Despedida y cierre: ¡Nos vemos en los bares!

Este blog termina aquí. Arrancó hace casi dos años con Bruce Springsteen en París, y finaliza con él en New Jersey. Entre medias he hablado de prácticamente todos los artistas de los que quería hablar, y siento que empiezo a repetirme.

Muchas gracias a todos los que os habéis tomado la molestia de leerme; si algo no os ha gustado, recordad que no es más que la visión subjetiva de otro amante de la música en directo como vosotros.

Y no os preocupéis, que no tengo pensado morirme todavía ni dejar de ir a conciertos. ¡Espero veros a todos allí!

 

MIS 10 MEJORES CONCIERTOS DE 2009

10. Vetusta Morla (Teatro Circo Price, Madrid, 01/05/09). Estos chicos saben lo que se hacen. Les doy cinco años para pisar el ruedo madrileño más emblemático.

9. Diamond Dogs (Sala El Sol, Madrid, 26/02/09). Desde Suecia con amor, electrizante rock stoniano de los setenta para disfrutar en las distancias cortas.

8. Hombres G (Bar Pop´n´Roll, Madrid, 25/06/09). La noche en que Michael Jackson hacía su último moonwalk, unos pocos afortunados celebrábamos estar vivos al grito de “¡voy a pasármelo bien!”.

7. U2 (Wembley Stadium, Londres, 14 y 15/08/09). Bono es de los que piensan que el tamaño importa. Por imposibilidad física y económica, no parece que vaya a haber nunca un espectáculo más grande que éste en todo el mundo. Vale la pena presenciarlo.

6. AC/DC (Palacio de deportes, Madrid, 02/04/09). Costó lo suyo conseguir las entradas, pero lo compensaron decibelios, sudor, cerveza y risas. Lo que tiene que ser la música en directo.

5. Neil Young (Hyde Park, Londres, 27/06/09). Un músico legendario + un lugar mítico = una cuenta saldada. “With a little help from his friend” Paul McCartney en una desatada version de A day in the life.

4. Metallica (Palacio de deportes, Madrid, 14/07/09). Catarsis.

3. Leonard Cohen (Palacio de deportes, Madrid, 12/09/09). Una gira con sabor a elegía, pero en absoluto un espectáculo decadente. Un deleite para los sentidos. Gracias Leonard.

2. John Fogerty (Escenario Puerta del Ángel, Madrid, 13/07/09). Seguramente Johnny pensaba que en España nos comemos a los perritos y dormimos con mosquitera, de ahí que tardara cuarenta años en dejarse caer por la península. Miles de personas lo recibieron con los brazos abiertos y las canciones de la Creedence sonaron revigorizadas. ¡Que no haya que esperar tanto para repetir!

1. Bruce Springsteen & The E Street Band (Giants Stadium, New Jersey, 30/09, 02 y 03/10/09). El viaje que ha finiquitado este blog: después de esto, ¿a quién le apetece hablar de Nacho Vegas? He visto mejores conciertos de la E Street Band, pero escuchar Jersey girl en Jersey no se paga con dinero. Algo para contar a los nietos.

Se quedaron cerca: Willie Nile, Juan Perro, The Killers, Franz Ferdinand, AC/DC en el Calderón, Bruce Springsteen en Bilbao, Pretenders, Jerry Lee Lewis, Lucinda Williams.

 

Jota78

Los Hombres de Negro

Loquillo ha regrabado El hombre de negro, adaptación del himno de Johnny Cash, por cuarta vez en su carrera. A mi entender, eran mejores los arreglos del directo Hermanos de sangre, pero en esta ocasión le echan un cable Bunbury, Calamaro y Urrutia y el vídeo es bastante simpático. Aquí lo tenéis.

 

 

Y por si te has quedado con las ganas…

 

Bruce Springsteen & The E Street Band (Giants Stadium, New Jersey, 30/09, 02 y 03/10/09)

El eslogan del musical más descacharrante del off-Broadway, El vengador tóxico, proclama que Toxie es “¡el primer superhéroe de New Jersey!”. La frase tiene gracia pero quizá no sea exacta: todo depende de dónde ponga cada uno el límite del superheroísmo. El Boss no vuela ni tiene poderes (tampoco Batman, por otra parte), pero no creo que hicieran falta elecciones si insinuara el más mínimo interés por presentarse a la alcaldía de Jersey, porque no hay nadie en este estado norteamericano que no sepa que Bruce Springsteen es la hostia.

 

Cuando cruzas “across the river to the Jersey side”, es imposible no sentirte dentro de una canción de Bruce. Se tarda apenas quince minutos en llegar al estadio de los Giants desde la explosión de vida y color de Times Square, pero el paisaje cambia por completo ante tus ojos y entiendes mucho mejor de dónde salen los personajes de dichas canciones y por qué se sienten como se sienten. En las inmediaciones del complejo deportivo Meadowlands ni siquiera hay aceras, y mientras caminas por los terraplenes te preguntas si acabarás formando parte de otro vídeo de Impacto TV, arrollado por un trailer de varias toneladas. Desde la habitación de un motel de carretera que haría las delicias de los hermanos Coen ya no te parece tan exagerado aquello de “it´s a town full of losers an I´m pulling out of here to win”. La línea divisoria entre los estados de Nueva York y Jersey (delimitada en mitad del río Hudson) no es ninguna abstracción, sino algo palpable, real.

 

 La E Street Band tocó por primera vez en el Giants en 1985, y varios temas de aquellos conciertos conforman el último disco del legendario quíntuple en directo 1975-1985. Al estadio le ha llegado su hora (a su lado se yergue, arrogante, un nueva mole de metal y hormigón), y a los hijos pródigos de Jersey les corresponde el honor de despedirlo con una última tanda de cinco conciertos. Ésta es la crónica de los tres primeros.

 

 

MIÉRCOLES 30: BORN TO RUN

 

El reparto de pulseras para acceder al pit en América no tiene nada que ver con su homólogo europeo. El orden de entrada de los mil primeros se decide por sorteo, con lo que no tiene sentido llegar antes de la una de la tarde (la hora del reparto). Tampoco creo que la mayoría de los presentes fueran a acampar toda la noche porque, he aquí la mayor diferencia con el viejo continente, la media de edad del público bordea la cincuentena. El sistema es más cómodo para todos, pero la pega es que no garantiza que los más fanáticos vayan a estar en primera fila. Soy de los que piensan que uno crea su propia suerte, así que dejarlo en manos del azar no suele darme buen resultado. Tengo el número 427 y el seleccionado es el 487, con lo que novecientas cuarenta personas entran en el estadio antes que nosotros. Privados de la primera fila, optamos por colocarnos durante un rato junto a una de las pasarelas laterales.

 

El ambiente es fresco y hay una amenaza de lluvia que no se concreta, pero hubiera dado lo mismo porque en las entradas se lee “rain/shine”, que significa que el concierto se celebrará “llueva o haga sol”. La segunda opción es poco probable, pues a las siete y media ya es prácticamente de noche. La garantía definitiva de que los conciertos se van a celebrar es el incremento de cámaras profesionales para grabarlos (sobre el escenario y entre el público), una promesa de futuro DVD para el que ya tengo un sitio reservado en mi estantería. A los europeos nos parece que el césped no acaba de llenarse nunca, pues la rígida normativa de bomberos norteamericana no permite meter ni a la mitad de espectadores que en los estadios españoles, gobernados éstos por la avaricia del promotor de turno. Aquí sería impensable un disparate como el que ocurrió en Santiago hace dos meses, con más entradas vendidas de las físicamente posibles.

