Bruce Springsteen & The E Street Band (Estadio José Zorrilla, Valladolid, 01/08/09)

Un aguacero inclemente se estrella contra el parabrisas del coche a medida que te acercas a Valladolid el sábado por la mañana, y no sabes cuál de las dos posibilidades es peor: que el concierto se cancele o que se celebre bajo la lluvia. Al menos en el segundo caso tienes garantizado escuchar una deliciosa versión del Who´ll stop the rain de John Fogerty como apertura, pero también muchas penurias y un más que posible resfriado. La tromba de agua es la causante de que las inmediaciones del estadio estén casi desiertas. Es fácil detectar cuáles de los presentes son los fans viajeros: aquellos que llevan chanclas, bermudas y camisetas de tirantes, y con cara de sentirse idiotas por no haber previsto nada para protegerse del frío y la lluvia (en el Carrefour colindante harán su agosto, literalmente, vendiendo sudaderas cutres). Al cabo de un rato, las nubes se quedan secas y los ochocientos fans que ya están apuntados a la lista van apareciendo de debajo de las piedras para el reparto de pulseras. Otros quinientos aún sin numerar nos sumamos a la cola, lo que añade un elemento de caos que ralentiza el proceso hasta hacerlo durar un par de horas. El objetivo, en todo caso, se cumple para todos.

 

 

El número en el dorso de mi mano es el 1014, novecientos puestos más atrás que en Bilbao. Al principio no me preocupa porque es justo lo que quiero, entrar al pit media hora antes de que comience el concierto y verlo con comodidad a poca distancia. Pero una vez en el estadio descubro la terrible verdad: eso ya no es suficiente para mí. Los que ven el concierto desde la grada creen que eso es genial porque nunca han bajado al césped; los que están en la parte trasera de la pista nunca sabrán lo que se pierden por no estar en el pit; y los que consiguen la pulsera y se quedan atrás a sus anchas, ni imaginan lo electrizante que es ver a la banda desde la primera fila. Es casi imposible no descubrirte a ti mismo comparando las distintas perspectivas desde las que viste un determinado momento del espectáculo, y la comparación siempre es odiosa para mi posición en el pit pucelano (que muchos envidiarían). Bruce es una droga: siempre quieres más, y más pura.

Al estadio algunos lo llaman Nuevo Zorrilla, no sé si irónicamente, porque el lugar está ruinoso. Tanto los espectadores de pista como los de grada llegan a su zona accediendo por las mismas empinadas escaleras, con lo que el colapso es de campeonato. El césped (no precisamente verde) está a reventar de gente que no puede más que permanecer de pie en su sitio por la imposibilidad de caminar hacia ningún lado. La organización multiplica el caos obligando a los del pit a dar una vuelta absurda cada vez que intentan salir y volver a entrar en su zona. Es imposible hacer razonar a nadie: su actitud de “yo sólo soy un mandao” se parece bastante a la defensa que utilizaron algunos de los acusados de crímenes contra la humanidad en los juicios de Nuremberg. En mitad de esta vorágine, me acuerdo de la maravillosa organización británica de los conciertos de la E Street Band en el Emirates Stadium el año pasado, y me pregunto si en España llegaremos alguna vez a parecernos remotamente a eso… El recinto está lleno, como en Bilbao y Santiago de Compostela; Sevilla y Benidorm no llegaron a tanto. Aún así, es asombroso el poder de convocatoria de un músico que, con la E Street Band, con la Seeger Sessions Band o en solitario, ha dado ¡veintisiete conciertos en España en los últimos diez años! Como ejemplo comparativo U2, su más directa competencia de rock de estadio, sólo nos han visitado en seis ocasiones en esta década, así que la conclusión es clara: a la masa le gusta Bruce Springsteen.

 

 

A las nueve y cuarto, cuando todavía faltan cuarenta y cinco minutos para que caiga la noche, Roy Bittan (y no Nils Lofgren) sube al escenario para tocar un instrumental al acordeón: nadie sabe qué esperar después de que en Benidorm interpretaran Los pajaritos de Maria Jesús. No sé si Roy falla con las notas o es la algarabía la que no me permite escuchar, pero no reconozco el pasodoble que algunos periódicos dirán al día siguiente que tocó. De todas formas, qué más da. Bruce grita “¡hola, Valladolid!” (yo en su lugar hubiera dicho Pucela, que al ser trisílaba resulta más fácil de pronunciar para un americano) y los muros tiemblan. Aunque London calling y The ties that bind fueron comienzos arrasadores para Londres y Bilbao, ésta es la primera vez que puedo apreciar de verdad cómo funciona Badlands para abrir un concierto. Y chico, qué forma de sacarle los colores al noventa por ciento de los músicos de este mundo: cada vez que las baquetas de Mighty Max aporrean sus tambores, te sientes como Mike Tyson calzándose los guantes para pelear una vez más por el título.

Sólo han pasado seis días, pero me parece que Bruce está más guapo y más cachas que la última vez que lo vi, y que conste que no me preocupa lo homoerótica que pueda sonar esta sentencia. Lo que es seguro es que está de un humor excelente (siempre lo está, en realidad), y se lo pasa pipa vacilando a los cámaras durante Spirit in the night. La incorporación de una tercera pantalla gigante a espaldas de los músicos es un gran acierto y Bruce interactúa con ella a menudo, como cuando nos da la espalda a los espectadores reales para jalear a los espectadores virtuales que aparecen en ella. Aunque el público no necesita estos trucos escénicos, pues le bastan unas palabras en un más que decente castellano durante Working on a dream (“nosotros ponemos la música, vosotros el ruido”) para pasar del entusiasmo a la locura colectiva.

 

 

Una provocadora pancarta que le acusa de “no tener pelotas” logra su objetivo: Bruce pone a la banda a trabajar en una enérgica versión de Great balls of fire, bastante mejor, dicho sea de paso, que la que pude escuchar por boca del mismo Jerry Lee Lewis el mes pasado. De un sobre cerrado extrae la siguiente petición, Something in the night, que el remitente asegura no haber podido oír en diez años de conciertos. Bruce le hace feliz, aunque la canción no resulta demasiado apropiada para este bloque del concierto. El carrusel emocional vuelve a elevarse con Surprise, surprise, dedicada a una niña de catorce años recién cumplidos que se deshace en lágrimas en la primera fila. El tema no es mi favorito de Working on a dream, pero es agradable ver que Bruce deja de pisarle el cuello a su propio disco; lo mismo que con el anterior Magic, del que tocan Girls in the summer clothes en lugar de la cansina Radio Nowhere. Lástima que Bruce, afónico una vez más, sea incapaz de replicar la voz de la grabación original (tampoco ayuda que el productor Brendan O´Brien se pusiera “philspectoriano” en dicha canción).

 

 

El sonido es bastante bueno, por lo que las entradas de la armónica de Bruce y del saxo de Clarence consiguen el impacto dramático deseado. Como el Big Man tiene además una buena noche, canciones tan trilladas como Promised land o Bobby Jean vuelven a sonar frescas una vez más. Durante el bis, Bruce hace la misma pantomima de siempre (presentar a gritos a la banda, sacar a bailar a una extasiada espectadora, fingir que está agotado, dar a su guitarra vueltas de 360º por encima de su cabeza), pero resulta aún más divertida de ver cuando puedes anticiparla. Un falso enfermero le pone una máscara de oxígeno y Bruce se levanta del suelo para rematar Twist and shout, tan veraniega en los conciertos de la E Street Band como el Gran Prix en televisión. La “temprana” despedida llega a los ciento setenta minutos, algo sensato si piensas que la banda va a subirse a otro escenario en Santiago veintidós horas después.

 

 

Por el hilo musical suena el tema de Ennio Morricone Once upon a time in the west, cuyo crescendo no ayuda a apaciguar a las excitadas masas. Las sonrisas de satisfacción se congelan cuando todos comprobamos que el estadio José Zorrilla es una jaula cuyo desalojo llevará al menos cuarenta y cinco minutos, con los consiguientes amagos de asesinato y suicidio de espectadores hartos de ser tratados como cabezas de ganado. Me abstraigo de las blasfemias en varios idiomas a mi alrededor pensando que mis próximos conciertos de Bruce Springsteen & The E Street Band (30 de septiembre, 2 y 3 de octubre) serán ya en el primer mundo, esto es, New Jersey. En esas circunstancias, creo que estará permitido soltar una lagrimilla escuchando Jersey girl o Drive all night.

 

 

Otras crónicas: 

París, 17/12/07

Londres, 30 y 31/05/08

San Sebastián, 15/07/08

Madrid, 17/07/08

Barcelona, 19/07/08

Barcelona, 20/07/08

Londres, 28/06/09

Bilbao, 26/07/09

 

Jota78

Bruce Springsteen & The E Street Band (Estadio San Mamés, Bilbao, 26/07/09)

¿Dónde mejor que en Bilbao para hacer una bilbainada, pues? Admito que la casualidad y las circunstancias tuvieron mucho que ver en ello, pero a la postre fui yo quien se puso el reto y lo cumplió: ver a Bruce Springsteen & The E Street Band desde la primera fila al menos una vez en la vida.

