Pretenders (Sala La Riviera, Madrid, 01/07/09)

Siguen empeñados algunos medios en convencernos de que Pretenders es una banda, cuando todo el mundo sabe que Pretenders es Chryssie Hynde. Es verdad que aún cuenta entre sus filas con el batería original Martin Chambers, pero éste ni siquiera ha grabado en el último disco (cito textualmente a Chryssie: “Martin es el más entretenido batería de rock del mundo, por supuesto, pero Jim Keltner es un alquimista, un mago. Quería un estilo diferente para el álbum y Martin no tuvo problema en dejar su puesto a Jim para este proyecto”. No sé, no me imagino a Charlie Watts o Larry Mullen Jr. cediendo las baquetas sin más al primero que pasa…). Pretenders es una banda de la misma forma en que lo son Revólver o Jarabe de Palo, es decir, el proyecto de un solo hombre. O mujer, en este caso.

 

Pretenders hace un cuarto de siglo:

 

Hace seis años, Pretenders telonearon a los Rolling Stones en su concierto en el Vicente Calderón, pero el colapso habitual a las puertas hizo que me perdiera su actuación: fue frustrante escucharlos desde fuera del estadio. El pasado sábado tocaron en el festival Hard Rock Calling de Londres el mismo día que Neil Young, pero a una hora tan temprana (¡las tres y media de la tarde!) que yo mismo renuncié a verlos. Había olvidado que tendría una nueva oportunidad en Madrid cuatro días después. La noche del miércoles me acerqué a La Riviera para ver por fin a la escurridiza Chryssie Hynde; compré la entrada en taquilla, algo arriesgado de hacer en la capital porque casi todos los conciertos completan su aforo semanas antes. Ah, qué arte perdido el de improvisar sobre la marcha… Casi ocho meses llevaba sin pisar La Riviera por culpa de su clausura del pasado otoño, y además de los cambios evidentes (nuevas salidas de emergencia y una iluminación verdosa que la asemeja a la imagen corporativa de su competidora, la sala Heineken), la encontré diferente: supongo que es la misma ilusión óptica que ocurre al volver de unas largas vacaciones, tu casa sigue igual pero parece más pequeña. Lo que no ha cambiado es la ruin estratagema de cortar el aire en los conciertos para que la gente consuma más. Se conoce que la refrigeración de la sala un 1 de julio no va incluida en el abusivo precio de las copas.

 

Pretenders el sábado pasado (literalmente):

 

Quizá quedaran medio centenar de entradas por vender, pero La Riviera lucía aparente con dos millares de seguidores del grupo que frisaban en su mayoría la cincuentena. Algo más jóvenes, en todo caso, que la misma Chryssie Hynde, que había pedido al público mediante carteles que no la grabaran ni fotografiaran durante el concierto: un extraño gesto de coquetería para una rockera tan cool y bien conservada como ella. Créeme, Chryssie, serías la primera en mi lista si tuviera en mente acostarme con una mujer que prácticamente me duplique la edad (dudo mucho que el interés fuera recíproco, pero bueno, ese es otro tema). Chryssie, el “entretenido” batería Martin Chambers y los otros tres músicos de la siguiente generación que los acompañan se dejaron ver a las diez menos veinte. Durante los siguientes cien minutos, desgranaron sin pausa un repertorio que bebía tanto de su nuevo trabajo Break up the concrete como de los éxitos del grupo.

 

En realidad, lo de menos fueron las canciones. Como buena show-woman, Chryssie sabe que todas las miradas están puestas en ella, y no defrauda. Desde su encantador corte de pelo ramoniano y su rocambolesco vestuario a capas (camiseta, corbata de nudo flojo, chaleco abierto, levita, todo muy fresquito, sí) hasta sus poses rockeras de manual con un punto sexy, pasando por su inconfundible voz, Chryssie Hynde domina el escenario con la soltura propia de quien se sabe dueña y señora del mismo. Como debe ser. La guitarra en su caso no es tanto un instrumento como un ornamento (ya hay dos excelentes guitarristas para hacer el trabajo sucio), e incluso a veces se libera de ella para acercarse más a las primeras filas, micro en mano. La complicidad establecida con sus fans en La Riviera hizo que estos se dejaran las palmas aplaudiendo al final de cada canción.