 

 

Los estadounidenses no expresan su entusiasmo de una forma tan contundente como los italianos o los españoles, pero una oleada de amor puede sentirse en el aire cuando la E Street Band sube al escenario a las ocho y veinte. La primera canción es tan electrizante como puede llegar a ser un tema nuevo: se llama Wrecking ball y habla de ¡nosotros, aquí y ahora! Es una elegía del estadio moribundo que nunca será un clásico, pero que no podía haber captado mejor el momento. Resulta refrescante que la trompeta (otro “suplemento” de la Seeger Sessions Band) le gane terreno al saxo en su clímax, un uso de los metales poco frecuente en la E Street Band. Quien sigue ausente es Patti Scialfa, alimentando aún más (por si hacía falta) los rumores de separación. Quede constancia de que Bruce la mencionó al final del concierto, al presentar Rosalita.

 

Durante Hungry heart, Bruce desciende del escenario por sorpresa (para quien no frecuente YouTube, claro) y rodea el pit por el pasillo exterior, el que parte el césped en dos. Lo acompañan musculosos seguratas que no tratan de impedir el contacto físico entre la estrella y sus fans, sólo están ahí por si la cosa se pone fea de verdad (intenta tocarle el culo a Elton John y ya verás la paliza que te llevas). Los artistas tienen el tipo de admirador que merecen porque su respeto hay que ganárselo, de ahí que Bruce no tema por su vida cuando se da estos baños de masas. Su público, por cierto, es noventa por cien caucásico, lo que resulta chocante en una ciudad tan cosmopolita como Nueva York. Al final era cierta aquella broma: en un concierto de la E Street Band hay más negros sobre el escenario que debajo de él.

 

 

Después de unos cuantos temas para entrar en calor, llega el momento álgido de la noche. Bruce anuncia: “Queríamos hacer algo especial para la despedida del estadio. El viernes tocaremos íntegro Darkness on the edge of town; el sábado, Born in the U.S.A. Pero esta noche…”, y ya no tiene que decir más. El rugido de emoción se solapa con la entrada de su armónica al comienzo de Thunder road. Yo mantengo la compostura, pero el brasileño que tengo a mi lado (que va a verse los cinco conciertos del Giants) llora como una magdalena. No es para menos: estamos escuchando el puto Born to run de principio a fin. Si sabes de lo que hablo, bastará con que te refresque los títulos: Thunder road, Tenth avenue freeze-out, Night, Backstreets, Born to run, She´s the one, Meeting across the river, Jungleland. Así, de una tacada. La Capilla Sixtina de Springsteen pintada delante tuyo. Y entonces caigo en la cuenta: a estos cincuenta mil espectadores la letra LES DICE ALGO. No se limitan a cantar el estribillo y hacer coros, sino que saben quiénes son Scooter, Big Man, the Magic Rat, Terry, Wendy y Mary. Llevan treinta y cinco años con ellos y reencontrarlos es como sentir una brisa de juventud. Les sale del corazón cuando cantan “so you´re scared and you´re thinking that may be we ain´t that young anymore”, pero rápidamente se responden a sí mismos “show a little faith, there´s magic in the night…”.

 

 

El sonido es bueno, Clarence acierta con sus solos (incluso se permite amagos de baile a lo largo del concierto, no sé si quemando ya sus naves) y Bruce canta las canciones con más sentimiento, con más fuego. La trompeta hace volar Meeting across the river. El lamento final de Jungleland arranca la mayor ovación de la noche, un aplauso de puro agradecimiento. Los músicos saludan, pero sólo la banda que grabó el disco, con recuerdo a Danny Federici incluido. ¡No puedo esperar al día en que venga a cuento mencionar en una conversación que yo escuché a la E Street Band tocar íntegro Born to run en el desaparecido Giants Stadium de New Jersey!

 

Los baños están en el quinto coño, literalmente fuera del estadio, y me lleva dos canciones ir a mear y volver con una cerveza (me piden el DNI sin ninguna ironía, como si no aparentara la edad que tengo). Badlands cierra el bloque principal como en la gira Magic; a causa de la inusual estructura del concierto, las peticiones mediante pancartas tienen lugar en el bis. ¿Qué tal The E Street Shuffle y Growin´up para rematar un día perfecto? Pues ahí las tienes. Bruce recupera la tradición de contar una historia a la mitad de la segunda, y le describe a Clarence su sorpresa por un sueño que ha tenido en el que la gente se empeña en felicitarle por una edad que no tiene, sesenta. Todo el estadio rompe a cantar un “happy birthday” que culmina directamente en el estribillo de la canción, y qué buena es, joder. Qué buenas son todas.

 

 

Pero la cosa no se termina. Un castillo de fuegos artificiales explota sobre nuestras cabezas durante la presentación de la banda, y una señora hecha y derecha tiene que hacer la croqueta por el suelo para subir a bailar con Bruce durante Dancing in the dark. Éste tiene un momento de lucidez y renuncia a cargar en brazos a la mujer, ayudándola a bajar por unas escaleras. El concierto se alarga hasta las tres horas y cuarto, lo que sabría a poco si no fuera por las últimas palabras de Bruce: “see you on Friday!”.

 

VIERNES 2: DARKNESS ON THE EDGE OF TOWN

 

El jueves no hay concierto, así que matamos el tiempo viendo en Broadway una obra protagonizada por Hugh Jackman y Daniel Craig (la opinión generalizada es que Lobezno ganaría a James Bond). No soy un amante del teatro pero, claro, no es lo mismo ver a estos dos que a Gabino Diego y Jorge Sanz declamando. El viernes por la noche ya sabemos dónde vamos a estar, incluso aunque en el Beacon Theatre de Nueva York (donde los Stones dieron el concierto que Scorsese filmaría en Shine a light) actúe Jose Luis Perales. Como lo oyes. Pero Perales no compuso Darkness on the edge of town ni ha prometido tocar el disco entero de forma secuencial: es en el Giants donde hay que estar.

 

Como he dicho, no soy afortunado en el juego, así que vuelvo a quedar otra vez de los últimos en el sorteo. Bueno, me conformo con estar en el pit, no me queda otra. La noche es menos fría que la del miércoles, aunque corre el aire y la lluvia parece estar cada vez más cerca. Sea por las condiciones meteorológicas o por el castigo de hace dos noches, la garganta de Bruce suena arañada desde la primera canción, de nuevo Wrecking ball. Pero esas cuerdas vocales conocen bien a su dueño y saben que no les queda otra que aguantar, que han nacido para correr o para morir en el intento.

 

 

“Éste es un disco importante para nosotros. Esto es Darkness on the edge of town”. De nuevo, sólo puedo enumerar las canciones una a una para intentar transmitir al lector lo que significa la suma de todas ellas: Badlands, Adam raised a Cain, Something in the night, Candy´s room, Racing in the street, The promised land, Factory, Streets of fire, Prove it all night, Darkness on the edge of town. Puños en alto, vello erizado en cada solo de guitarra, lágrimas de mujeres a mi alrededor en el clímax de Racing… Bruce sabe que el disco se expresa por sí mismo, no hace falta estropearlo con presentaciones vacuas. Que hable la música. Que aúlle. Como la guitarra de Nils Lofgren durante Prove it all night: no hay nada que demostrar, Nils, eres el amo.

Creo que nunca me he notado tan falto de inspiración como hoy a la hora de describir un concierto (digamos mejor tres). Los hechos se pueden explicar, las emociones no. ¿Cómo voy a explicarte lo que se siente al oír en directo esos discos perfectos? Tienes que comprobarlo por ti mismo. Sé que no soy Cormac McCarthy ni Jim Thompson pero me defiendo con las palabras, y ni aún así soy capaz de capturar el momento.

 

 

Hechos: Waitin´ on a sunny day entra como la seda después de la oscuridad del Darkness, valga la redundancia; Bruce decide que (por tener sesenta años) no tiene por qué privarse de escalar la grada y, en efecto, trepa por ella y alterna un rato con los espectadores del primer piso; entre las peticiones complacidas están Be true, con Clarence patinando ligeramente en su entrada, y Jailhouse rock, con Roy Bittan haciendo el mismo “glissando” de piano que hace en todos los cortes de rock clásico; escuchamos Thunder road dos días seguidos, algo raro; tocan Long walk home, ensayada obsesivamente en la prueba de sonido del miércoles; Jay Weinberg ocupa el lugar de su padre en Born to run y soy incapaz de detectar si tiene o no un estilo propio en tan poco tiempo; Cadillac ranch es una estupidez genial; varios miembros de la Seeger Sessions Band suben al escenario para aumentar la algarabía en American land; Bruce no saca a nadie a bailar durante Dancing in the dark; Clarence se hace promoción mostrando a la cámara su autobiografía Big Man cuando Bruce le presenta; la lluvia nos acompaña durante todo el bis; el concierto es veinte minutos más corto que el anterior.