 

 

No soy esa clase de fan fatal que está dispuesto a cualquier padecimiento con tal de estar un centímetro más cerca de su ídolo: me conformo con ser uno de los cientos (en el caso de un palacio de deportes) o miles (en el de un estadio) que consiguen entrar en el pit para ver a la banda a una distancia razonable, sin tirar de pantallas. Esto implica pasarse por la mañana a conseguir la pulsera que te acredita como “elegido”, un sacrificio pequeño para las satisfacciones que da. Pero si aspiras a entrar de los primeros en el estadio, tendrás que apuntarte a la lista al menos un día antes y ratificar tu puesto presentándote a repetidos pases de lista, algunos incluso de madrugada. Jamás pensé que yo sería alguna vez uno de estos, digámoslo claro, locos.

 

Nuestro hotel estaba muy cerca del estadio y nos pasamos por allí el sábado por la tarde para ver qué ambiente había. Una vez en la puerta, nos pareció lógico apuntarnos en la lista en la que íbamos a figurar veinte horas después de todas formas, aunque al saber que los siguientes pases de lista iban a ser a las doce de la noche, las cinco de la madrugada y las nueve de la mañana se nos quitaron las ganas de insistir. Pero los números que nos asignaron (el mío, el 135, sigue marcado con tinta indeleble en el dorso de mi mano dos días después) eran lo suficientemente bajos como para empezar a fantasear con esa idealizada primera fila, así que dijimos: de perdidos, al río. A las doce de la noche estábamos de vuelta para nuestro segundo pase de lista (el primero fue a las siete, nada más apuntarnos) y comprobamos que unas diez personas se habían rajado ya, con lo que ganábamos posiciones y nos acercábamos un poco más al Shangri-La prometido. La cosa se puso difícil a las cinco de la mañana, cuando apenas se tacharon otros diez nombres de la lista: podías ver en los legañosos ojos de los restantes que todos iban a pelear ya hasta el final. Como la mayoría éramos adultos hechos y derechos, pocos nos atrevimos a mirar a la cara al anonadado conserje del hotel, que nos veía volver en manada a nuestras camas después de un paseo de media hora por la madrugada bilbaína.

 

 

En el pase de lista matinal nos hicieron además formar la cola más extravagante posible para reproducirla a la hora de la apertura de puertas. El esfuerzo sería en vano, pues la organización del concierto cambiaría el sistema justo antes del reparto de pulseras y la formación tendría que adaptarse a la nueva situación. Ya con las pulseras en nuestras muñecas, nos fuimos a comer y a dormir la siesta. A las cinco estábamos todos de vuelta para lo que creíamos una broma: un último recuento (perdida ya la cuenta de los recuentos) a la carrera y a grito pelado, para evitar que el caos se adueñara de la situación y todo el trabajo fuera en balde. Los ciento cincuenta primeros entramos a las seis de la tarde al estadio en escrupuloso orden, pero los novecientos que venían detrás optaron por un estilo más de “sálvese quien pueda”, para cabreo de muchos. Si no se produjo una desgracia en las empinadas escaleras que llevaban al césped, fue porque Dios no quiso.

 

¡Conseguido! Estamos en primera fila, a los pies del taburete que ocupará Clarence… ¡dentro de cuatro horas! A la euforia inicial le sigue el bajonazo por saber que aún falta ese sprint final antes de llegar a la meta. El sol nos castiga durante la primera media hora, pero acaba por ocultarse detrás de una grada lateral del estadio y la espera se hace soportable, Fanta en mano. Todos a nuestro alrededor son hardcore-fans que han visto a Bruce varias veces en directo en distintas ciudades europeas, así que me siento comprendido en mi locura. Sin un telonero que nos haga más llevadera la tarde, el cansancio acumulado empieza a notarse en las caras que veo a mi alrededor. Pero todo se olvida a las diez de la noche. Se apagan las luces del estadio y el primero en dejarse ver es Nils Lofgren, que toca con un acordeón ¡Desde Santurce a Bilbao! Los vascos no cantan el estribillo: lo berrean extasiados. Salen Bruce y Clarence y recuerdas el porqué de tantos esfuerzos: no hay nadie entre ellos y tú, y cuando te miran lo hacen directamente a los ojos. Es como si las cuarenta mil personas a tu espalda hubieran dejado de existir.

 

 

Con The ties that bind y Badlands estamos (más o menos) a nuestras anchas, pero la cosa cambia a la tercera canción, Hungry heart: Bruce baja del escenario para recorrer las plataformas laterales, y sus idas y venidas provocan pequeñas avalanchas humanas que hacen que sientas como propia la transpiración del recio vasco a tu derecha. La canción agita a las masas mientras Bruce se limita a azuzarnos gritando “COME ON!” después de que farfullemos cada estrofa, así que no sale una versión digna de tener en un disco pirata. Las aguas vuelven a su cauce en las primeras filas cuando Bruce regresa al escenario, pero las estrecheces se sufrirán una y otra vez durante las tres horas de concierto. Los amables vigilantes del escenario nos refrescan de cuando en cuando arrojándonos chorros de agua que rara vez llegan a la tercera fila, pues se estrellan contra la cara de algún infeliz que no ha pedido ser refrescado (también cabe la opción de pedir un vaso para beberla, pero su sabor hace dudar de su potabilidad).

 

Outlaw Pete me gusta cada vez más en directo, su melodramatismo y grandilocuencia a lo Morricone son cualidades perfectas para conciertos en estadio. Cuando lo veo calzarse su sombrero de cowboy, aprecio el talento de Bruce para la sobreactuación bien entendida (a la manera de Pacino y DeNiro en los setenta) y recuerdo qué es lo que le hace único: esa apabullante presencia física que te obliga a mirarlo todo el tiempo. Qué gran intérprete se perdió el cine americano con este hombre; seguro que su Oscar a la mejor canción por Philadelphia hubiera sido entonces uno al mejor actor. Detrás de la banda se proyectan paisajes desérticos y cielos rojos que le dan tal empaque visual a la canción que hacen de ella el primer momentazo de la noche.

 

 

Desde la primera fila también constatas que la operación de caderas de Nils salió bastante mejor que la de Clarence, pues el primero no para de moverse mientras el saxofonista acusa el dolor a cada paso. Aunque al César lo que es del César: si en mi crónica de Londres reflejé los numerosos patinazos de Clarence con su instrumento, hoy toca decir que su actuación en Bilbao fue casi impecable, solo de Jungleland incluido. De su inenarrable estilismo (túnica a lo Matrix y pelo recogido en larga cola de caballo) me abstengo de opinar. Detrás de Clarence brilla un extático Charlie Giordano, con cara de no creerse todavía la enorme suerte que tiene de estar ahí.

 

Seeds se cae del repertorio, sustituida por Murder incorporated. Aunque Johnny 99 sigue en su sitio, la “trilogía de la crisis” queda desbaratada por la inclusión de Because the night, que hoy por hoy es tan himno de masas como Hungry heart o Waitin´on a sunny day. Aparece la primera armónica de Bruce de la noche (resulta una prolongación tan natural de su mano como una raqueta en la de Federer o un ratón de ordenador en la de Enjuto Mojamuto) y con ella interpreta deliciosas versiones consecutivas de Factory y This hard land. A estas alturas ya me he dado cuenta de que los emocionados tiarrones que tengo justo detrás son más de cantar que de escuchar, y carecen del sentido de la afinación (eso no les privará de intentar emular el falsete de The river más adelante, con resultados criminales). Es una pena, porque el sonido en primera fila, para mi sorpresa, es bastante decente; pero con semejante coro a mis espaldas, hoy no es el día para disfrutar con las baladas.

 

 

Llega la hora de aceptar peticiones mediante pancartas. Como éstas se cuentan por cientos, las posibilidades de que la tuya sea siquiera considerada son mínimas, pero para que la experiencia de estar delante sea completa, hemos dibujado las nuestras pidiendo Cadillac ranch y Drive all night. Nada, como quien oye llover. Después de terminar Raise your hand de rodillas sobre el piano de Roy Bittan, Bruce ataca ¡Santa Clause is coming to town! Bueno, qué coño, ¿no es eso lo que más nos gusta de los conciertos de la E Street Band, la imprevisibilidad? Feliz Navidad a todos, pues. Le sigue Thunder road, que a mí me parece tan inadecuada para este bloque del concierto como empezar a cenar por el postre. Con lo cuidadoso que es el Boss con la progresión dramática de su espectáculo, debería darse cuenta de que dejar caer tan pronto esta joya hace que pierda parte de su brillo. La petición complacida más inesperada es Does this bus stop at 82nd street?, que jamás esperé oír en directo y que puedo pasar sin volver a escuchar; en cualquier caso, una muesca más en el revólver. La enérgica My love will not let you down antecede a la sempiterna Promised land, en la que Bruce regala su armónica a un niño que no va a olvidar fácilmente este día.

 

 

 

La banda está aún despidiéndose tras Born to run cuando Bruce vuelve a bajar a las primeras filas para coger un cartel de You never can tell. Les lleva un minuto decidir en qué clave la tocan, y el mismo Bruce irá indicando a los músicos durante la canción cuándo deben hacer su solo. El acordeón de Giordano pisa al cantante en su primera entrada, demostrando a los escépticos que los cambios de repertorio no están planeados. ¿Cómo podrían, después de un centenar y medio de temas interpretados en esta gira? La espontaneidad y la frescura compensan de largo cualquier percance instrumental, así que la gente baila encantada la canción de Chuck Berry que todos conocen por Pulp Fiction. La pronta llegada de American land hace pensar en un concierto más corto de lo habitual, lo que resultaría comprensible vista la energía sobrenatural desplegada por Bruce en San Mamés; pero le siguen Dancing in the dark, Rosalita y Twist and shout, colmando a todo el mundo con las tres horas de rock de siempre, no por esperadas menos asombrosas.