 

 

Don´t get me wrong sonó a los cuarenta minutos con arreglos prácticamente idénticos a los de su versión original. Hay temas cuya producción no necesita ser actualizada, mejor que se queden como están, y éste es uno. Poco después tocaron un cover de Forever young con bastante más sentimiento y delicadeza que los que le pondría nunca el actual Dylan; en mi opinión, la bordaron. También les quedó emocionante I´ll stand by you, un tema que está al límite de la cursilería pero se detiene justo antes, en la zona del placer culpable. En su interpretación pudo explayarse Chryssie Hynde con sus capacidades vocales. Y así, saltando sin problemas del pop new wave al rock “clashiano”, con puntuales paradas en el rockabilly más ortodoxo y el country menos indigesto, los Pretenders del nuevo siglo nos hicieron pasar un muy buen rato a todos sus espectadores madrileños, seguidores o no de su obra. Si además reparas en que la banda tiene cinco conciertos más por España en los próximos seis días, no cabe otra que estar de acuerdo con Neil Young cuando afirma: “Chryssie Hynde es una rockera, lo lleva en su corazón. Estará dando guerra hasta desplomarse”. Palabra de Neil.

 

Jota78

Bruce Springsteen & The E Street Band (Hyde Park, Londres, 28/06/09)

Hard Rock Calling, día 2. Habiéndome perdido el día anterior a artistas como Pretenders o Ben Harper (es lo que tienen los conciertos en otros países, que hay que hacer turismo, maldita sea), estaba decidido a llegar, al menos, al recital de Dave Matthews Band. Nunca he prestado la debida atención a este músico, pero prometo enmendarme porque, después de sus setenta y cinco minutos de actuación en Hyde Park, una cosa me ha quedado clara: Dave Matthews no es el telonero de nadie. La banda del sudafricano (norteamericano de adopción) practica un jazz-rock de contagiosa alegría, y como la E Street Band, todos sus miembros tienen un peso en su sonido. El solo que se marcó el baterista mientras hacía globos con su chicle arrancó la primera gran salva de aplausos de la tarde. El sonido, impecable y potente, ayudó a que muchos de los presentes nos convirtiéramos instantáneamente en fans de la Dave Matthews Band. Volveré a hablar de ellos en este blog, seguro.

 


Pero esto como el chiste: ¿a qué estamos, a por setas o a por Rolex? Uno no coge un avión y se planta en otro país para ver hora y cuarto de Dave Matthews Band, sino tres horazas de Bruce Springsteen & The E Street Band, eso es así. El concierto de Hyde Park es en realidad el pistoletazo de salida de mi propio tour, que continuará dentro de un mes en Bilbao y Valladolid, y culminará (por triplicado) el próximo otoño en New Jersey; así que Londres es casi una primera toma de contacto. Digamos que la gira Working on a dream y yo nos estamos conociendo. Y voy a empezar poniéndole pegas: ¿por qué lleva el título de un disco del que nunca entran más de tres temas en el repertorio? (sólo dos en el caso de Londres). Espero que no sea una claudicación porque el LP en cuestión no haya encontrado el beneplácito unánime acostumbrado, la verdad, porque eso es más propio de los Stones que de la E Street Band, y yo quiero escuchar This life, Queen of the supermarket o Kingdom of days en directo al menos una vez en la vida. Lo más extraño de todo es que dos coristas se han unido al grupo en esta gira precisamente para que los temas ausentes suenen con la misma producción pop que en el disco. ¿Qué lógica tiene eso? Ninguna. La banda resultante es un híbrido entre la E Street Band de toda la vida y la Seeger Sessions Band con la que Bruce giró hace tres años (de ésta proceden el teclista Charles Giordano, la violinista Soozie Tyrell y los recién incorporados), idea reforzada por la suplencia temporal de Jay Weinberg en la batería de su padre.