 

 

SÁBADO 3: BORN IN THE U.S.A.

 

A la una de la tarde, la cola para conseguir la pulsera del pit es el doble de larga que los días precedentes, y el único momento del día que llueve son los treinta minutos que pasamos en ella. Y la cosa mejora: nos quedamos ¡a cinco personas! de entrar en el sorteo de los mil primeros. Eso escuece: tres días de tres sin oler la primera fila, vaya suerte la mía. El público del sábado por la noche es un público más “llano”, anclado en la horrorosa estética de Bruce en los ochenta (pañuelos, gorras hacia atrás, camisetas blancas sin mangas), con ganas de divertirse, beber cerveza y enseñar las tetas a la cámara si hay ocasión. El público perfecto para escuchar entero Born in the U.S.A.

 

 

Si quedarse fuera del sorteo es el primer momento “hostia puta” del día, el segundo es ver a Bruce surfeando por encima de las cabezas del público, de vuelta al escenario, durante Hungry heart. Es un maestro de la locura calculada con la que ponernos en ebullición. Y cuando, después de dejarse magrear por medio estadio, grita “¡sólo estamos empezando!”, todos le creemos. Las baquetas asesinas de Max al comienzo del tema más famoso de Bruce Springsteen son el pistoletazo de salida de la fiesta. Todos los americanos gritan “¡¡boooorn in the U.S.A.!!” con convicción, al fin y al cabo, ellos no mienten; aunque tampoco se toman la molestia de escuchar el resto de la letra y comprobar que no es ninguna oda a su propio país. Después de veintitrés conciertos de Bruce, sólo he escuchado en dos ocasiones esta canción incomprendida.

 

 

En realidad, todas lo son en este disco, y es justo decir que parte de la culpa es de la propia banda. Por mucho que hables de ilusiones rotas, nostalgia del pasado, amigos que se han ido, pederastas encarcelados, insatisfacción sexual y angustia existencial, si lo haces con semejante descarga rockera, estás abocado a ser malinterpretado. Yo también quiero bailar como un rockabilly en Working on the highway, participar de la marea humana de brazos en alto en Bobby Jean y dar palmas en Glory days, ¿por qué no? En esta vida hay que divertirse de vez en cuando. Y aún queda un resquicio para la emoción al final de la cara B del disco, con My hometown: los oriundos de New Jersey comprenden bien el significado agridulce de su letra, y conmueve oírlos cantar. La luna llena sobre nuestras cabezas le añade un plus de magia.

 

 

Llega el tercer y definitivo momento “hostia puta” de la noche. Bruce recoge carteles en las primeras filas al comienzo del bis y enseña uno a la cámara: Jersey girl. Rugido. Enseña otro: Jersey girl. Doble rugido. La gente se derrite de gusto: la canción apropiada en el sitio apropiado. Y ahí estoy yo para verlo. “Sha la la la la la la”… Venga, ¿me estás diciendo que tú no llorarías un poco en mi lugar? No digo como cuando viste E.T. el extraterrestre a los cinco años, más bien manteniendo la compostura pero dejando que una o dos lágrimas rueden por tus mejillas de todos modos. Y si rematan la jugada con un Kitty´s back de trece minutos (con refuerzo de trompeta) y con el genuino Detroit medley, ¿se le puede pedir más a la vida?

 

El exceso de pirotecnia en American land hace que el campo permanezca envuelto en humo durante buena parte de la siguiente canción, Waitin´ on a sunny day. Su sorprendente aparición en el bis responde a la ausencia de temas de Born in the U.S.A., ya interpretados a mitad del repertorio. Lo cierto es que a estas alturas del partido funcionaría cualquier cosa, hasta una jota aragonesa. Pero Bruce se guarda algo mejor que eso para el cierre: el tercer Thunder road de la semana, esta vez en el lugar que merece. Grande.

 

 

No doy con las palabras para terminar este texto. Tengo una sensación de círculo cerrado que no acaba de gustarme, pero tampoco quiero ponerme melodramático. He visto a Bruce Springsteen & The E Street Band en New Jersey tocando en vivo tres de sus mejores discos. Cuando salga el DVD, estos conciertos se convertirán en legendarios. Tengo mucha suerte de haber estado allí. Y estoy agradecido por ello.

 

 Jota78

Feliz cumpleaños, Jefe

Bruce Frederick Joseph Springsteen Zirilli nació en New Jersey el 23 de septiembre de 1949, por lo tanto, hoy cumple 60 años.

Nuestro agradecimiento a su madre Adele Zirilli por un trabajo bien hecho; en cuanto a Bruce, bueno, esperamos que te pagues algo la semana que viene, en el Giants.

 

Leonard Cohen (Palacio de deportes, Madrid, 12/09/09)

La biografía última de Leonard Cohen es tan disparatada y cinematográfica que sólo puede ser cierta: apartado de los escenarios desde 1993, tras una gira en la que el gran follador zen afrontaba la sesentena con Rebecca de Mornay de novia y bebiendo más de la cuenta, su retiro espiritual en un monasterio sólo sirvió para que su gestora (otra antigua amante) le estafara ocho millones de dólares que nunca aparecieron. Motivación más que suficiente para que Cohen volviera a la carretera a sanear sus cuentas. Sin embargo, la gira ya va por su segundo año y los conciertos siguen pasando de las tres horas, así que parece que el hombre le ha vuelto a coger el gustillo a los aplausos. De una forma retorcida, tenemos que estar agradecidos porque la ruindad humana sea otra forma de inspiración para el arte.

 

 

Se nota en el aire cuando un concierto tiene categoría de “acontecimiento” para los espectadores que asisten a él. Los años sin discos ni giras (además de los elevados precios de las entradas) han impedido que el público de un concierto de Leonard Cohen se renueve, así que todos los espectadores en el Palacio de deportes tienen de treinta para arriba. Como el mismo Cohen cumple setenta y cinco años el sábado próximo, quién sabe si la ocasión será irrepetible, por lo que muchos músicos españoles han acudido a rendir pleitesía al anciano poeta; entre ellos Bunbury, que reconoce que uno de los pocos autógrafos que ha pedido en su vida es el de su vinilo firmado de The future (los Héroes del Silencio coincidieron con Cohen en un par de festivales a principios de los noventa).

 

 

Las entradas están agotadas, aunque hay que matizar que la pista también es de asiento reservado, con lo que su aforo se reduce a la mitad. Una exuberante acomodadora nos conduce a nuestro sitio, bastante cerca del escenario, pero también de visibilidad algo lateral. Es absurdo empeñarse en formar las filas de sillas completamente rectas, como si estuviéramos en un teatro, puesto que el foso de un palacio es bastante más ancho: lo inteligente sería que los asientos más laterales se giraran hacia el escenario para que sus ocupantes no tuvieran que retorcerse en ellos. Como se prevé un pequeño caos hasta que todos los espectadores logren encuentrar su asiento, las luces de la grada alta del Palacio permanecen encendidas durante las dos primeras canciones del concierto.

 

No hay tiempo que perder: hay muchas canciones que interpretar, ninguna de ellas precisamente corta. A las diez y cinco suben los músicos al escenario, decorado con largas telas blancas cuya iluminación dará un gran juego a lo largo del show. Toda la banda (seis músicos y tres coristas) viste traje y sombrero, igual que sus backliners, por cierto. Eso es elegancia, coño, recoger cables bien vestido. Cohen aparece sin dilación y sube al escenario ¡corriendo! No será su última demostración de energía, pues cada vez que se marche y reaparezca, lo hará dando saltitos como un alegre colegial. Viendo a Cohen, dan ganas de cumplir años y comprarse un traje y un sombrero.