 

 

En conclusión, elegí un buen concierto para luchar por verlo desde la primera fila. Como experiencia puntual ha merecido la pena, aunque espero no adoptarlo como estilo de vida porque, la verdad, mi mermada resistencia física no alcanza para tanta privación de sueño, exposición al sol, aglomeraciones, esperas y nervios. Pero tampoco sería la primera vez que donde dije digo, digo Diego…

 

Jota78

 

Lucinda Williams (Sala Joy Eslava, Madrid, 18/07/09)

En una entrevista reciente publicada en un periódico español, el bajista de los Eagles Timothy B. Schmit afirma: “creo que toda la música que se escribe en EEUU es americana y no hay por qué etiquetar como tal un género que en realidad responde a los cánones del viejo country-rock y sus aledaños”. Yo no lo habría expresado mejor, Tim: el nombrecito “americana” es una pedantería para darle una pátina de modernidad a algo que ya hacía Johnny Cash hace medio siglo, y el género es un cajon de sastre en el que caben desde The Band hasta Micah P. Hinson. Uno de sus artistas mejor considerados es la cantautora Lucinda Williams, que ha encontrado en la cincuentena el reconocimiento crítico y el éxito comercial moderado que le fueron negados en sus primeros veinte años de carrera (su primer disco data de 1979). Desde la publicación de Car wheels on a gravel road en 1998, todo han sido parabienes hacia la señora Williams, que además presume de haber hallado la estabilidad sentimental después de varias relaciones tormentosas.

 

 

Se llame como se llame, no soy un amante del género, y cada vez que pienso en country me acuerdo del enfurruñado John Belushi, obligado a cantar la sintonía de Rawhide con los Blues Brothers para un bar lleno de paletos de pura cepa. Pero lucho contra mis prejuicios porque sé que a menudo hacen que me pierda cosas buenas. Sólo tengo un disco de Lucinda, el citado Car wheels…, que me parece muy sólido pero en absoluto la obra maestra que todos dicen que es; no obstante, hay artistas que no parecen completos hasta que uno los ve en directo, y el torrente de piropos superlativos que todos los medios le brindan a la cantante de Luisiana me alentaron a desembolsar cuarenta y tres euros (urgh…) por una entrada para su concierto en Joy Eslava.

 

La calle Arenal no es precisamente rockera un sábado de julio a las ocho y media de la tarde: parejas con carrito infantil, cuadrillas de chavales, mendigos y turistas deambulan sin rumbo por ella, esquivando los últimos rayos de un sol que se resiste a ponerse. Requiere un esfuerzo darle la espalda a todo ello y cruzar voluntariamente el umbral de la puerta de la Joy para meterse en lo que se antoja como una cueva oscura. Tampoco ayudan los carteles anunciando el próximo concierto de Steve Earle (quien tocó la guitarra en el disco más famoso de Lucinda), que me traen recuerdos de su última comparecencia en esta sala, de la que salí escaldado. Mal momento para recordar que lo tuyo no es la “americana”…

 

 

La banda de acompañamiento de Lucinda Williams ya está en el escenario cuando entro, tocando su propio repertorio instrumental bajo el nombre de Buick 6. Muchos de los asistentes han entrado pronto para coger un buen sitio, señal inequívoca de que esta primera visita a España de Lucinda es un acontecimiento para ellos. Aunque el aforo está completo, el segundo anfiteatro no se abrirá hasta la hora prevista de inicio del concierto (las nueve de la noche), lo que joderá a doscientas personas que no encuentran un sitio con una visibilidad del escenario decente. Esta práctica es habitual en Joy Eslava y no acabo de entender su posible beneficio para la sala: para los espectadores, desde luego, no hay ninguno. Entre éstos reconozco varias caras familiares (los dueños de Escridiscos, que estaban en el concierto de John Fogerty el lunes; el bajista Ambite, responsable de programación de la Joy, que fue a ver a Jerry Lee Lewis el jueves…), además de algunos rockeros españoles que han declarado con frecuencia su amor por Lucinda Williams. Al final me hago un hueco en la parte alta del teatro-discoteca, desde donde contemplo la apasionada recepción del público a Lucinda cuando sale al escenario a las nueve y diez (poco antes ha sonado Johnny Cash por el hilo musical).

 

¿Veis? Siempre encuentro la manera de meterlo…

 

Las fotos promocionales engañan y Lucinda no es una atractiva rockera madurita a la manera de Chryssie Hynde. Es decir, madurita y rockera sí que es (toda una señora de tejanos prietos y botas de punta), pero atractiva, lo que se dice atractiva, no. Tampoco le hace falta: cuando pone a trabajar sus arañadas cuerdas vocales, parece que te esté metiendo la lengua en la oreja. Eso es transmitir con la voz y no lo que hacen los de OT, demonios. Su forma de cantar lo dice todo, así que Lucinda es escueta entre tema y tema, se limita a presentarlos con la frase “this song is called…” más el título en cuestión. Durante la primera mitad del show toca la guitarra acústica o deja hacer a sus músicos, que (irónicamente) brillan más como acompañamiento de Lucinda que en su presentación en solitario. La suma de Lucinda Williams más Buick 6 da como resultado un combo de gran potencia.

 

El publico aplaude extasiado todo lo que Lucinda les canta, y probablemente lo merece. El repertorio está bien ordenado para crear un crescendo de intensidad en su paso del country al rock, culminando en la primera despedida después de una enérgica versión de It´s a long way to the top de AC/DC (incluida también en su último trabajo Little honey). La gente quiere más y la banda vuelve para un bis algo rácano, que redondea a noventa el minutaje del concierto. Nada que reprochar a la interpretación de las canciones, pero en fin, esto no son las más de dos horas que la propia Lucinda prometía en su entrevista a una revista española, este mismo mes… La norteamericana “regala” un tema más a la parroquia madrileña, ya en solitario. Reaparece con una guitarra acústica y gafas para leer, y se arranca con una versión de una canción de ¡Violeta Parra! Adiós corazón amante, así se llama el tema, es abortada al cabo de unos segundos por una Lucinda visiblemente nerviosa. Lo mismo piensa que los españoles nos mostramos muy proteccionistas hacia el folclore chileno… La canción vuelve a empezar y su intérprete arranca cientos de sonrisas cómplices por su esfuerzo y su vulnerabilidad. El castellano tembloroso de Lucinda consigue conmovernos y el aplauso que le sigue es de órdago.

 

 

El propósito último de esta crónica era que otros profanos como yo leyeran en internet una opinión distinta a “Lucinda Williams es la hostia”. Pero no puedo ser tan tajante como me gustaría porque, si bien su concierto en Madrid fue corto y caro, no tengo queja de su talento: ésta es la clase de “americana” que soy capaz de disfrutar.

 

Jota78

Jerry Lee Lewis (Escenario Puerta del Ángel, Madrid, 16/07/09)

 

Subamos la apuesta. Si hace tres días hablaba del concierto de un señor de sesenta y cuatro años que tuvo una participación decisiva en la redefinición del rock a finales de los sesenta, el gran John Fogerty, ahora toca hacerlo de otro de setenta y cuatro que ya estaba allí cuando se inventó la versión primigenia del rock and roll, el rockabilly, a mediados de los cincuenta. Segundo bombazo de la factoría Sun Records apenas un año después que Elvis Presley, Jerry Lee Lewis puso al mundo a bailar con sus salvajes “glissandos” de piano en canciones de tres minutos en las que convivían sin problemas el country y el blues, eso sí, a toda mecha. Mientras Presley insinuaba a base de caderazos una sexualidad desbocada que nunca se concretó de forma ilegal más allá de las cámaras, Jerry Lee era un chiflado peligroso al que no le importó casarse con su prima de trece años sin haberse divorciado siquiera de su primera mujer. Este disparate le hizo caer desde muy arriba después de apenas un par de discos de éxito, aunque no le obligó a pasar una temporada a la sombra como a otro contemporáneo suyo, Chuck Berry; y no insinúo que la cuestión racial tuviera algo que ver, pero lo cierto es que el bueno de Berry se limitó a corromper a una menor, no sumó a esto la bigamia y el incesto. Se comprende que las mentes bienpensantes de la época consideraran el rock and roll un peligro público.

 

 

Berry también inspiró la ocurrencia por la que Jerry Lee Lewis será recordado siempre: cabreado por tener que telonear al autor de Maybellene, Jerry Lee terminó su actuación rociando su piano con gasolina y prendiéndole fuego. Según las fuentes consultadas, al abandonar el escenario le espetaría a Berry “supera esto” o “supera esto, negro”: a mí me gusta más la segunda opción, no porque crea que el color de la piel importa, sino porque ayuda a mis propósitos literarios de dibujar al personaje más desquiciado posible. Odie o no a los negros, su caída en desgracia no impidió a Jerry Lee seguir paseando por el lado salvaje de la vida: se casó seis veces y se le murieron dos esposas; tuvo varios hijos y se le murieron otros dos (una mujer y un vástago fenecieron ahogados en una piscina, ¡joder, Jerry, tapa esa puta piscina!); fue un adicto polivalente, cambiando de drogas con el paso de los años… Con todo, el aseado retrato que dio de él la película Gran bola de fuego (1989), en la que era fácil empatizar con el risueño Dennis Quaid por querer follarse a una encantadora Winona Ryder con coletas, propició una operación rescate de la figura de Jerry Lee Lewis para mi generación que le ha servido para seguir ganándose los garbanzos en directo veinte años más.