Pero Max está de vuelta en esta bochornosa tarde londinense y el arranque no puede ser más apropiado: London calling, de The Clash. Los padres de familia ingleses agitan el puño en el aire como si todos hubieran sido punks de extrarradio en su juventud. ¡I live by the riiiver! Me resisto a participar del entusiasmo colectivo por no ser inglés (absurdo, ya lo sé), pero luego comprendo que nadie sobre el escenario lo es y me limito a disfrutar. Badlands es el mismo trueno al principio o al final de un concierto, y cuando Bruce grita a los músicos que se preparen para tocar Night, pienso que hay ciertas canciones que no deberían interpretarse de día (Because the night, Something in the night, Spirit in the night… creo que ya pillais la idea).


 

El sonido es más opaco y menos potente que durante el concierto de Dave Matthews, lo que me cabrea bastante porque, si tienes la mejor banda del mundo, es ridículo que no suene como tal por cuestiones técnicas. Agradezco que toquen Outlaw Pete, porque es menos estruendosa y los matices se aprecian mejor. El tema es una auténtica suite de diez minutos de duración cuya repetitiva estructura crece exponencialmente en interés en su trasvase del disco al directo. Al oír la armónica llorosa de la grabación me imaginé a Bruce tocándola en directo, pero en realidad es Clarence Clemons quien la sopla (también silba en Working on a dream y toca la flauta en American land, quizá para compensar sus frecuentes patinazos con el saxo, uno de cada cinco aproximadamente). A continuación llega la llamada “trilogía de la crisis” (Seeds, Johnny 99 y Youngstown), una constante en todos los conciertos que puede explicar por qué hay tan pocos temas nuevos en esta gira. Cuando Nils Lofgren hace su solo en la última canción, vuelve a girar espasmódicamente sobre sí mismo de una forma poco recomendable para un hombre al que le han puesto protésis en las caderas hace apenas nueve meses. Haz lo que quieras, Nils, pero te preferimos entero.

La realización de las pantallas no corre a cargo del equipo habitual de Bruce sino de la organización del festival, y se nota. A pesar de tener dos cabezas calientes (una de ellas, tocando los cojones entre el público y la banda durante buena parte del concierto) y más de una docena de cámaras desperdigadas por el recinto, muchas de las reacciones de los músicos se pierden, lo que es una desgracia con una banda que tiene tan clara la importancia de utilizar la cámara para proyectarse a los espectadores más lejanos. Para colmo, el escenario está tan alto que la empinada escalera de metal (ausente la noche anterior con Neil Young) que permite a Bruce acercarse a la primera fila está a punto de causar una tragedia. Nadie lo expresa mejor que él mismo: “Tengo sesenta putos años, ¡que alguien me traiga un puto ascensor!”.

 

 

Sesenta putos años (o casi) que ya los quisiera para mí. Dio lo mismo que al principio del concierto pareciera algo cansado (la noche anterior habían actuado en otro festival inglés, Glastonbury) e innegablemente afónico: dos horas y media después seguía allí, azuzando a las masas como si sus baterías se recargaran sobre la marcha y acabara de levantarse. No le llaman el Jefe por nada… Una intensa Racing in the street fue la única verdadera rareza del repertorio, pues las otras peticiones atendidas mediante carteles eran himnos de masas del calibre de Bobby Jean. Antes del bis, volvieron a sonar Radio Nowhere, Lonesome day y The rising, quizá las peores canciones de sus respectivos discos y en absoluto merecedoras de tanta atención, pero de una eficacia innegable. Born to run y Rosalita cerraron la primera parte del show de forma testimonial, pues nadie se movió de su puesto, quizá para no dejar solo al artrítico Clarence. Éste se sentó en un taburete para Hard times (come again no more), la más “Seeger Sessions” de todo el recital, y allí se quedó para el solo de Jungleland. Luego no tuvo más remedio que levantarse para American land, Glory days y Dancing in the dark, esa clase de bis con el que los neófitos en la E Street Band se dicen a sí mismos: “Dios mío, ¿pero cuándo va a acabar esto? Que toquen una más, por favor”.


 

El sonido fue mejorable, el repertorio no se salió de lo previsible, las dimensiones del escenario y la realización de las pantallas no ayudaron a acercar a la banda a los espectadores, Clarence Clemons patinó en su solo de Promised land, el violín de Soozie Tyrell hacía daño al oído en la introducción de Jungleland, Bruce estaba afónico, algunos temas se alargaron innecesariamente esperando a que el cantante llegara al micrófono después de un paseo por las primeras filas… Entonces, si todos somos capaces de ver los fallos, ¿por qué es imposible encontrar a una sola persona que hable mal de un concierto de Bruce Springsteen & The E Street Band? ¿Por qué nos vamos a casa con esa media sonrisa boba? ¿Qué es eso que flota en el aire, inaprensible, imposible de reflejar con palabras? No soy tan buen escritor, recomiendo que todo el mundo lo compruebe por sí mismo.