 

 

El disco en directo Live in London, grabado el año pasado en, vaya, Londres, es la plantilla sobre la que se basa el repertorio de toda la gira, con leves variaciones. En esencia, es un concierto de grandes éxitos de Cohen. Poco importa la canción que estén tocando, en realidad, pues todas comparten esa cualidad de ser como un masaje en las sienes (por no decir algo más soez): si no estuviera un poco incómodo en la silla, podría quedarme plácidamente dormido. Ayuda a ello la calidad y nitidez del sonido, en el que los instrumentos y las voces están perfectamente armonizados, sin estridencias. Pero no sólo la tecnología acompaña: estos músicos tienen un talento que raya en la excelencia, por lo que escucharlos es, no se me ocurre una palabra mejor, embriagador.

 

Las dulcísimas voces del coro tienen tanto protagonismo como la del mismo Cohen; o mejor dicho, es el contraste entre su voz cavernosa y las angelicales de sus acompañantes lo que define la dinámica del concierto. Una de ellas es Sharon Robinson, co-compositora de varios de temas recientes de Cohen y, supongo, también una de sus últimas parejas, que tiene ocasión de brillar en la segunda mitad del concierto con Boogie street; las otras dos son las hermanas Webb, cuyo casting debió ser muy exigente porque, además de cantar de maravilla, ser guapas y lucir como nadie el traje chaqueta, tocan el arpa y la guitarra y son capaces de dar una voltereta en el aire al unísono. Como los coros son perennes en estos arreglos del cancionero de Cohen, las chicas se lucen a menudo durante el concierto; pero su momento es If it be your will, en la que el mismo Cohen las contempla extasiado desde una esquina del escenario.

 

 

 

Ver a Leonard Cohen sobre las tablas es como ver fluir un río: produce la misma paz. De forma consciente o no, cada vez que canta, Cohen tiende a mirar hacia arriba y a levantar las manos como si estuviera rezando; a menudo se arrodilla para subrayar esta idea. La mayor parte del tiempo permanece quieto, como ausente, pero luego le sobreviene un espasmo y se retuerce sobre sí mismo al ritmo de la música, con una agilidad sorprendente en un hombre de su edad. Está claro que sus tres horas de concierto no son las de Bruce Springsteen, pero que las aguante de pie, arrodillándose, subiendo y bajando del escenario sin aparente esfuerzo… es igual de prodigioso. Mi abuelo se quedaba dormido encima del plato a su edad. Supongo que la diferencia entre uno y otro es que a Cohen le carga de energía lo que hace, no hay más que ver su sonrisa de oreja a oreja cada vez que recibe un aplauso; por eso es tan extraño que aguantara tres lustros sin pisar los escenarios (mi abuelo, por si queréis saberlo, era más de verse el ciclo completo de El planeta de los simios en el Plus con una botella de coñac al lado, hasta quedarse frito).

 

Todo el concierto es un clímax constante, pero está claro que Ain´t no cure for love, Everybody knows, Suzanne, Hallelujah, I´m your man, Take this waltz, So long, Marianne y First we take Manhattan son las que más entusiasmo despiertan. Las ovaciones se suceden y para el bis permanecemos ya de pie, supongo que para no tener que volver a levantarnos a cada canción. Al comienzo del concierto Cohen ha dicho “no sé cuándo volveremos a vernos, así que vamos a daros todo lo que tenemos”, y doy fe de que su promesa se cumple. El recital se alarga tanto (tres horas de música y un descanso de quince minutos de por medio) que estamos a punto de perder el metro, pero nadie quiere marcharse. Se comprende: cuando se conjuran una iluminación dramática perfecta, un sonido prístino, unos músicos tan dotados con ocasiones de sobra para brillar, unas canciones tan bonitas y un intérprete tan carismático, hay que preguntarse si no se estará viendo “el concierto perfecto”. Yo no lo creo: el concierto perfecto será el de dentro de diez años, porque apuesto un brazo a que este hombre no se retira.

 

Jota78

Los Secretos (Caseta de los Jardinillos, Albacete, 08/09/09)

En su año 10 d.e. (después de Enrique), Los Secretos protagonizan su enésima resurrección musical. Eso sí, con los argumentos de siempre: entre recopilatorios, homenajes, efemérides y directos, la banda ha reempacado Déjame al menos media docena de veces en los últimos trece años. Es la seña de identidad de estos Secretos del siglo XXI: el repertorio clásico de Enrique Urquijo, administrado y ejecutado con profesionalidad intachable por su hermano Álvaro. Resulta interesante el paralelismo con los Burning actuales, pues en ambos casos la heroína se llevó por delante a la figura icónica, dejando en manos del “hombre en la sombra” la responsabilidad de mantener vivo el legado del grupo. Si Álvaro Urquijo y Johnny Cifuentes no hubieran hecho de tripas corazón para seguir adelante sin sus camaradas caídos, muchos nunca hubiéramos oído en vivo Una noche sin ti u Ojos de gata.  

Yo sí tuve oportunidad de ver a Los Secretos con Enrique Urquijo y, ¿para qué mentir?, como frontman no era Mick Jagger precisamente. Lo recuerdo sobre el escenario de la sala Galileo, con los ojos cerrados y dándose palmaditas en el muslo para seguir el ritmo de la canción. Era 1997 y su Grandes éxitos acababa de descubrirnos sus canciones a aquellos que aún gastábamos pañales cuando se publicó su disco de debut. Al año siguiente volví a verlo en la misma sala con Los Problemas: me costaba entender la diferencia entre una formación y otra porque varias canciones de Los Secretos se asomaban al repertorio de Los Problemas, y otras como Desde que no nos vemos o Aunque tú no lo sepas no hubieran desentonado con los primeros. La última vez que vi en directo a Enrique Urquijo fue en febrero de 1999, en el Hard Rock Café. El concierto tuvo que aplazarse dos semanas para que Enrique se recuperara en la UCI del Hospital Clínico de una sobredosis de cocaína y heroína. Allí cumplió 39 años. En noviembre aparecería muerto en la calle Espíritu Santo de Malasaña.

 

 

Tras un periodo de luto, Álvaro reclamó su legítimo derecho a seguir adelante con el grupo. Así es como Los Secretos se convirtieron en los profesionales de la música que siempre quisieron ser, sin la incertidumbre de si el concierto se celebraría o no, y en qué condiciones. Los nuevos discos de estudio publicados (dos hasta el momento) se demostraron incapaces de hacerle sombra al cancionero atormentado de Enrique. Su hermano se resignó pronto a basar sus repertorios en dichas canciones, e incluso llegó a darles un revestimiento sinfónico algo pomposo. La belleza de los temas sigue ahí, y Álvaro los canta incluso mejor que Enrique; sólo falta la emoción intransferible con que éste los entonaba, pues se mostraba desnudo a cada estrofa. Eso se perdió en 1999.

 

 

Tres párrafos hablando de Enrique no es algo tan gratuito como parece, pues su sombra planea sobre esta gira de trigésimo aniversario de Los Secretos, mucho más incluso que la que siguió al disco-homenaje A tu lado (2000). Los conciertos de este año arrancan con Te he echado de menos, mientras una pantalla de definición bastante pobre proyecta imágenes de Enrique a espaldas de los músicos. Durante varios momentos del recital se vuelve a tirar de material de archivo para evocar la nostalgia, a la vez que el mismo Álvaro se empeña en citar a su hermano una y otra vez al presentar según qué canciones. No soy quién para decir que es un error; simplemente, a mí me lo parece. Volviendo al ejemplo de Burning, son las mismas canciones las que sirven para recordar a Pepe Risi, sin necesidad de verbalizarlo una y otra vez.