 

 

Y en esas estamos en 2009. Para Jerry Lee, ya no cabe la opción de dejar un bonito cadáver, así que aprovecha su condición de superviviente de la generación que inventó el rock para engrandecer su leyenda. Creía que los asistentes a su concierto en los Veranos de la Villa serían en su mayoría espectadores casuales, movidos por la curiosidad y prevenidos de ir a ver un espectáculo decadente que no iría más allá de lo anecdótico. Los cínicos tendemos a creer que todos son como nosotros, pero la verdad es que aún quedan románticos en el mundo: la fila de motos Harley Davidson aparcadas a la puerta del recinto así lo probaba. Al menos un tercio de los mil quinientos asistentes (una entrada apañada, pero no lleno) eran afines a la estética rockabilly: gomina, tupés, patillas, camisas vaqueras con el paquete de tabaco metido en el brazo remangado, sombreros de cowboy, gorras de motorista, botas de “chúpame la punta”, vestidos de lunares y peinados imposibles para ellas… Había incluso un tipo que era la viva imagen de Carlos Segarra, y lo más duro de todo es que ni siquiera lo era. Ninguno había traído la chupa de cuero, y eso que la noche era más fresca que las anteriores en el Escenario Puerta del Ángel. Presenciando este improvisado casting para Grease. El musical e imbuido de su espíritu, empecé a concebir esperanzas de que el concierto fuera de verdad algo memorable. ¡Que el cinismo no ahogue al rocker que todos llevamos dentro!

A las diez menos veinte salieron al escenario los cuatro músicos que acompañan a Jerry Lee. Dos de ellos ya han cumplido los sesenta, los otros dos no estarán lejos de hacerlo. El guitarrista “joven” saludó educadamente a la audiencia (con ese acento de la América profunda que parece que esté masticando las palabras para luego escupirlas) y la banda empezó a tocar. Ni rastro de Jerry Lee: esta primera canción la cantaba el mismo guitarrista. Cuando terminó y se pusieron con otra, supusimos que The Killer estaría al caer, aunque bromeamos con la posibilidad de que cada uno de los músicos cantara una canción. Y ¿sabéis qué?… Acertamos. Durante la primera media hora, el concierto de Jerry Lee Lewis tuvo lugar sin Jerry Lee Lewis, con su banda haciendo las veces de económicos teloneros, despachando media docena de temas de country-rock agradable y fácil de ignorar. Esta práctica ya la había observado en otros septuagenarios como B.B.King o James Brown, pero tiene sus peligros: hace tres años fui a ver bailar a Barychnikov, y durante los primeros quince minutos nos clavaron una horrible videocreación del ruso haciendo tonterías en una playa, que se prolongó hasta que un espectador indignado gritó “¡esto es una estafa!”. Entonces, como si ésa fuera la señal que hubiera estado esperando, Barychnikov salió a escena y bailó lo justo para no ser abucheado.

Anoche no oí a nadie gritar “¡menudo timo!”, pero seguro que muchos lo pensaban. Jerry Lee apareció por fin a la séptima canción, y entonces la realidad nos golpeó con fuerza: el loco del tupé indomable es un anciano de paso renqueante y mala salud. Porque hasta los cínicos nos permitimos a nosotros mismos ese margen: “si José Saramago encabeza manifestaciones con ochenta y seis años y Manoel de Oliveira dirige películas con un siglo a cuestas, ¿por qué un pianista no va a estar en buena forma a sus setenta y cuatro?”. Pues está claro: porque Jerry Lee Lewis ha dilapidado su salud, y de las llamas sólo quedan las cenizas.

 

 

El sonido de su piano y su forma de cantar, más que voz, arrancaron sonrisas nostálgicas en una platea resignada a lo peor. Los dedos de Jerry Lee ya no aciertan con las notas, pero aporrean las teclas con un estilo inimitable, para lo bueno y para lo malo. Los tempos cogieron velocidad con respecto al repertorio previo de la banda y el sonido de las canciones hizo las veces de DeLorean volador para trasladarnos a todos a 1955. Entre tema y tema, Jerry Lee parecía tener ausencias, como si no recordara lo que venía a continuación: pero no era más que un truco dramático para crear suspense, antes de atacar la siguiente canción. A veces respondía a los vítores de algún espectador, mascullando en indescifrable inglés “a eso hemos venido, jovencito, a tocar rock and roll” o “no puedo tocar Great balls of fire todavía, se supone que tengo que tocarla después”. Su risa impostada y nasal recordaba a la de Elvis, y era inevitable preguntarse cómo sería un concierto de éste en la actualidad, de seguir vivo.

Tocaron Johnny B. Goode y los rockabillys bailaron con entusiasmo en las gradas, seguramente sin reparar en la ironía de la apropiación del tema-bandera de Chuck Berry, ese “negro”. Sin dilación, siguieron Great balls of fire y Whole lot of shakin´going on, para cuya última estrofa pareció reservar Jerry Lee un plus de energía y voz. La banda seguía tocando mientras The Killer se levantaba para despedirse de los espectadores. Me gustaría poder decir que, para cuando los músicos terminaron la canción (y empezaron a desenchufar sus cables ellos mismos), Jerry Lee, como Elvis, ya “había abandonado el edificio”; pero viendo la velocidad de crucero a la que se bajó del escenario, seguido a poca distancia por un asistente listo para agarrarle al vuelo si sobreviniera un tropezón, dudo que Jerry Lee hubiera llegado al camerino para cuando los espectadores nos encaminábamos ya hacia el metro.

 

 

Un dato de interés que no he mencionado es que el concierto duró ochenta minutos, lo que significa que, restando la media hora que los músicos tocaron por su cuenta, Jerry Lee Lewis estuvo bajo los focos unos cincuenta minutos. Si el precio medio de la entrada es de cincuenta euros (algo más para algunos, algo menos para otros), el cálculo es sencillo: el minuto de Jerry Lee se cotiza a un euro. Teniendo esto presente, espero que esta sea su última visita a España, lo que revalorizaría un poco dichas entradas. Creo que en esto sí podrá Jerry Lee Lewis hacerme feliz.

Jota78

Metallica (Palacio de deportes, Madrid, 14/07/09)

Sin paños calientes: no soy un fan de Metallica. O al menos, no soy lo que un fan de Metallica considera que debe ser un fan de Metallica. Tengo el “álbum negro”, claro, y también me compré Death magnetic por las reseñas positivas que leí y porque sabía que iba a verlos en directo meses después; pero no puedo decir que los haya escuchado mucho. Hace unos años ni siquiera sabía distinguir a Metallica de Iron Maiden (perdón por el sacrilegio, seguid leyendo, por favor). Consideraba el heavy-metal un subgénero musical, poco más que ruido para descargar de ira a las masas.

La cosa cambió para mí en 2005, cuando pude ver el asombroso documental Some kind of monster. Que esa película no fuera ni siquiera nominada al Oscar en su categoría demuestra (o más bien corrobora, después de que Roberto Benigni ganara dos) que esos premios son una puta farsa. Some kind of monster comenzó siendo un típico “making of” documental para acompañar la edición del siguiente disco de Metallica, pero acabó convirtiéndose en algo completamente diferente: un retrato tan íntimo y sincero de la desintegración de una banda que acaba resultando casi insoportable de contemplar. En este largometraje, los “dioses del metal” (como los presenta el anuncio de su videojuego de Guitar-Hero; supongo que no es más vergonzoso que autodenominarse “rey del pop”) enseñan su cara más humana: el cantante James Hetfield desaparece seis meses para rehabilitarse en Alcohólicos Anónimos, dejando en suspenso la grabación del disco; su relación de amor-odio con el baterista Lars Ulrich se hace insostenible; la banda contrata a un psicólogo para hacer terapia juntos y el médico acaba creyéndose un miembro más de Metallica con derecho a voto… Todo en el transcurso de dos largos años. Hay que maravillarse de que Hetfield, Ulrich y el guitarrista Kirk Hammett no sólo tuvieran el valor de que una cámara les hurgara en las entrañas de semejante manera, sino que además acabaran comprando el documental a su discográfica para preservar la visión de los directores. Que alguien se baje voluntariamente del pedestal es algo que no se ve todos los días, y desde entonces he aprendido a respetar a esa entidad-monstruo llamada Metallica (creo que ha quedado claro, pero insisto en ello por si acaso: Some kind of monster es una película para todo el mundo, le guste o no el heavy-metal. Así que si no la has visto, corre a comprártela o descargártela, lo que sea que hagas habitualmente).

 

 

Después de ver el documental me prometí a mí mismo ir a un concierto de Metallica por lo menos una vez en la vida. No pude cumplirlo el año pasado cuando actuaron en el Getafe Electric Festival (para cagarse, el nombrecito) porque estaba viendo a Bruce Springsteen & The E Street Band en Londres, y algunas cosas son sagradas. Pensaba que tardaría años en tener otra oportunidad, pero la publicación del nuevo disco los ha traído de vuelta apenas trece meses después. Pillé buenas entradas de grada (me faltaron pelotas para sacarlas de pista) para el primero de sus dos conciertos en el Palacio de deportes, pero no me quedó otra que revender y volver a comprar para el segundo día cuando supe que iba a perderme a John Fogerty si no lo hacía. Al final resultó una buena cosa, porque el martes tenía el estado de ánimo perfecto para ver un show de Metallica, gracias a un mal día en el trabajo que además me hizo llegar diez minutos tarde al concierto, en una carrera en taxi de veinte euros en la que casi perdemos la vida, el taxista y yo. Un día de furia (de esos que tiene a veces Michael Douglas) ideal para escuchar a Metallica.