Próxima parada: San Mamés, Bilbao, 26 julio.

Jota78

 

En la gira Magic (2007-2008) escribí crónicas de conciertos de la E Street Band en París, Londres, San Sebastián, Madrid y Barcelona.

Neil Young (Hyde Park, Londres, 27/06/09)

La culpa la tiene Jacko, claro. Yo no planeaba pasar mis dos noches londinenses en Hyde Park viendo conciertos, pero este nuevo escenario imposible al que aún estamos acostumbrándonos (un mundo sin Michael Jackson, algo que los que empezamos a tener conciencia de la realidad a principios de los ochenta nunca hemos conocido) ha resultado un enorme toque de atención: los iconos musicales pueden ser tan grandes como las montañas pero, a diferencia de éstas, no van a estar ahí para siempre. Hay una lista de nombres que tachar y mejor que lo hagamos rápido: si bien el de Bruce lo he garabateado con tanta saña que he llegado incluso a destrozar el papel, el de Neil Young seguía virgen, incólume, y eso había que solucionarlo.


 

Hard Rock Calling es un festival que, por envergadura, podría compararse a ese Rock in Río que tuvimos la suerte/desgracia de disfrutar/padecer el verano pasado en las afueras de Madrid. Con dos matices: primero, el festival londinense no contiene un bombardeo publicitario avasallador y constante que te haga pensar que en realidad no has pagado para ver un concierto, sino para que te vendan un Toyota; y segundo, la franquicia brasileña se ubica en un desangelado terruño de las afueras de Arganda del Rey, mientras que Hard Rock Calling tiene lugar en Hyde Park, en pleno corazón de Londres. Y para que no quepan dudas de en qué ciudad estás, es aconsejable llevar un sombrero para el sol y un chubasquero para la lluvia. A las seis de la tarde, oscuros nubarrones descargan un molesto aguacero y algún que otro rayo sobre la explanada donde tiene lugar el festival, mientras los paneles electrónicos te recomiendan (quizá con recochineo) que no repares en crema solar. Pero la vida en esta ciudad sigue su curso aunque se partan los cielos. Al entrar en el recinto, de todos modos, tienes la impresión de estar en una feria de ganado en Nashville: la hierba mojada, el intenso olor a comida de los puestos móviles, el trajín incesante de gente en todas direcciones, ¡las familias haciendo picnic con manta, cesta y hamacas, todos descalzos! Definitivamente, no es Rock in Río. Las distancias engañan y acercarse al escenario lleva un buen rato, pero no es misión imposible porque, atención amigos, los ingleses respetan los senderos de tierra para el tránsito y sólo ocupan las partes de hierba. Paso un minuto buscando al vigilante que impide a la gente colapsar los lugares de paso, pero al final tengo que rendirme a la evidencia: no hay nadie. Los mismos espectadores han decidido mantener el orden de una organización impecable, que te informa por las pantallas de qué puerta tienes que escoger a la salida para llegar a tu parada de metro u autobús. Cualquiera que experimentara el desalojo del Vicente Calderón el pasado 5 de junio tras el concierto de AC/DC comprenderá la utopía de la que estoy hablando.

A las ocho y cuarto, hora del concierto de Neil Young, hay cuarenta mil personas reunidas frente al escenario principal. En un estadio, la mitad de ese aforo estaría a la vista en las gradas, pero aquí es un interminable mar de cabezas cuyas dimensiones sólo podemos suponer cuando el realizador pincha un plano general en las pantallas. Las familias con mantita se han quedado atrás, a sus anchas, mientras los demás nos hacemos un hueco en los doscientos metros más cercanos al escenario; el que más, el obeso mórbido desplomado a nuestro lado que, entre la vigilia y el sueño, se fuma un cigarrito mirando al cielo durante los quince primeros minutos de concierto (más tarde, para sorpresa de todos, recuperará súbitamente las energías y se revelará como el mayor fan de Neil Young).