El mayor hándicap de Los Secretos en directo no es, de todos modos, la carga del pasado, sino la absoluta falta de carisma de cualquiera de los hermanos Urquijo para ser un frontman con algo de garra. Álvaro musita tan bajo sus parlamentos entre tema y tema que el técnico de sonido se ve obligado a subir el volumen de su micro para que el público entienda (más o menos) algo. Y cuando consigues entenderle, lo que dice tiene tan poca gracia que casi hubieras preferido no oirlo. Álvaro es un músico, lo lleva dentro, su preocupación no es interactuar con la audiencia ni quedar bien en las fotos, sino que su Rickenbaker suene bien. Imbuidos de la misma filosofía están el teclista Jesús Redondo y el guitarrista Ramón Arroyo, mientras la base rítmica se amolda a lo que hay, que para eso les pagan.

 

 

Cuando la acústica, el recinto y la audiencia acompañan, las canciones logran sobreponerse a sus intérpretes y el concierto vuela más alto: así ocurrió la última vez que vi a Los Secretos, hace un lustro, en el Patio del Conde Duque. Ayer, sin embargo, los elementos nunca permitieron que aflorara la magia. El sonido fue discreto; la vetusta Caseta de los Jardinillos de Albacete no es el mejor de los locales posibles para este tipo de espectáculo, con la algarabía del Recinto Ferial justo al otro lado de sus paredes; y el público, que no completó el aforo, entendió el concierto como una prolongación de las fiestas y se mostró ruidoso y distraído durante la primera hora del show.

En el segundo bis, Otra tarde fue vapuleada por la banda mientras se presentaban entre ellos e intercambiaban instrumentos y chascarrillos. Los solos de cada uno de los músicos parecieron una convención escénica de otro tiempo y, desde luego, fuera de lugar en un concierto de pop puro como éste. También hubo presentación y aplauso para los técnicos de sonido y luces, aunque yo no creo que lo merecieran: el primero resolvió la papeleta sin más, mientras el segundo dirigió potentes focos de luz blanca a los ojos de los espectadores de forma reiterada, como intentando que nos sintiéramos artistas. El remate fue una horrible versión a capella de Déjame, en la que el público cantó el estribillo y la banda hizo los coros. Hubo un momento en el que me pareció que Ramón Arroyo y yo nos mirábamos a los ojos, y ambos vimos nuestra propia vergüenza reflejada en el otro.

 

 

Los Secretos en directo calientan, pero no queman. Su cancionero es de los que se paladean mejor en el sofá de tu casa, y eso que, para ser justos, nunca han sido mejores músicos de lo que son ahora. Pero como he dicho al principio, belleza no es lo mismo que emoción. Me cae bien Álvaro Urquijo y deseo que pueda llegar a celebrar su cuadragésimo aniversario al frente de Los Secretos; pero su forma de entender la música en vivo no puede ser más opuesta a la mía.

Jota78

Vetusta Morla (Recinto Ferial, Aranjuez, 04/09/09)

Madrid empieza a recuperar su brío, aunque en lo que se refiere a conciertos, la capital continúa eclipsada por todas las fiestas de los pueblos de la Comunidad; así que para escuchar algo de música en directo todavía hay que tirar de coche. Sobre todo si planeas ir a Aranjuez: sin ánimo de ofender, es absurdo que sus habitantes y yo votemos en las mismas elecciones que encumbran una y otra vez a Esperanza Aguirre, como si los ribereños tuvieran algún conocimiento de lo que ocurre en el día a día de la capital, o los madrileños de las preocupaciones mundanas de Aranjuez. Pero tampoco conviene soliviantar a sus ciudadanos, porque lo primero que ves al llegar al pueblo es a una turba enfurecida portando antorchas que se dirige a Dios sabe dónde. Luego te enteras de que es una representación del motín en el que el pueblo se alzó por primera vez contra las tropas napoleónicas. Para no discutir con alguien que lleva una antorcha en la mano, me abstengo de preguntar por qué la efeméride se celebra en septiembre (cuatro meses después del 2 de mayo madrileño) en lugar de en marzo, que es cuando realmente ocurrió.

 

Los ribereños hacen las cosas a su modo, aunque su Recinto Ferial no podría ser más ortodoxo. La agresión acústica y olfativa es la acostumbrada en estos lugares, pero lo que me preocupa (mientras me como un bocata de chorizo) es lo cerca que está el escenario de las casetas y las atracciones, lo que sin duda influirá en el sonido. En cuanto a los olores, los músicos ya deben estar notando cómo la grasa que flota en el ambiente se adhiere a sus prendas, porque la humareda de las parrillas se cierne sobre las casetas de obra que sirven de camerinos. A eso huele el éxito para las bandas punteras españolas: a panceta.

 

 

Entre el público hay de todo, como siempre en los conciertos gratuitos. Pero un buen número de espectadores son verdaderos fans de Vetusta Morla, incluso unos han traído una pancarta con un corazón dibujado y “Tres Cantos” escrito en ella… Daría para mucho el tema del orgullo territorial, pero ya es trabajo de psicólogos entender por qué a la gente le hace feliz que gane el equipo de fútbol de su pueblo, o que el finalista de un reality televisivo sea de su pedanía. O que dos ciudades se peleen por determinar dónde vivió más tiempo su “hija predilecta” Penélope Cruz (verídico). Visto el panorama, si los de Tres Cantos quieren enorgullecerse del trabajo duro de Vetusta Morla, que lo hagan, claro que sí.

 

Varias canciones de David Bowie caldean el ambiente antes de que la banda suba al escenario (menos glamouroso que el del Circo Price, aparte de estar francamente alto). Hacemos tiempo tomando un mojito bastante decente en una caseta cercana, si bien la banda se deja ver sin mucha demora y el concierto empieza con Autocrítica. Ya sabemos cómo han pensado combatir el ruido de la feria: con decibelios. La distorsión le sienta como el culo a los trabajados arreglos de Vetusta Morla. Como pocos músicos tienen el privilegio de escapar del circuito de conciertos en fiestas populares, me pregunto si esto socavará con el tiempo su reputación de buen grupo de directo. Curiosamente, la voz de Pucho se escucha de forma impecable por encima de la algarabía de guitarras y percusiones dobles.

 

 

No hay nada interesante que ver sobre el escenario porque el juego de luces parece completamente aleatorio y, además, no hay un cañón frontal que permita distinguir las caras de los músicos; resignados a ello, nos alejamos de las primeras filas en busca de un lugar donde el sonido se parezca algo menos a un tenedor arañando un plato. De frente, junto a la mesa de sonido, éste se hace tolerable. El repertorio ha cambiado su orden con respecto al concierto del pasado mayo, y hasta veinte minutos después del inicio no llegan Copenhague y Un día en el mundo: argumentos incontestables que enderezan lo que se estaba torciendo. Sus estribillos permiten tomar la medida de lo que está calando la música del grupo en el “pueblo llano” (el que no pagaría por verlos, vaya). Y no hay duda: Vetusta gusta.

 

La marea sigue intensa, huracanada, dejando pobre a su versión grabada; resulta difícil apreciar Maldita dulzura con esta acústica, y Valiente ya suena como si llevara una década en el inconsciente colectivo. A los sesenta minutos, la banda se despide con una disparada Saharabbey Road: las presentaciones de los técnicos, ¡gracias!, quedan fuera de la canción. Viendo de qué buen humor se pone la gente voceando los coros de dicho tema, quizá valdría la pena guardarlo para el cierre definitivo. Pero no es grave, todavía no se han quedado sin ases en la manga: Sálvese quien pueda y Año nuevo rematan con elegancia un concierto de ochenta minutos que tiene en esta concreción su mejor virtud. Su música no parece la más adecuada para escuchar con distracciones bizarras (como los obstinados vendedores de rosas con cuernos luminosos y las “Juanis” adolescentes con minifalda yendo de un lado a otro) y limitaciones técnicas, pero al final nada de esto importa si la gente tiene hambre del grupo. Hay Vetusta para rato.