Cuando llegas al Palacio de deportes con el espectáculo empezado no tienes la sensación de que esté pasando nada dentro. Oyes un murmullo al otro lado de la pared, quizá una línea de bajo, pero los pasillos y las barras del anillo exterior están vacíos, así que empiezas a preguntarte si no se habrá cancelado el concierto. Entonces, cuando aún estás cerrando la mochila inspeccionada por los porteros mientras tratas de no tirar la cerveza que te has pedido a toda prisa, abres una puerta y una explosión atómica te golpea. No, no es Hiroshima en 1945, son dieciocho mil personas rugiendo y agitando el puño en el aire desde absolutamente todas las direcciones del Palacio, y la locura confluye en el escenario rectangular sito en mitad de la pista. Los cientos de bafles orientados en todas direcciones escupen el sonido inconfundible de una canción de Metallica, pero por si cupieran dudas, ahí están ellos, a un tiro de piedra: las estrellas de cine de Some kind of monster hechas carne y sudor.

 

 

Mi amigo Curro sostiene que Miguel Ríos ya hizo aquello de poner el escenario en el centro de una plaza de toros en su gira de mediados de los ochenta Rock en el ruedo. Ahora lo han vuelto a poner de moda Metallica y U2, si bien los primeros llevan ocho meses girando de esta forma mientras que los irlandeses acaban de arrancar su 360º Tour (no creo que quepa hablar de plagio, porque una barbaridad como The Claw no se diseña en dos semanas). La mayor diferencia es que Metallica dan la mayoría de sus conciertos en pabellones cubiertos, con lo que son muchos más los espectadores que llegan a sentir la cercanía con el grupo. Bueno, grupo por decir algo, porque mi mayor temor hacia este diseño escenográfico estaba justificado: los músicos apenas interactúan entre ellos, obligados a repartirse para no dejar a ninguno de los cuatro lados del Palacio sin estímulo visual. Los guitarristas Hetfield y Hammett y el simpático bajista de aspecto samoano Robert Trujillo pululan de un lado a otro del escenario sin apenas encontrarse. La batería de Lars Ulrich permanece en el centro, no girando de forma imperceptible y constante como había imaginado, sino aprovechando interludios en forma de apagón para cambiar de posición y permanecer así la siguiente media hora. Los cuatro apenas se rozan durante las más de dos horas de concierto.

 

 

Y sí, la música de Metallica es ruido, glorioso ruido. Como los conversos iluminados de la Cienciología y otras religiones alternativas, no puedo más  que afirmar: “lo veo, ahora lo veo”. Es liberador gritar hasta quedarte sin aire y levantar los cuernos sin miedo a sentirte ridículo, porque todos son tus semejantes en mitad de esa vorágine. Y es fascinante contemplar el fenómeno meteorológico de ver llover a cubierto… ah, no, espera, no es agua, es el sudor condensado de dieciocho mil personas. Bueno, qué más da, ya ibas a ducharte después de que te tiraran esa cerveza por encima…

Para acentuar la impresión de cercanía entre banda y público se ha prescindido de pantallas (los de la grada alta quizá las hubieran agradecido), pero eso no significa que el espectáculo sea modesto en alardes técnicos. La iluminación es excelente y tremendamente ingeniosa para no perder comba del devenir del cuarteto por el escenario, y además, las torres de focos sobre las cabezas de los músicos cambian de posición en el aire para dejar a la vista su forma de gigantescos ataúdes (la “imagen corporativa” del precioso libreto de Death magnetic). Del suelo del escenario surgen llamaradas cuyo calor puede sentirse desde la grada, así que no sé cómo la banda se atreve a exponerse a esas temperaturas (o a una muerte bien ridícula, si alguien le da al botón en el momento inapropiado). En Seek and destroy, la última canción del repertorio, se dejan caer desde las alturas del Palacio un centenar de balones hinchables negros que la gente lucha por llevarse a casa de recuerdo: menuda imagen, un jevilote sudoroso con una sonrisa tonta en la cara porque se marcha agarrado a su balón de playa pinchado.

 

 

La sensación de comunidad que crea la música heavy se acentúa por el empeño del cantante en llamarnos a todos “la familia española de Metallica”. Desde luego, parece que los espectadores sean de la misma cuadrilla cuando cantan al unísono, con innegable acento español, el estribillo de Nothing else matters, el cierre del bloque principal del concierto. En la grada se atisba el relevo generacional del público con varios niños, de diez años o menos, embutidos en camisetitas de Metallica y haciendo los cuernos junto a sus padres. Lars Ulrich llega incluso a regar a las primeras filas escupiendo a chorro su cerveza (si estos espectadores reciben el líquido con lascivia o con asco, eso ya no lo sé). Al terminar el concierto, los cuatro músicos pasan casi diez minutos saludando a las gradas y lanzando púas de guitarra a puñados: está claro que saben cómo hacer sentir queridos a sus seguidores. Yo no llego a considerarme uno todavía (creo que hay que tener dos camisetas y un vinilo original de Master of Puppets para ello), pero el precio de esta entrada me parece dinero bien invertido. Si habrá una segunda vez, el tiempo lo dirá.

Jota78

 

John Fogerty (Escenario Puerta del Ángel, Madrid, 13/07/09)

“¿Crisis? ¿Qué crisis?”, deben pensar los promotores de conciertos españoles, que este año se han atrevido a traer a la plana mayor del panorama musical angloparlante, con llenos frecuentes a pesar de los precios desorbitados (al menos en la capital: Depeche Mode pinchó la semana pasada en Valladolid, metiendo a 17000 personas en un aforo de 30000). La situación se ha vuelto tan histérica que hemos llegado al punto de tener que elegir entre Metallica, John Fogerty o Lou Reed en dos días consecutivos. Como ya tuve hace tres años el privilegio de recibir un castigo sónico del autor de Metal Machine Music desde la fila 1 de un teatro (me faltó valor para bostezar porque le creía muy capaz de darme un guantazo), esta vez los “dioses del metal” y el ex-líder de Creedence Clearwater Revival han ganado la partida. Aunque para verlos a ambos tuviera que revender unas entradas, comprar otras y quedar mal con unos cuantos amigos, era impensable perderme la primera visita a España de John Fogerty en cuarenta años de carrera.

Para mí, el sonido Creedence es el de las películas de John Landis de los ochenta, vía VHS o Betamax. En el prólogo de En los límites de la realidad, Dan Aykroyd y Albert Brooks viajan de noche por una carretera solitaria, cantando a pleno pulmón The midnight special hasta que el radiocassette se les come la cinta. Luego uno de ellos se transforma en un horrible monstruo y mata al otro, pero eso no viene al caso: lo importante es que esos dos saben contagiarte en noventa segundos la alegría de vivir contenida en la música de la Creedence, y desearías ir en ese coche cantando con ellos. En otra película de Landis, Un hombre lobo americano en Londres (que es anterior a En los límites de la realidad, pero yo la alquilé después), la banda sonora está compuesta exclusivamente por canciones que contienen la palabra “moon” en el título, y en ella no podía faltar la electrizante Bad moon rising. Tanto caló en mí la asociación del cine de género de serie B con el repertorio de esta banda, que acabé metiendo su versión de I heard it through the grapevine en un corto de zombies que mis amigos del instituto y yo hicimos a mediados de los noventa. Eran tiempos más permisivos, hoy en día la SGAE me crujiría por ello.

Os lo he descrito por el puro placer de hacerlo, pero uno o dos vídeos de YouTube valen más que mil palabras:

 

 

Así que algún bagaje sentimental tienen para mí las composiciones de John Fogerty, aunque bastante tibio en comparación con el de aquellos hombres de mediana edad que crecieron escuchando el crepitar de los vinilos de la Creedence. Tres mil de ellos llenaron ayer a rebosar el Escenario Puerta del Ángel, y su expectación por ver el concierto que les había sido negado durante décadas cargó de electricidad el ambiente. El encargado del hilo musical no se andaba con chiquitas y pinchaba temas del mismo Fogerty que no sonarían luego en el concierto, como Almost Saturday Night.

Los escasos ocho minutos de demora sobre la hora prevista de inicio le resultaron insoportables a más de uno. Los seis músicos que acompañan a Fogerty (bastante más jóvenes que él) salieron a enchufarse sin mucho teatro, pero la estrella se hizo de rogar un poco más. Cuando por fin se dejó ver, estalló la locura: la primera estrofa de Hey tonight hizo que la estructura de mecanotubo que sostiene la grada amenazara con venirse abajo, tal fue el estruendo de tres mil gargantas cantando a pleno pulmón. El sonido claro y potente también hacía vibrar el suelo de la plataforma alzada que hace las veces de pista.

A pesar del tremendo bochorno, Fogerty (suena un poco impersonal llamarlo así, pero es mi primer concierto suyo y tampoco voy a tutear a un señor de sesenta y cuatro años) tuvo el valor de salir a escena con una extravagante cazadora bien abrochada, que no se quitaría en los primeros veinte minutos. Físicamente está en plena forma, además de tener un pelazo digno del mejor anuncio de champú; la dentadura, en cambio, es demasiado perfecta para ser genuina. Aparte de su poderosa presencia, su mejor aval es su voz: mientras que a Dylan, Jagger o Springsteen tanto arañarse la garganta empieza a pasarles factura, la de Fogerty sigue tan en forma como en sus mejores tiempos. Y como queriendo recuperar los años perdidos en los que nunca se animó a visitarnos, Fogerty arrancó su show con seis canciones consecutivas de Creedence Clearwater Revival que embargaron de emoción a todo el mundo (siempre es bonito ver a hombres hechos y derechos perder los papeles si la ocasión lo merece). Bad moon rising, Green river, Susie Q., Who´ll stop the rain, Lookin´out my backdoor… Aquello no paraba. A cada canción reaparecía el backliner con una guitarra aún más alegremente colorida que la anterior, y Fogerty las amortizaba arrancándoles solos con su sonido icónico. Poco después tocaron The midnight special, y ver a toda la grada en pie, vibrando de corazón, no es que me pusiera el vello de punta, no; es que hubiera podido cortar cristal con mis pezones. Y eso que no hacía frío precisamente.