El rockero canadiense se deja ver con puntualidad y responde al estruendo de aprobación con un educado saludo. Va vestido con su característica informalidad (otros dirían desaliño) y aparenta la edad que tiene, sesenta y cuatro. Sin rodeos, coge la guitarra y ataca Hey, hey, my, my (into the black). La banda que lo acompaña no es, desafortunadamente, la legendaria Crazy Horse, pero huelga decir que está a la altura. Además, para los españoles es un pasatiempo divertido encontrar parecidos: el bajista es como un Carlos Raya que hubiera llevado mala vida, mientras que el guitarrista es, sin discusión, Kiko Veneno con diez años más encima. El caso es que entre todos consiguen ese paisaje sonoro tan de Neil Young: ahora que el cielo ha dado una tregua, llega otra tormenta, la sónica, la de guitarras.

El sonido es bueno, aunque desde mi posición (algo lateral) no tiene la suficiente potencia como para dejarte llevar por el vendaval de música. Se agradece que los oídos no te piten al final del concierto como sucede siempre en España, pero rompe la magia oír algunas conversaciones a tu alrededor casi tanto como la canción. El público, heterogéneo pero mayoritariamente talludito, disfruta de la música de formas distintas, unos con veneración hacia el artista y otros como parte del ambiente de la tarde en Hyde Park (ambas opciones son válidas, puesto que todos han pagado su entrada). Que no se haga de noche hasta los bises no ayuda a que la atención se concentre en el escenario, demasiado lejano además para la mayoría.

A pesar de su rictus aterrador (fruto de una parálisis del labio superior al estilo de la que luego pusiera de moda Sylvester Stallone), Neil es un tipo bastante simpático. Por esta mala costumbre del ser humano de prejuzgar por el aspecto físico, pensaba que sería tan seco como Van Morrison o Bob Dylan, a los que no arrancas más que un “thank you” por concierto; pero Neil se dirige varias veces al público con naturalidad, visiblemente cómodo sobre el escenario. Eso entre canción y canción, porque esa genuina rabia que recorre sus canciones sigue ahí, incólume e inaudita en un sexagenario. Cuando Neil ataca sus solos de guitarra se diría que entra en un trance salvaje, y si te pusieras en su camino parece capaz de arrancarte las tripas como arranca las cuerdas de su instrumento sin piedad alguna. Que alguien conserve ese fuego a esas edades (el mismo que le llevó a parir un disco entero dedicado a los desastres de la administración Bush, Living with war) te reconcilia con el ser humano: yo de mayor quiero ser Neil Young.

Algunos hits espolvoreados por el repertorio (Cinnamon girl, Heart of gold, Down by the river) hacen más ameno el concierto a aquellos que no somos eruditos de la discografía de Neil, aunque al término del mismo nos quedaremos con las ganas de escuchar Helpless, Like a hurricane, Harvest moon o From Hank to Hendrix. No pasa nada, he podido ver en los set-lists de otros días que a veces las toca y a veces no, y eso me parece genial, no repetir las mismas canciones hasta dejarlas romas: que no pierdan su significado. Y desde luego, con dos horas y cuarto de concierto de semejante intensidad, nunca diría que Neil Young en directo no vale el precio de la entrada. Una descomunal Rockin´ in the free world (ya la había escuchado en directo interpretada por Pearl Jam), con su estribillo retomado hasta ¡tres veces! una vez terminada la canción, cierra el bloque principal.



El bis está compuesto por un único tema, pero no pasa nada: es A day in the life, versión “elefante en una cacharrería”. Espera, ¿quién es ese flacucho con cara de señora mayor que sube a hacer coros con Neil? Ah, ya. Es el co-autor de la canción, ese tal Paul… Recapitulo, amigo lector, para asegurarme de que estamos viendo la misma estampa. No es Dani Martín subiendo a tocar La sangre de tu tristeza con Jaime Urrutia en el escenario de Joy Eslava, no: es el maldito Paul McCartney cantando a duo con Neil Young un tema emblemático de The Beatles en Hyde Park, Londres. Ahora sí, ¿eh? Una escena que me hubiera perdido de no ser por Jacko, así que es cierto el dicho, no hay mal que por bien no venga.