 

Jota78

 

U2 (Wembley Stadium, Londres, 14 y 15/08/09)

 

Dejo a Madrid sumida en un sofocante letargo y aterrizo, dos horas después, en una ciudad completamente distinta, donde el calor es la excepción y la oferta cultural no entra en coma cada agosto. La cartelera, por ejemplo, da a elegir entre los bastardos de Tarantino (una obra maestra, dicho sea de paso) o ¡Megatiburón contra Giganpulpo! (las exclamaciones son mías), con el ínclito Lorenzo Lamas; mientras que la sección musical ofrece dos oportunidades de ver a Pearl Jam en directo, una en un palacio de deportes y otra en una sala no más grande que Joy Eslava (y no olvidemos que, de haber seguido vivo, Michael Jackson estaría dando dos conciertos por semana en la ciudad).

 

Por envergadura, no obstante, las citas “importantes” del mes son las dos comparecencias de los irlandeses U2 en el estadio de Wembley. Con Bono (diría “y compañía”, pero lo cierto es que todas las filias y fobias se concentran en su rechoncha figura) me pasa como a tanta gente, me cae simpático a la vez que consigue que me rechinen los dientes a veces. Atribuir el rechazo que despierta a su trabajada imagen de samaritano aspirante al Nobel de la Paz es quedarse con una visión parcial del asunto. Antes de que Bono viajara por primera vez a África, ya era amado y detestado por igual por su mesianismo escénico y por aquella coleta que envidiaba el mismo Steven Seagal (cuyas películas compiten con las de Van Damme por el prime time televisivo británico, ¡por algo será!). Pero tampoco vamos a remontarnos a una época en la que a cualquiera podría sacársele los colores por su estilismo (esos tutús de Madonna, esas cintas en el pelo de Bruce…), y en cuanto a lo de creerse Dios sobre el escenario, nada que objetar por mi parte: que los humildes y los tímidos se queden en sus casas estudiando una oposición a profesor de conservatorio.

 

 

Luego está la música, claro: a unos les llega y a otros no. Yo empecé con mal pie, comprándome a los quince años su disco más experimental, Zooropa. Ahora soy capaz de apreciar el atrevimiento de aquella obra, que además me permitió escuchar por primera vez a Johnny Cash cantando The wanderer; pero en 1993 lo más que acertaba a pensar era “¿qué cojones es esto?” mientras, de cara a la galería, me hacía el interesante menospreciando a Sergio Dalma y Alejandro Sanz. Cuatro años después, el catastrófico Pop estuvo a punto de ser el último clavo en el ataúd de mi relación con U2, pero con el recopilatorio The best of 1980-1990 y el sólido All that you can´t leave behind me recuperaron para la causa. A día de hoy me considero un fan crítico de U2.

 

A su música siempre le ha sentado bien la desmesura, por eso sus conciertos se celebran en estadios capaces de albergar sus extravagancias arquitectónicas (la palabra escenario no les hace justicia). Bueno, por eso y por la enorme demanda de entradas, porque aquí sí hay consenso entre admiradores y detractores: un concierto de U2 es un espectáculo al que merece la pena asistir. En 2005 los vi en Barcelona y Madrid durante la gira Vértigo, en dos conciertos prácticamente idénticos. Hice doblete sabiendo que U2 son caros de ver (en todos los sentidos), y que quizá pasarían años antes de que se me presentara otra oportunidad. Cuarenta y ocho meses después, aburrimiento agostil y alojamiento gratuito mediante, me planto en Londres para otro doblete de rock megalómano de estadio sin complejos.

 

 

VIERNES 14

 

La red de metro londinense es tan caótica que hasta los propios ingleses se preguntan sin han cogido el “tubo” en la dirección correcta. Wembley no está precisamente céntrico y se comprende por qué: es un estadio colosal, imposible de encajar en un casco urbano predeterminado. Es tan enorme que parece estar a un tiro de piedra de la salida del metro, cuando en realidad hay que caminar casi un cuarto de hora hasta llegar a él. En la avenida peatonal que los separa te asaltan reventas impertinentes, bienintencionados voluntarios de ONG, vendedores de merchandising del grupo y el mareante olor a “fish and chips” de los puestos itinerantes de comida. Todos tienen algo en común: quieren tu dinero y lo quieren YA.

 

La organización, como de costumbre en Londres, es asombrosa. Las puertas se abren a la hora prevista, las cinco menos cuarto, y hay más personal trabajando en el estadio que en toda la ciudad de Albacete un sábado por la noche. Mi asiento está bien ubicado en la grada baja y tengo buena visibilidad de ese monstruoso Transformer que han dado en llamar The Claw (La Garra). El estadio en sí minimiza un poco su impacto, pero el escenario es tan inabarcable que aquellos ilusionados espectadores que intentan fotografiarse delante suyo están abocados a la decepción. Poco después de las seis aparecen los primeros teloneros, The Hours, y traen consigo una desagradable sorpresa: el sonido disparado en todas direcciones rebota en las paredes del estadio y vuelve hacia los espectadores en forma de terrorífico eco. Es una impresión familiar para aquellos que frecuentan festivales, como si el sonido procedente de un segundo escenario se confundiera con el del primero. A la cacofonía sonora se une el molesto reflejo de un sol perennemente escondido entre nubes, así que a los treinta minutos de actuación de The Hours tengo un bonito comienzo de migraña.

 

Me doy una vuelta por el anillo interior del estadio para quitarme el aturdimiento de encima. Por los pasillos constato que muchos madrileños que este año se han quedado sin concierto de U2 han aprovechado la excusa para pasar un fin de semana en Londres. De vuelta a la grada, un obeso mórbido ha ocupado el asiento contiguo al mío; por el bien de ambos, decido buscar una nueva ubicación. Para mi sorpresa, el promotor no ha vendido las tres primeras filas de la grada baja, temiendo quizá alguna queja por mala visibilidad. No es el caso, así que aprovecho para colocarme bastante más cerca del escenario (dentro de lo posible en estos aforos) y me apoltrono en mi asiento sin nadie que me moleste a mi alrededor. En esas condiciones, los segundos teloneros Elbow me resultan bastante más simpáticos que los primeros. Ayuda que su cantante sea gordito y barbudo, como un bebedor de pintas cualquiera del pub, y que el cuarteto de cuerda que les acompaña (cuatro chicas guapas) haga que sus canciones alcancen el nivel de épica imprescindible para telonear a U2. Auguro a Elbow más suerte que a Keane, que abrieron para los irlandeses hace cuatro años en Barcelona y, desde entonces, no han dado de sí tanto como prometían.

 

 

El cielo está nublado a las siete y media, y la antena que corona La Garra (tan alta que sobresale por encima del techo descapotable del estadio) se me antoja un ominoso pararrayos. Mi parte perversa desearía contemplar esa imagen, a sabiendas de que alguno de los técnicos de luces encaramados a las torretas moriría seguro con la descarga. Pero esto es Londres, así que las nubes desaparecen como llegaron, sin avisar. El estadio ya está lleno cuando a las ocho y veinte empieza a sonar Space Oditty de Bowie, una intro de lo más apropiada para este decorado tan galáctico. Y ahí están ellos: Larry Mullen Jr, Adam Clayton, The Edge y Bono, tamaño Los Pitufos al menos para mi ojo, y eso que tengo un buen asiento. Pero entonces La Garra se enciende y poco importa la distancia a la que estés; de hecho, agradeces esa visión de conjunto que los de las primeras filas de pista no tienen. Porque será excesivo y hortera, nadie lo discute, pero también un espectáculo visual como no vas a ver en otro lugar de este planeta.

