pero para sus propósitos hubiera servido igual una zambomba, porque tocar, lo que se dice tocar, no lo hicieron mucho. Una vez en marcha el playback, Vaquerizo presumió de costillas y tatuajes, dibujando una estampa que podía recordar a Iggy Pop si uno entrecerraba los ojos: pero no, no había nada que hacer, el engaño no era posible. Los animales de escenario nacen, no se fabrican, y Vaquerizo es un impostor de baja estofa que ni siquiera se esfuerza por sincronizarse con la grabación cuando le toca cantar.

El guitarrista jugaba a ser un Ramone, el teclista ponía cara de portero bruto de after, y la tercera en discordia, hermana del cantante para más señas, enseñaba las bragas a las primeras filas y le atizaba a su triángulo con preocupante entusiasmo. Iban desfilando las canciones a buen ritmo hasta que el sencillo Peluquitas, la más coreada, cerró el bloque principal al cabo de treinta minutos.

Tardaron en volver a salir lo que tardó Vaquerizo en cambiarse de pantalones, y diez minutos después concluía el bis (y el concierto) con, de nuevo, Peluquitas… La canción es pegadiza, nadie lo discute, pero oírla dos veces en un cuarto de hora se antoja excesivo. En cuanto a la brevedad del espectáculo (voy a dejar de llamarlo concierto, va): si bien es cierto que llevo más tiempo escribiendo este texto del que Vaquerizo y los suyos pasaron anoche sobre el escenario, tampoco hubiera deseado que durara más. Cuanto más deprisa se cuente un mal chiste, mejor pasará.

El mayor error que cometen las Nancys Rubias en su espectáculo es encorsetar a Mario Vaquerizo con un playback que aniquila su desparpajo. El hombre tiene gracejo natural, por lo que su formato ideal tal vez sea el monólogo humorístico con breves apuntes musicales; un poco como Bertín Osborne, vaya. Ahora la fórmula es exactamente la contraria.

Última reflexión: no tenía muy claro si publicar este texto bajo el epígrafe Noticias o el de Conciertos, porque en realidad no es ninguna de las dos cosas. Al decidirme por lo segundo, me pide que valore con estrellas el concierto, y como tal, estoy obligado a darle la puntuación más baja por respeto a los verdaderos músicos. Pero igual de justo hubiera sido otorgarles cinco estrellas, porque Nancys Rubias no pueden medirse por el mismo rasero que Arcade Fire, Metallica o Coldplay. Simplemente son otra cosa.

 

Fotos por cortesía de Ana Pérez.

 

Noel Gallagher´s High Flying Birds (Sala La Riviera, Madrid, 26/11/11)

 

La hinchada madrileña encumbra a Noel Gallagher

El cantante británico satisface a sus seguidores con un recital equilibrado entre accesibles piezas nuevas y clásicos de Oasis.

Concierto: Noel Gallagher

Lugar: Sala La Riviera (Madrid)

Fecha: 26/11/11

Precio: 25 euros

Asistencia: 2.500 personas (lleno)

Repertorio: (It´s good) To be free, Mucky fingers, Everybody´s on the run, Dream on, If I had a gun, The good rebel, The death of you and me, Freaky teeth, Wonderwall, Supersonic, Record machine, AKA… What a life!, Talk tonight, Soldier boys & Jesus freaks, AKA… Broken arrow, Half the world away, The wrong beach, Little by little, The importance of being Idle, Don´t look back in anger

No había anoche en Madrid un lugar con más ingleses en modo hooligan por metro cuadrado que La Riviera; y entiéndase hooligan en un contexto positivo, en el de “exaltación de la camaradería viril y derramamiento a discreción de minis de cerveza”. Eso, hay que reconocérselo, nadie lo hace mejor que un guiri. El ambiente en la sala era parecido al de un concierto de Hombres G en Londres: todos habían venido a por su ración de nostalgia y a sentirse un poco más cerca de casa a través de la música.