 

 

El ritmo era demencial, gracias sobre todo a que ninguna canción de Fogerty dura mucho más de tres minutos. Se dieron un respiro con Don´t you wish it was true, de Revival, su ultimo disco publicado (un par de temas más del mismo sonarían a lo largo del concierto), y con Joy of my life, en la que el cantante incluso se sentó en un taburete. Este tema es una constante en los repertorios de Fogerty sobre todo por estar dedicado a su mujer, porque no es una de sus grandes composiciones. También tocaron un par de temas de marcado acento country, propulsados por excelentes solos de violín; pero pronto volvieron al rock and roll de regusto cajún con Born on the bayou, que no es de mis favoritas pero nadie le puede negar su condición de clásico. Las guitarras sonaban potentes y belicosas, comprensible teniendo en cuenta que llegaron a ser ¡cinco! sobre el escenario, sumando acústicas y eléctricas. Acostumbrado a oír los solos algo ahogados por el conjunto de las grabaciones originales de los sesenta y setenta, escucharlos en directo era como ver nacer de nuevo las canciones.

Seguro que Fogerty suscribe esta frase del Boss: “un público emocionado es un público emocionante”. Y éste lo era porque, a diferencia de varias generaciones de americanos que han tenido oportunidades de sobra para ver un concierto de John Fogerty, nosotros sentíamos que estrenábamos unos magníficos zapatos nuevos. Para cuando Fortunate son cerró el bloque principal del show a los cien minutos, muchos estaban ya en la estratosfera. Fogerty se marchó del escenario a la carrera, y así volvió también al cabo de un minuto. Rockin´ all over the world y Proud Mary añadieron más leña al fuego, tanta que supieron a poco cuando vimos que aquello era todo el bis y que el espectáculo había terminado. Era injusto sentirse decepcionado después de una hora y cincuenta minutos de semejante entrega, pero todos hubiéramos querido más. Por el hilo musical sonaba de nuevo Fogerty, lo que tenía su punto de recochineo, porque era como enseñarle al perro el hueso sin llegar a dárselo. Pero los profesionales backliners americanos (todos bien tatuados) ya estaban haciendo su labor de desmontaje, así que la fiesta había acabado.

 

 

Es asombroso que Fogerty compusiera tantas buenas canciones con Creedence Clearwater Revival en tan poco tiempo (¡siete discos en cuatro años!), pero más increíble todavía es que podamos escucharlas en directo cuarenta años después sin que hayan perdido ni un ápice de su magia o su valor. Para mí, el concierto de John Fogerty ha sido el acontecimiento musical del año.

Jota78

Juan Perro (Escenario Puerta del Ángel, Madrid, 10/07/09)

Estrenan nuevo escenario los Veranos de la Villa, para mi disgusto, porque el Patio del Conde Duque (ahora en obras), además de encantador, está a cinco minutos andando de mi casa. La nueva ubicación es una explanada de cemento cercana al lago de la Casa de Campo que los responsables del festival no tienen pudor en comparar con Hyde Park o Central Park en su hoja promocional, sólo porque tiene unos cuantos árboles a su alrededor. Se ha perdido la oportunidad de situar el escenario de espaldas al sky-line madrileño, con lo que la imagen del anochecer detrás de los músicos hubiera sido gloriosa. En cuanto a la grada, es una versión XXL de la que había en el Conde Duque, merecedora ya de pantallas que muestren los detalles de la actuación a las últimas filas. Sospecho que la organización se ha resistido a ponerlas porque entonces los conciertos podrían seguirse sin problemas desde fuera del recinto. Y eso sí que no, amigos: en Madrid tenemos de todo, pero pagando.

La programación de los Veranos de la Villa va dirigida a un público adulto, a veces incluso demasiado: no estaría de más incluir a algún artista mediático (que no malo) para fidelizar a una franja más juvenil de espectadores. Que a mis treinta y uno siga siendo el más joven de los presentes reconforta, pero no es buena señal. También es verdad que Santiago Auserón no pone de su parte para reciclar a su público, porque ni siquiera ha publicado un disco con las nuevas canciones que ha escrito como Juan Perro (tampoco el LP de Las Malas Lenguas salió antes de la gira). Ya sabemos que ahora el directo cuenta más que las grabaciones, que la gente no paga por la música, etc.; pero sin disco físico que comprar, muchos espectadores a los que les ha gustado lo que han visto se van a casa sin nada que escuchar, y eso es, en definitiva, una oportunidad perdida para ambos.

 

 

La propuesta actual de Juan Perro es adecuada para teatros, pero el escenario Puerta del Ángel, aunque tenga asientos, no lo es. El concierto empieza a las diez menos veinte y transcurre de día durante los siguientes cuarenta y cinco minutos, con lo que resulta muy difícil concentrarte en el escenario cuando tienes tantos estímulos visuales a tu alrededor. Tampoco es que el despliegue escénico del cuarteto de Auserón sea apabullante: distribuidos en cuatro alfombras que rara vez dejan de pisar, los músicos apenas ocupan un tercio de las tablas.

Tenía miedo de no renovar la muy grata impresión que me dejaron las nuevas canciones de Juan Perro cuando las escuché por primera vez en el auditorio de La Casa Encendida, el pasado marzo. Y aunque su impacto se diluye en un gran recinto al aire libre, sigue siendo un deleite escucharlas. Seguro que Auserón siente más cariño por sus piezas de orfebrería cubana cocinadas a fuego lento (o más bien a medio tiempo) que por liviandades de estribillo tontorrón como el que dice “no quiero viajar en una nave estelar, con los pies en la Tierra yo quiero estar”. De acuerdo, temas como Malasaña los escribe Auserón durmiendo, pero a la postre son los que más disfruta la gente, por participativos. Por cierto, que ese tema podría referirse a la revuelta popular de hace dos siglos o a la de hace dos años, cuando cargas policiales decidieron acabar con el fenómeno del botellón a porrazo limpio e indiscriminado. Como dice la canción: “Malasaña, 2 de mayo, poco importa de qué año”.

 

 

 

El bochorno y los tempos de son cubano de varias canciones consecutivas provocaron una inevitable somnolencia en buena parte de los presentes durante la primera mitad del recital. Cuando cayó la noche y Auserón empezó a marcarse algunos de sus inimitables pasos de baile, el espectáculo remontó. No más lágrimas y Charla del pescado hicieron las veces de “éxitos de bis”, aunque podías ver por sus caras que algunos espectadores aún albergaban la esperanza de oír un par de temas de Radio Futura. No procedía: Annabel Lee o La negra flor encajan mejor en las propuestas de Auserón con Las Malas Lenguas o la Original Jazz Orquesta que en un concierto de Juan Perro.

A la hora y cuarenta minutos, los cuatro músicos se despidieron por última vez (vestidos los dos blancos de negro y los dos negros de blanco) y los espectadores no remolonearon a la hora de levantar sus doloridos culos de los incómodos asientos. Yo tendré que volver a probarlos pronto, pero ésa, como decía el biógrafo de Conan, es otra historia.

Jota78

Pretenders (Sala La Riviera, Madrid, 01/07/09)

Siguen empeñados algunos medios en convencernos de que Pretenders es una banda, cuando todo el mundo sabe que Pretenders es Chryssie Hynde. Es verdad que aún cuenta entre sus filas con el batería original Martin Chambers, pero éste ni siquiera ha grabado en el último disco (cito textualmente a Chryssie: “Martin es el más entretenido batería de rock del mundo, por supuesto, pero Jim Keltner es un alquimista, un mago. Quería un estilo diferente para el álbum y Martin no tuvo problema en dejar su puesto a Jim para este proyecto”. No sé, no me imagino a Charlie Watts o Larry Mullen Jr. cediendo las baquetas sin más al primero que pasa…). Pretenders es una banda de la misma forma en que lo son Revólver o Jarabe de Palo, es decir, el proyecto de un solo hombre. O mujer, en este caso.

 

Pretenders hace un cuarto de siglo:

 

Hace seis años, Pretenders telonearon a los Rolling Stones en su concierto en el Vicente Calderón, pero el colapso habitual a las puertas hizo que me perdiera su actuación: fue frustrante escucharlos desde fuera del estadio. El pasado sábado tocaron en el festival Hard Rock Calling de Londres el mismo día que Neil Young, pero a una hora tan temprana (¡las tres y media de la tarde!) que yo mismo renuncié a verlos. Había olvidado que tendría una nueva oportunidad en Madrid cuatro días después. La noche del miércoles me acerqué a La Riviera para ver por fin a la escurridiza Chryssie Hynde; compré la entrada en taquilla, algo arriesgado de hacer en la capital porque casi todos los conciertos completan su aforo semanas antes. Ah, qué arte perdido el de improvisar sobre la marcha… Casi ocho meses llevaba sin pisar La Riviera por culpa de su clausura del pasado otoño, y además de los cambios evidentes (nuevas salidas de emergencia y una iluminación verdosa que la asemeja a la imagen corporativa de su competidora, la sala Heineken), la encontré diferente: supongo que es la misma ilusión óptica que ocurre al volver de unas largas vacaciones, tu casa sigue igual pero parece más pequeña. Lo que no ha cambiado es la ruin estratagema de cortar el aire en los conciertos para que la gente consuma más. Se conoce que la refrigeración de la sala un 1 de julio no va incluida en el abusivo precio de las copas.