 

Luego volveremos sobre la escenografía, hablemos un poco de música. Tocan Breathe, siempre la primera canción en esta gira, y caigo en la cuenta de que esos cuatro llevan nada menos que treinta años tocando juntos. Cierto que los Stones tienen toda la pinta de ir a batir la marca del medio siglo, pero no son los mismos que cuando empezaron: U2 sí lo son. Suenan de una tacada cuatro canciones del nuevo disco, el discreto No line on the horizon, lo que se me antoja pura cabezonería pero, a la vez, demuestra un coraje que Springsteen no está teniendo este año con Working on a dream, el de defender a su hijo más desvalido. Y tampoco resultan un mal precalentamiento dichas canciones. El nivel de euforia se dispara con Beatiful day y Elevation, que hacen botar a los espectadores de pista y levantarse del asiento a los de grada.

 

 

Me descubro a mí mismo contemplando el concierto con distancia, incapaz de entrar en él: como si algo no hubiera hecho “clic” dentro de mí. La sensación es horrible (y más teniendo en cuenta lo que me ha costado la entrada) y trato de mitigarla empinando el codo. Quizá no era necesaria tanta cerveza porque la siguiente canción sí que pulsa la tecla de la emoción: no podía ser de otra forma, con noventa mil gargantas cantando al unísono I still haven´t found what I´m looking for… La “operación rescate” se remata con una estupenda versión acústica de Stuck in a moment you can´t get out of. Estoy dentro, gracias a Dios. Siguen dos canciones del nuevo disco acompañadas por una astuta distracción visual: las pantallas en lo alto de La Garra se estiran hasta casi tocar el suelo, formando una insólita cota de malla de explosivos colores que provoca una lluvia de flashes de cámaras. Sospecho que ya contaban con esa reacción y nos están utilizando de alguna forma para aumentar la espectacularidad de su propia parafernalia. Bueno, es otra forma de hacerte partícipe del concierto.

 

 

Una pachanguera versión de I´ll go crazy if I don´t go crazy tonight (cómo les gustan los títulos largos, joder) consigue lo que jamás creí posible, ver a The Edge saltar y bailar. Me choca lo que la banda ha hecho con esta canción, tan transformada con respecto al disco, siendo además el single que suena ahora en las radios. La que no ha cambiado mucho es Vértigo, si exceptuamos la incapacidad de todos los presentes de pronunciar “¡catorce!” en lugar de “¡catorse!”. La enérgica Sunday bloody Sunday es un buen ejemplo de algo que noto a lo largo del concierto, que el cuarteto tiene más empuje ahora que cuando los vi por primera vez hace cuatro años; aunque no puedo pasar por alto que sólo llevan unos veinte conciertos en esta gira. Será interesante comparar cuando lleguen a Madrid el año próximo.

 

Con Walk on llega el momento más politizado del concierto, ése que los fans del grupo consideran un gesto de generosidad con el que llamar la atención sobre alguna causa justa, y sus detractores, pura demagogia para quedar bien. Yo creo que Bono hace estas cosas de corazón (los demás parecen ir arrastrados), pero entiendo que mezclar espectáculo y denuncia resulte incómodo para algunos: no sé si ayuda mucho a Burma que unos cuantos ingleses beodos se pongan entre el público esas inquietantes máscaras de Aung San Suu Kyi. Quizá el beneficio más directo lo obtengan Greenpeace o Amnistía Internacional, que logran captar más socios a las puertas de un concierto de U2 que en todo un mes en la calle. La conclusión, entonces, es que el esfuerzo merece la pena.

 

One es la joya de la corona del repertorio, aunque la tristeza que emponzoña la letra de esta canción conmueve mucho más en la soledad de tu hogar que acompañado de decenas de miles de personas, a saber por qué. En el segundo bis, Ultraviolet (light my way) es interpretada por Bono con una chaqueta-láser que le hace parecer un cruce entre El jinete eléctrico de Robert Redford y El cortador de césped de Stephen King. El micrófono cuelga de un cable y Bono se balancea de un lado a otro con él, exponiéndose a la humillación de una caída tonta. Con With or without you, una de las canciones más ramplonas del grupo, la antena de La Garra se convierte en una suerte de bola de espejos que transforma al estadio en una discoteca. Es la señal para salir disparado hacia el metro, consciente de que si espero cinco minutos más me veré atrapado en un colapso de noventa mil personas. Tengo que luchar contra mi instinto para perderme la última canción, pero las deserciones masivas a mi alrededor me convencen de estar haciendo lo correcto. Policías a caballo ponen orden para que la marea humana que empieza a formarse sea lo menos dramática posible, y un montículo de mierda de equino como no he visto jamás está a punto de arruinarme la noche. No es el caso, pero el zurullo y yo sabemos que no le faltarán oportunidades de cebarse con algún pobre desgraciado de los miles que vienen detrás.

 

SÁBADO 15

 

Si fuera una persona sarcástica (esto es un sarcasmo, para quien no me conozca), mi crónica del sábado 15 sería: “véase el viernes 14”, porque ambos conciertos fueron muy parecidos. Pero no idénticos. La segunda noche hubo cuatro o cinco cambios en el repertorio, entre ellos una acústica Stay (Faraway, so close!) que nos hizo comprender por qué Bono la considera la mejor canción de U2; por cierto que los falsetes que siempre creí suyos son de The Edge. No tuve tanta suerte como para escuchar mi canción favorita de All that you can´t leave behind, la dulcísima In a little while, que sí han interpretado en otra fechas de esta gira. En líneas generales, los dos conciertos de U2 en el estadio de Wembley resultaron indistinguibles.

 

 

La mayor diferencia para mí radicó en la perspectiva desde la que los vi. La segunda noche tenía asientos de grada alta (quinto piso, concretamente) y visibilidad limitada, pues a alguien le tiene que tocar la pata de La Garra, claro. Dichos asientos tienen un precio razonable para los tiempos que corren, menos de cuarenta euros. El manager de U2 Paul McGuinness afirmó que vender la grada completa les permitía “subvencionar” algunos asientos. El comentario es un poco cínico porque que se olvida de mencionar que hay muchos otros que superan de largo los ciento cincuenta euros; y como las entradas baratas vuelan, el socialismo practicado por U2 en esta gira jode a más gente de la que beneficia. Pero en fin, no voy a meterme en camisas de once varas, que este texto ya está quedando largo de por sí. El concepto de la gira, el de los 360º, es erróneo desde el momento en el que el escenario no se sitúa en el centro mismo del estadio, puesto que la banda continúa teniendo noción de “delante” y “detrás”. Y si estás detrás, más vale que te guste La Garra, porque a los músicos vas a verlos poco.

 

La ambivalencia que la mayoría sentimos hacia U2 sigue viva después de ver un concierto suyo: si no eres un escéptico ni un converso, disfrutarás con un show sin parangón y con el ramillete de buenas canciones que, pese a quien pese, los irlandeses tienen. Y luego te irás a tu casa y el mundo seguirá girando. Afortunadamente.

 

Jota78

Música en imágenes: Elvis Presley

El próximo día 16 se cumplen 32 años desde que Elvis abandonara por última vez el edificio. Ahí va un vídeo en su recuerdo, muy ilustrativo de todo lo bueno y lo malo que tuvo ese loco genial e irrepetible.

And now, the end is near, and so I face the final curtain…

 

Bruce Springsteen & The E Street Band (Estadio José Zorrilla, Valladolid, 01/08/09)

Un aguacero inclemente se estrella contra el parabrisas del coche a medida que te acercas a Valladolid el sábado por la mañana, y no sabes cuál de las dos posibilidades es peor: que el concierto se cancele o que se celebre bajo la lluvia. Al menos en el segundo caso tienes garantizado escuchar una deliciosa versión del Who´ll stop the rain de John Fogerty como apertura, pero también muchas penurias y un más que posible resfriado. La tromba de agua es la causante de que las inmediaciones del estadio estén casi desiertas. Es fácil detectar cuáles de los presentes son los fans viajeros: aquellos que llevan chanclas, bermudas y camisetas de tirantes, y con cara de sentirse idiotas por no haber previsto nada para protegerse del frío y la lluvia (en el Carrefour colindante harán su agosto, literalmente, vendiendo sudaderas cutres). Al cabo de un rato, las nubes se quedan secas y los ochocientos fans que ya están apuntados a la lista van apareciendo de debajo de las piedras para el reparto de pulseras. Otros quinientos aún sin numerar nos sumamos a la cola, lo que añade un elemento de caos que ralentiza el proceso hasta hacerlo durar un par de horas. El objetivo, en todo caso, se cumple para todos.