 

A dormir. Mañana, mi primer concierto E Street de 2009.

Jota78


Hombres G (Bar Pop´n´Roll, Madrid, 25/06/09)

Quién lo iba a decir: los Hombres G, grupo paradigmático de la “industria” discográfica española, se hace independiente de verdad. Rescindido su contrato con Warner/DRO, el cuarteto ha decidido hacer llegar su música a sus fans por internet, sin intermediarios, a través de su nueva página www.hombresg.tv. Su forma de dar a conocer al mundo su nueva andadura no ha sido menos peculiar: un concierto privado en el bar Pop´n´Roll (propiedad del batería Javi Molina), precedido de una caótica rueda de prensa para la que, en lugar de los medios de comunicación tradicionales, fueron convocados blogueros vocacionales y melómanos como un servidor.

 

 

(Es la una de la mañana y acabo de enterarme de que Michael Jackson ha estirado la pata mientras veíamos a los Hombres G. Siempre consideré a Jacko un lunático sin parangón, pero saber que ya nunca lo veré en directo –como planeaba hacer este mes de agosto- me pone un poco triste. No me apetece seguir escribiendo, mañana terminaré esta crónica).

En 2002 vi por primera vez un concierto de Hombres G. Acababan de reunirse casi de tapadillo después de una década para una gira por Sudamérica, y su único concierto grande en España fue en un festival de pop español en Las Ventas, compartiendo cartel con Jaime Urrutia, Mikel Erentxun y Los Secretos. Llegué una vez comenzado el espectáculo (me perdí el concierto de Urrutia), pero aún así varias personas con desesperación en la mirada me ofrecieron cheques en blanco por mi entrada. No acepté: tenía las mismas ganas que ellos de lograr algo que creía imposible, ver en vivo a Hombres G, cuyas canciones (te gustaran o no) fueron la banda sonora ineludible de todo aquel que fuera niño o adolescente en los ochenta. Pronto quedó claro que el público había llenado la plaza para ver a David Summers y los suyos, por lo que el cierre a manos de los reestructurados Secretos de Álvaro Urquijo resultó, como poco, anticlimático.

Pero la orgía de sonido G llegó en 2003: ahí es donde puedo decir sin pudor que rocé la obsesión. Primero adquirí el preceptivo recopilatorio, pero la selección de canciones no me colmaba, así que a continuación me compré un cofre con toda su discografía. Su gira de reunión se había ampliado a España (había dudas al respecto porque David Summers en solitario no había conseguido hacerse un hueco en la Península Ibérica) y yo volví a verlos en La Riviera, Las Ventas, la Huerta del Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares y La Cubierta de Leganés. Todos los recintos estaban llenos y el público mostraba un entusiasmo genuino como pocas veces he visto en conciertos. Este ambiente eléctrico era una buena razón para repetir, como también el repertorio, que contenía el mayor número de “greatest hits” por metro cuadrado que se pueda soñar. Era un recital para quedarse afónico.

 

 

Ya satisfecha mi hambre de Hombres G, volví a verlos cuatro veces más durante el siguiente lustro, dos de ellas en La Riviera y otra en un Vicente Calderón prácticamente lleno (con una ayudita de El Canto del Loco). Los dos nuevos discos publicados contenían buenas canciones a las que, no obstante, les resultaba imposible competir con el bagaje emocional de las escritas en los ochenta. Además, me había comido el pastel con tanta gula (algo muy propio de mi carácter) que, en mi último concierto en 2007, constaté que ya no tenía tantas ganas de seguir cantando El ataque de las chicas cocodrilo o Temblando; así que me concedí a mí mismo un descanso de Hombres G.

Un desconocido tuvo la amabilidad de invitarme al concierto del Pop´n´Roll, y por supuesto acepté de inmediato: quién podía imaginar que algún día iba a obtener beneficios de las horas invertidas en escribir este blog. El productor Carlos Jean, con su característico aspecto de dibujo animado en 3D, hizo las veces de presentador, mientras el grupo intentaba explicar a los doscientos asistentes las razones de su abandono de la industria. La algarabía propia de un bar no ayudó al cuarteto a hacerse entender, por lo que no quedó claro si planean vender su música por internet o regalarla, ni si seguirán fieles al concepto LP o simplemente irán soltando las canciones según las tengan. Yo, la verdad, me quedé con ganas de preguntar si el guitarrista Dani Mezquita sigue trabajando en discográficas (lo que sería algo incoherente), pero la música zanjó el amago de rueda de prensa y ninguno nos quejamos.