También había españoles, claro: aquellos a los que la explosión brit-pop de finales del siglo pasado les pillara en plena efervescencia adolescente (la época en la que más permeable eres a la emoción pura de una buena melodía) o tal vez de Erasmus por las islas. Era fácil distinguir al inglés del español entre los dos millares largos que llenaban la discoteca, porque el primero cantaba a pleno pulmón cada letra de cada canción, y el segundo farfullaba hasta la llegada del estribillo. Unos y otros estaban allí para lo mismo, rendir pleitesía al mayor de los Gallagher; pues, si hace quince años tocaba ser “de Oasis o de Blur”, ahora la pregunta se ha transmutado en “¿eres de Liam o de Noel?”.

Los madrileños no han tenido que elegir dado que Beady Eye, el grupo del benjamín Liam, tocó antes del verano en la misma sala donde ahora se ha presentado Noel. Éste parte con una pequeña ventaja a la hora de agradar a su público porque la mitad de su repertorio está formado por éxitos de su antigua banda; algo a lo que su hermano se ha resistido, tal vez solo para privarle de más ingresos por derechos de autor. A lo que llega el rencor… Noel no cuenta con la voz icónica de Oasis para apoyar esos temas en el directo, pero tampoco es que eso importe mucho en una sala con la acústica de La Riviera. Y siempre queda la socorrida solución de dejar cantar al respetable.

Poco después de la nueve se dejaban ver estos High Flying Birds de Noel Gallagher y el público les daba la bienvenida con un rugido fervoroso. (It´s good) To be free, toda una declaración de intenciones se mire por donde se mire, abría el recital con un sonido embarullado que mejoraría poco a poco a lo largo de la siguiente hora. Un juego de luces competente permitía ver las caras de los músicos: lo mínimo que cabe exigir porque en los directos, además de escuchar la música, quieres asistir a la interpretación de la misma (sí, digo esto por esos fans de Fleet Foxes que lo disculpan todo).

No es que esta banda tenga tampoco la presencia escénica más arrebatadora del mundo. El quinteto está en su sitio, de forma real y metafórica; y ninguno de ellos, ni el mismo Noel, acapara la atención. Tal vez el baterista, con su bombín y su barba que le dan un aire al Bud Spencer de los spaghetti westerns de los 70, sea el más peculiar de todos, pero no hay poses estelares en esta banda.

La pequeña gran sorpresa de la noche fue lo bien recibidas que fueron las canciones del primer disco de Noel Gallagher. No es mala cosa ese elepé y, aunque simplificados en sus arreglos, todos sus cortes conservan su vitalismo en el directo; prescindiendo de metales y cuerdas, sustituyéndolos por guitarras, teclados y las voces desgañitadas del público. El entusiasmo no declinó con ninguna canción, pero incluso alguna como AKA… What a life! se acercó a los niveles de delirio de los himnos de Oasis.

Hablando en términos relativos, claro. Porque, cuando a los cuarenta minutos, Noel se colgó una guitarra acústica e interpretó versiones consecutivas de Wonderwall y Supersonic, en toda la sala se respiraba felicidad pura. Y para cuando el concierto se cerró a la hora y media con Don´t look back in anger, directamente no se respiraba, por todo el oxígeno que consumían 2.500 personas cantando con semejante entrega. Es difícil que una ola de amor semejante no te conmueva incluso aunque nunca hayas sido fan de Oasis.

Noel Gallagher no será el cantante más carismático que se haya visto sobre un escenario, pero tiene un saco de buenas canciones para compensarlo. Distanciarse de Liam le ha servido también para corregir esa impresión de divos intratables que transmitían los dos hermanos juntos, con lo que puede aspirar a reclutar para su causa incluso a espectadores que no toleraran el estilo de Oasis. No parece que Abel tenga motivos para querer una pronta reconciliación con Caín.