 

Pretenders el sábado pasado (literalmente):

 

Quizá quedaran medio centenar de entradas por vender, pero La Riviera lucía aparente con dos millares de seguidores del grupo que frisaban en su mayoría la cincuentena. Algo más jóvenes, en todo caso, que la misma Chryssie Hynde, que había pedido al público mediante carteles que no la grabaran ni fotografiaran durante el concierto: un extraño gesto de coquetería para una rockera tan cool y bien conservada como ella. Créeme, Chryssie, serías la primera en mi lista si tuviera en mente acostarme con una mujer que prácticamente me duplique la edad (dudo mucho que el interés fuera recíproco, pero bueno, ese es otro tema). Chryssie, el “entretenido” batería Martin Chambers y los otros tres músicos de la siguiente generación que los acompañan se dejaron ver a las diez menos veinte. Durante los siguientes cien minutos, desgranaron sin pausa un repertorio que bebía tanto de su nuevo trabajo Break up the concrete como de los éxitos del grupo.

 

En realidad, lo de menos fueron las canciones. Como buena show-woman, Chryssie sabe que todas las miradas están puestas en ella, y no defrauda. Desde su encantador corte de pelo ramoniano y su rocambolesco vestuario a capas (camiseta, corbata de nudo flojo, chaleco abierto, levita, todo muy fresquito, sí) hasta sus poses rockeras de manual con un punto sexy, pasando por su inconfundible voz, Chryssie Hynde domina el escenario con la soltura propia de quien se sabe dueña y señora del mismo. Como debe ser. La guitarra en su caso no es tanto un instrumento como un ornamento (ya hay dos excelentes guitarristas para hacer el trabajo sucio), e incluso a veces se libera de ella para acercarse más a las primeras filas, micro en mano. La complicidad establecida con sus fans en La Riviera hizo que estos se dejaran las palmas aplaudiendo al final de cada canción.

 

 

Don´t get me wrong sonó a los cuarenta minutos con arreglos prácticamente idénticos a los de su versión original. Hay temas cuya producción no necesita ser actualizada, mejor que se queden como están, y éste es uno. Poco después tocaron un cover de Forever young con bastante más sentimiento y delicadeza que los que le pondría nunca el actual Dylan; en mi opinión, la bordaron. También les quedó emocionante I´ll stand by you, un tema que está al límite de la cursilería pero se detiene justo antes, en la zona del placer culpable. En su interpretación pudo explayarse Chryssie Hynde con sus capacidades vocales. Y así, saltando sin problemas del pop new wave al rock “clashiano”, con puntuales paradas en el rockabilly más ortodoxo y el country menos indigesto, los Pretenders del nuevo siglo nos hicieron pasar un muy buen rato a todos sus espectadores madrileños, seguidores o no de su obra. Si además reparas en que la banda tiene cinco conciertos más por España en los próximos seis días, no cabe otra que estar de acuerdo con Neil Young cuando afirma: “Chryssie Hynde es una rockera, lo lleva en su corazón. Estará dando guerra hasta desplomarse”. Palabra de Neil.

 

Jota78

Bruce Springsteen & The E Street Band (Hyde Park, Londres, 28/06/09)

Hard Rock Calling, día 2. Habiéndome perdido el día anterior a artistas como Pretenders o Ben Harper (es lo que tienen los conciertos en otros países, que hay que hacer turismo, maldita sea), estaba decidido a llegar, al menos, al recital de Dave Matthews Band. Nunca he prestado la debida atención a este músico, pero prometo enmendarme porque, después de sus setenta y cinco minutos de actuación en Hyde Park, una cosa me ha quedado clara: Dave Matthews no es el telonero de nadie. La banda del sudafricano (norteamericano de adopción) practica un jazz-rock de contagiosa alegría, y como la E Street Band, todos sus miembros tienen un peso en su sonido. El solo que se marcó el baterista mientras hacía globos con su chicle arrancó la primera gran salva de aplausos de la tarde. El sonido, impecable y potente, ayudó a que muchos de los presentes nos convirtiéramos instantáneamente en fans de la Dave Matthews Band. Volveré a hablar de ellos en este blog, seguro.

 


Pero esto como el chiste: ¿a qué estamos, a por setas o a por Rolex? Uno no coge un avión y se planta en otro país para ver hora y cuarto de Dave Matthews Band, sino tres horazas de Bruce Springsteen & The E Street Band, eso es así. El concierto de Hyde Park es en realidad el pistoletazo de salida de mi propio tour, que continuará dentro de un mes en Bilbao y Valladolid, y culminará (por triplicado) el próximo otoño en New Jersey; así que Londres es casi una primera toma de contacto. Digamos que la gira Working on a dream y yo nos estamos conociendo. Y voy a empezar poniéndole pegas: ¿por qué lleva el título de un disco del que nunca entran más de tres temas en el repertorio? (sólo dos en el caso de Londres). Espero que no sea una claudicación porque el LP en cuestión no haya encontrado el beneplácito unánime acostumbrado, la verdad, porque eso es más propio de los Stones que de la E Street Band, y yo quiero escuchar This life, Queen of the supermarket o Kingdom of days en directo al menos una vez en la vida. Lo más extraño de todo es que dos coristas se han unido al grupo en esta gira precisamente para que los temas ausentes suenen con la misma producción pop que en el disco. ¿Qué lógica tiene eso? Ninguna. La banda resultante es un híbrido entre la E Street Band de toda la vida y la Seeger Sessions Band con la que Bruce giró hace tres años (de ésta proceden el teclista Charles Giordano, la violinista Soozie Tyrell y los recién incorporados), idea reforzada por la suplencia temporal de Jay Weinberg en la batería de su padre.

Pero Max está de vuelta en esta bochornosa tarde londinense y el arranque no puede ser más apropiado: London calling, de The Clash. Los padres de familia ingleses agitan el puño en el aire como si todos hubieran sido punks de extrarradio en su juventud. ¡I live by the riiiver! Me resisto a participar del entusiasmo colectivo por no ser inglés (absurdo, ya lo sé), pero luego comprendo que nadie sobre el escenario lo es y me limito a disfrutar. Badlands es el mismo trueno al principio o al final de un concierto, y cuando Bruce grita a los músicos que se preparen para tocar Night, pienso que hay ciertas canciones que no deberían interpretarse de día (Because the night, Something in the night, Spirit in the night… creo que ya pillais la idea).


 

El sonido es más opaco y menos potente que durante el concierto de Dave Matthews, lo que me cabrea bastante porque, si tienes la mejor banda del mundo, es ridículo que no suene como tal por cuestiones técnicas. Agradezco que toquen Outlaw Pete, porque es menos estruendosa y los matices se aprecian mejor. El tema es una auténtica suite de diez minutos de duración cuya repetitiva estructura crece exponencialmente en interés en su trasvase del disco al directo. Al oír la armónica llorosa de la grabación me imaginé a Bruce tocándola en directo, pero en realidad es Clarence Clemons quien la sopla (también silba en Working on a dream y toca la flauta en American land, quizá para compensar sus frecuentes patinazos con el saxo, uno de cada cinco aproximadamente). A continuación llega la llamada “trilogía de la crisis” (Seeds, Johnny 99 y Youngstown), una constante en todos los conciertos que puede explicar por qué hay tan pocos temas nuevos en esta gira. Cuando Nils Lofgren hace su solo en la última canción, vuelve a girar espasmódicamente sobre sí mismo de una forma poco recomendable para un hombre al que le han puesto protésis en las caderas hace apenas nueve meses. Haz lo que quieras, Nils, pero te preferimos entero.

La realización de las pantallas no corre a cargo del equipo habitual de Bruce sino de la organización del festival, y se nota. A pesar de tener dos cabezas calientes (una de ellas, tocando los cojones entre el público y la banda durante buena parte del concierto) y más de una docena de cámaras desperdigadas por el recinto, muchas de las reacciones de los músicos se pierden, lo que es una desgracia con una banda que tiene tan clara la importancia de utilizar la cámara para proyectarse a los espectadores más lejanos. Para colmo, el escenario está tan alto que la empinada escalera de metal (ausente la noche anterior con Neil Young) que permite a Bruce acercarse a la primera fila está a punto de causar una tragedia. Nadie lo expresa mejor que él mismo: “Tengo sesenta putos años, ¡que alguien me traiga un puto ascensor!”.

 

 

Sesenta putos años (o casi) que ya los quisiera para mí. Dio lo mismo que al principio del concierto pareciera algo cansado (la noche anterior habían actuado en otro festival inglés, Glastonbury) e innegablemente afónico: dos horas y media después seguía allí, azuzando a las masas como si sus baterías se recargaran sobre la marcha y acabara de levantarse. No le llaman el Jefe por nada… Una intensa Racing in the street fue la única verdadera rareza del repertorio, pues las otras peticiones atendidas mediante carteles eran himnos de masas del calibre de Bobby Jean. Antes del bis, volvieron a sonar Radio Nowhere, Lonesome day y The rising, quizá las peores canciones de sus respectivos discos y en absoluto merecedoras de tanta atención, pero de una eficacia innegable. Born to run y Rosalita cerraron la primera parte del show de forma testimonial, pues nadie se movió de su puesto, quizá para no dejar solo al artrítico Clarence. Éste se sentó en un taburete para Hard times (come again no more), la más “Seeger Sessions” de todo el recital, y allí se quedó para el solo de Jungleland. Luego no tuvo más remedio que levantarse para American land, Glory days y Dancing in the dark, esa clase de bis con el que los neófitos en la E Street Band se dicen a sí mismos: “Dios mío, ¿pero cuándo va a acabar esto? Que toquen una más, por favor”.