 

 

El número en el dorso de mi mano es el 1014, novecientos puestos más atrás que en Bilbao. Al principio no me preocupa porque es justo lo que quiero, entrar al pit media hora antes de que comience el concierto y verlo con comodidad a poca distancia. Pero una vez en el estadio descubro la terrible verdad: eso ya no es suficiente para mí. Los que ven el concierto desde la grada creen que eso es genial porque nunca han bajado al césped; los que están en la parte trasera de la pista nunca sabrán lo que se pierden por no estar en el pit; y los que consiguen la pulsera y se quedan atrás a sus anchas, ni imaginan lo electrizante que es ver a la banda desde la primera fila. Es casi imposible no descubrirte a ti mismo comparando las distintas perspectivas desde las que viste un determinado momento del espectáculo, y la comparación siempre es odiosa para mi posición en el pit pucelano (que muchos envidiarían). Bruce es una droga: siempre quieres más, y más pura.

Al estadio algunos lo llaman Nuevo Zorrilla, no sé si irónicamente, porque el lugar está ruinoso. Tanto los espectadores de pista como los de grada llegan a su zona accediendo por las mismas empinadas escaleras, con lo que el colapso es de campeonato. El césped (no precisamente verde) está a reventar de gente que no puede más que permanecer de pie en su sitio por la imposibilidad de caminar hacia ningún lado. La organización multiplica el caos obligando a los del pit a dar una vuelta absurda cada vez que intentan salir y volver a entrar en su zona. Es imposible hacer razonar a nadie: su actitud de “yo sólo soy un mandao” se parece bastante a la defensa que utilizaron algunos de los acusados de crímenes contra la humanidad en los juicios de Nuremberg. En mitad de esta vorágine, me acuerdo de la maravillosa organización británica de los conciertos de la E Street Band en el Emirates Stadium el año pasado, y me pregunto si en España llegaremos alguna vez a parecernos remotamente a eso… El recinto está lleno, como en Bilbao y Santiago de Compostela; Sevilla y Benidorm no llegaron a tanto. Aún así, es asombroso el poder de convocatoria de un músico que, con la E Street Band, con la Seeger Sessions Band o en solitario, ha dado ¡veintisiete conciertos en España en los últimos diez años! Como ejemplo comparativo U2, su más directa competencia de rock de estadio, sólo nos han visitado en seis ocasiones en esta década, así que la conclusión es clara: a la masa le gusta Bruce Springsteen.

 

 

A las nueve y cuarto, cuando todavía faltan cuarenta y cinco minutos para que caiga la noche, Roy Bittan (y no Nils Lofgren) sube al escenario para tocar un instrumental al acordeón: nadie sabe qué esperar después de que en Benidorm interpretaran Los pajaritos de Maria Jesús. No sé si Roy falla con las notas o es la algarabía la que no me permite escuchar, pero no reconozco el pasodoble que algunos periódicos dirán al día siguiente que tocó. De todas formas, qué más da. Bruce grita “¡hola, Valladolid!” (yo en su lugar hubiera dicho Pucela, que al ser trisílaba resulta más fácil de pronunciar para un americano) y los muros tiemblan. Aunque London calling y The ties that bind fueron comienzos arrasadores para Londres y Bilbao, ésta es la primera vez que puedo apreciar de verdad cómo funciona Badlands para abrir un concierto. Y chico, qué forma de sacarle los colores al noventa por ciento de los músicos de este mundo: cada vez que las baquetas de Mighty Max aporrean sus tambores, te sientes como Mike Tyson calzándose los guantes para pelear una vez más por el título.

Sólo han pasado seis días, pero me parece que Bruce está más guapo y más cachas que la última vez que lo vi, y que conste que no me preocupa lo homoerótica que pueda sonar esta sentencia. Lo que es seguro es que está de un humor excelente (siempre lo está, en realidad), y se lo pasa pipa vacilando a los cámaras durante Spirit in the night. La incorporación de una tercera pantalla gigante a espaldas de los músicos es un gran acierto y Bruce interactúa con ella a menudo, como cuando nos da la espalda a los espectadores reales para jalear a los espectadores virtuales que aparecen en ella. Aunque el público no necesita estos trucos escénicos, pues le bastan unas palabras en un más que decente castellano durante Working on a dream (“nosotros ponemos la música, vosotros el ruido”) para pasar del entusiasmo a la locura colectiva.

 

 

Una provocadora pancarta que le acusa de “no tener pelotas” logra su objetivo: Bruce pone a la banda a trabajar en una enérgica versión de Great balls of fire, bastante mejor, dicho sea de paso, que la que pude escuchar por boca del mismo Jerry Lee Lewis el mes pasado. De un sobre cerrado extrae la siguiente petición, Something in the night, que el remitente asegura no haber podido oír en diez años de conciertos. Bruce le hace feliz, aunque la canción no resulta demasiado apropiada para este bloque del concierto. El carrusel emocional vuelve a elevarse con Surprise, surprise, dedicada a una niña de catorce años recién cumplidos que se deshace en lágrimas en la primera fila. El tema no es mi favorito de Working on a dream, pero es agradable ver que Bruce deja de pisarle el cuello a su propio disco; lo mismo que con el anterior Magic, del que tocan Girls in the summer clothes en lugar de la cansina Radio Nowhere. Lástima que Bruce, afónico una vez más, sea incapaz de replicar la voz de la grabación original (tampoco ayuda que el productor Brendan O´Brien se pusiera “philspectoriano” en dicha canción).

 

 

El sonido es bastante bueno, por lo que las entradas de la armónica de Bruce y del saxo de Clarence consiguen el impacto dramático deseado. Como el Big Man tiene además una buena noche, canciones tan trilladas como Promised land o Bobby Jean vuelven a sonar frescas una vez más. Durante el bis, Bruce hace la misma pantomima de siempre (presentar a gritos a la banda, sacar a bailar a una extasiada espectadora, fingir que está agotado, dar a su guitarra vueltas de 360º por encima de su cabeza), pero resulta aún más divertida de ver cuando puedes anticiparla. Un falso enfermero le pone una máscara de oxígeno y Bruce se levanta del suelo para rematar Twist and shout, tan veraniega en los conciertos de la E Street Band como el Gran Prix en televisión. La “temprana” despedida llega a los ciento setenta minutos, algo sensato si piensas que la banda va a subirse a otro escenario en Santiago veintidós horas después.

 

 

Por el hilo musical suena el tema de Ennio Morricone Once upon a time in the west, cuyo crescendo no ayuda a apaciguar a las excitadas masas. Las sonrisas de satisfacción se congelan cuando todos comprobamos que el estadio José Zorrilla es una jaula cuyo desalojo llevará al menos cuarenta y cinco minutos, con los consiguientes amagos de asesinato y suicidio de espectadores hartos de ser tratados como cabezas de ganado. Me abstraigo de las blasfemias en varios idiomas a mi alrededor pensando que mis próximos conciertos de Bruce Springsteen & The E Street Band (30 de septiembre, 2 y 3 de octubre) serán ya en el primer mundo, esto es, New Jersey. En esas circunstancias, creo que estará permitido soltar una lagrimilla escuchando Jersey girl o Drive all night.

 

 

Otras crónicas: 

París, 17/12/07

Londres, 30 y 31/05/08

San Sebastián, 15/07/08

Madrid, 17/07/08

Barcelona, 19/07/08

Barcelona, 20/07/08

Londres, 28/06/09

Bilbao, 26/07/09

 

Jota78