 

El sonido fue mejorable, el repertorio no se salió de lo previsible, las dimensiones del escenario y la realización de las pantallas no ayudaron a acercar a la banda a los espectadores, Clarence Clemons patinó en su solo de Promised land, el violín de Soozie Tyrell hacía daño al oído en la introducción de Jungleland, Bruce estaba afónico, algunos temas se alargaron innecesariamente esperando a que el cantante llegara al micrófono después de un paseo por las primeras filas… Entonces, si todos somos capaces de ver los fallos, ¿por qué es imposible encontrar a una sola persona que hable mal de un concierto de Bruce Springsteen & The E Street Band? ¿Por qué nos vamos a casa con esa media sonrisa boba? ¿Qué es eso que flota en el aire, inaprensible, imposible de reflejar con palabras? No soy tan buen escritor, recomiendo que todo el mundo lo compruebe por sí mismo.

Próxima parada: San Mamés, Bilbao, 26 julio.

Jota78

 

En la gira Magic (2007-2008) escribí crónicas de conciertos de la E Street Band en París, Londres, San Sebastián, Madrid y Barcelona.

Neil Young (Hyde Park, Londres, 27/06/09)

La culpa la tiene Jacko, claro. Yo no planeaba pasar mis dos noches londinenses en Hyde Park viendo conciertos, pero este nuevo escenario imposible al que aún estamos acostumbrándonos (un mundo sin Michael Jackson, algo que los que empezamos a tener conciencia de la realidad a principios de los ochenta nunca hemos conocido) ha resultado un enorme toque de atención: los iconos musicales pueden ser tan grandes como las montañas pero, a diferencia de éstas, no van a estar ahí para siempre. Hay una lista de nombres que tachar y mejor que lo hagamos rápido: si bien el de Bruce lo he garabateado con tanta saña que he llegado incluso a destrozar el papel, el de Neil Young seguía virgen, incólume, y eso había que solucionarlo.


 

Hard Rock Calling es un festival que, por envergadura, podría compararse a ese Rock in Río que tuvimos la suerte/desgracia de disfrutar/padecer el verano pasado en las afueras de Madrid. Con dos matices: primero, el festival londinense no contiene un bombardeo publicitario avasallador y constante que te haga pensar que en realidad no has pagado para ver un concierto, sino para que te vendan un Toyota; y segundo, la franquicia brasileña se ubica en un desangelado terruño de las afueras de Arganda del Rey, mientras que Hard Rock Calling tiene lugar en Hyde Park, en pleno corazón de Londres. Y para que no quepan dudas de en qué ciudad estás, es aconsejable llevar un sombrero para el sol y un chubasquero para la lluvia. A las seis de la tarde, oscuros nubarrones descargan un molesto aguacero y algún que otro rayo sobre la explanada donde tiene lugar el festival, mientras los paneles electrónicos te recomiendan (quizá con recochineo) que no repares en crema solar. Pero la vida en esta ciudad sigue su curso aunque se partan los cielos. Al entrar en el recinto, de todos modos, tienes la impresión de estar en una feria de ganado en Nashville: la hierba mojada, el intenso olor a comida de los puestos móviles, el trajín incesante de gente en todas direcciones, ¡las familias haciendo picnic con manta, cesta y hamacas, todos descalzos! Definitivamente, no es Rock in Río. Las distancias engañan y acercarse al escenario lleva un buen rato, pero no es misión imposible porque, atención amigos, los ingleses respetan los senderos de tierra para el tránsito y sólo ocupan las partes de hierba. Paso un minuto buscando al vigilante que impide a la gente colapsar los lugares de paso, pero al final tengo que rendirme a la evidencia: no hay nadie. Los mismos espectadores han decidido mantener el orden de una organización impecable, que te informa por las pantallas de qué puerta tienes que escoger a la salida para llegar a tu parada de metro u autobús. Cualquiera que experimentara el desalojo del Vicente Calderón el pasado 5 de junio tras el concierto de AC/DC comprenderá la utopía de la que estoy hablando.

A las ocho y cuarto, hora del concierto de Neil Young, hay cuarenta mil personas reunidas frente al escenario principal. En un estadio, la mitad de ese aforo estaría a la vista en las gradas, pero aquí es un interminable mar de cabezas cuyas dimensiones sólo podemos suponer cuando el realizador pincha un plano general en las pantallas. Las familias con mantita se han quedado atrás, a sus anchas, mientras los demás nos hacemos un hueco en los doscientos metros más cercanos al escenario; el que más, el obeso mórbido desplomado a nuestro lado que, entre la vigilia y el sueño, se fuma un cigarrito mirando al cielo durante los quince primeros minutos de concierto (más tarde, para sorpresa de todos, recuperará súbitamente las energías y se revelará como el mayor fan de Neil Young).



El rockero canadiense se deja ver con puntualidad y responde al estruendo de aprobación con un educado saludo. Va vestido con su característica informalidad (otros dirían desaliño) y aparenta la edad que tiene, sesenta y cuatro. Sin rodeos, coge la guitarra y ataca Hey, hey, my, my (into the black). La banda que lo acompaña no es, desafortunadamente, la legendaria Crazy Horse, pero huelga decir que está a la altura. Además, para los españoles es un pasatiempo divertido encontrar parecidos: el bajista es como un Carlos Raya que hubiera llevado mala vida, mientras que el guitarrista es, sin discusión, Kiko Veneno con diez años más encima. El caso es que entre todos consiguen ese paisaje sonoro tan de Neil Young: ahora que el cielo ha dado una tregua, llega otra tormenta, la sónica, la de guitarras.

El sonido es bueno, aunque desde mi posición (algo lateral) no tiene la suficiente potencia como para dejarte llevar por el vendaval de música. Se agradece que los oídos no te piten al final del concierto como sucede siempre en España, pero rompe la magia oír algunas conversaciones a tu alrededor casi tanto como la canción. El público, heterogéneo pero mayoritariamente talludito, disfruta de la música de formas distintas, unos con veneración hacia el artista y otros como parte del ambiente de la tarde en Hyde Park (ambas opciones son válidas, puesto que todos han pagado su entrada). Que no se haga de noche hasta los bises no ayuda a que la atención se concentre en el escenario, demasiado lejano además para la mayoría.

A pesar de su rictus aterrador (fruto de una parálisis del labio superior al estilo de la que luego pusiera de moda Sylvester Stallone), Neil es un tipo bastante simpático. Por esta mala costumbre del ser humano de prejuzgar por el aspecto físico, pensaba que sería tan seco como Van Morrison o Bob Dylan, a los que no arrancas más que un “thank you” por concierto; pero Neil se dirige varias veces al público con naturalidad, visiblemente cómodo sobre el escenario. Eso entre canción y canción, porque esa genuina rabia que recorre sus canciones sigue ahí, incólume e inaudita en un sexagenario. Cuando Neil ataca sus solos de guitarra se diría que entra en un trance salvaje, y si te pusieras en su camino parece capaz de arrancarte las tripas como arranca las cuerdas de su instrumento sin piedad alguna. Que alguien conserve ese fuego a esas edades (el mismo que le llevó a parir un disco entero dedicado a los desastres de la administración Bush, Living with war) te reconcilia con el ser humano: yo de mayor quiero ser Neil Young.

Algunos hits espolvoreados por el repertorio (Cinnamon girl, Heart of gold, Down by the river) hacen más ameno el concierto a aquellos que no somos eruditos de la discografía de Neil, aunque al término del mismo nos quedaremos con las ganas de escuchar Helpless, Like a hurricane, Harvest moon o From Hank to Hendrix. No pasa nada, he podido ver en los set-lists de otros días que a veces las toca y a veces no, y eso me parece genial, no repetir las mismas canciones hasta dejarlas romas: que no pierdan su significado. Y desde luego, con dos horas y cuarto de concierto de semejante intensidad, nunca diría que Neil Young en directo no vale el precio de la entrada. Una descomunal Rockin´ in the free world (ya la había escuchado en directo interpretada por Pearl Jam), con su estribillo retomado hasta ¡tres veces! una vez terminada la canción, cierra el bloque principal.



El bis está compuesto por un único tema, pero no pasa nada: es A day in the life, versión “elefante en una cacharrería”. Espera, ¿quién es ese flacucho con cara de señora mayor que sube a hacer coros con Neil? Ah, ya. Es el co-autor de la canción, ese tal Paul… Recapitulo, amigo lector, para asegurarme de que estamos viendo la misma estampa. No es Dani Martín subiendo a tocar La sangre de tu tristeza con Jaime Urrutia en el escenario de Joy Eslava, no: es el maldito Paul McCartney cantando a duo con Neil Young un tema emblemático de The Beatles en Hyde Park, Londres. Ahora sí, ¿eh? Una escena que me hubiera perdido de no ser por Jacko, así que es cierto el dicho, no hay mal que por bien no venga.


 

A dormir. Mañana, mi primer concierto E Street de 2009.

Jota78