Los tres primeros temas eran nuevos. El primero de ellos, de título Separados, es una balada tan característica de David Summers que no necesita registrarla en la Propiedad Intelectual para demostrar su autoría: nadie podría discutírsela. Los dos siguientes eran algo más cañeros, pero no puedo decir gran cosa de ellos porque, tan pronto como Javi Molina cambió las escobillas por las baquetas, su batería era lo único que se oía en todo el bar. Terminada la presentación de temas nuevos (muy llevaderos, por cierto), David Summers hizo valer su conocida campechanía y preguntó al público qué quería escuchar. Así, por petición popular, fueron cayendo Suéltate el pelo, Nassau, Indiana, Me siento bien, Te quiero, Marta tiene un marcapasos, Lo noto, No te escaparás, Venezia, Visite nuestro bar, Sufre mamón y Voy a pasármelo bien, hasta apañar un repertorio de setenta y cinco minutos que obligó a cantar incluso a los blogueros más escépticos. Cierto que no hicieron otra cosa que desordenar su set-list habitual y que no se marcaron ninguna rareza, pero a caballo regalado no se le mira el diente: esas canciones en apariencia tan simples no han perdido su frescura, y aún funcionan como un resorte a la hora de poner de buen humor al personal. Ni siquiera los músicos escapan a sus buenas vibraciones incluso después de un cuarto de siglo tocándolas: desde las primeras filas de un bar puedes ver con claridad cómo David, Dani, Rafa y Javi todavía disfrutan dándoles forma sobre las tablas.

 

 

Mi décimo concierto de Hombres G es uno que no olvidaré: todos cantando en un bar “siento un golpe en el pecho… ha salido el marcapasos entre vísceras y sangre” mientras el autoproclamado Rey del Pop se marcha al otro mundo de un ataque el corazón. La vida es una gigantesca ironía ante la que sólo cabe proclamar “qué cojones, voy a pasármelo bien”.

Jota78

M-Clan (Campo de fútbol La Vía, Coslada, 13/06/09)

Diez de la noche del sábado en el nuevo piso de Ana P., bonito y acogedor, pero no demasiado céntrico. Ella pone Memorias de un espantapájaros en el equipo de música y yo me dedico a perder el tiempo en internet robándole el WiFi a algún vecino incauto.

-Bueno, al menos estoy a un paso de Coslada -dice con ironía.

Normalmente me hubiera reído, pero sus palabras han puesto en marcha algún mecanismo mental que todavía no sé a dónde conduce. Coslada. Sábado 13 de junio. Pasos de equilibrista… Algo hace clic en mi cabeza, y mi dedo hace lo propio sobre el ratón. En efecto, M-Clan tocan en las fiestas de Coslada dentro de media hora.

 

 

Desbaratada la idea de pasar la noche en casa sin hacer nada, nos lanzamos al coche en busca de un campo de fútbol que no sabemos situar en una ciudad en la que nunca hemos estado. Está predestinado que asistamos a este concierto y nada nos va a detener, ni siquiera esos treinta y siete grados de puro bochorno que anuncian una tormenta inminente. Ni tampoco que el año pasado acabáramos hartos de M-Clan después de verlos cuatro veces en directo. Ana P. no ha mentido, Coslada está a cinco minutos de su casa. En otros cinco encontramos el recinto ferial que, por costumbre, presuponemos colindante al lugar de las actuaciones. Tardamos casi un cuarto de hora en encontrar aparcamiento, así que nos bajamos del coche justo a la hora prevista de inicio del concierto, las diez y media. Llueve suavemente, pero el mercurio no da tregua. Algunos lugareños nos indican el camino y llegamos al lugar con quince minutos de retraso. Nos quedamos petrificados al ver una cola de mil personas que rodea el campo de fútbol.

 

El motivo del colapso es que los guardas de seguridad están haciendo entrar a todos los asistentes por una única puerta de doble hoja, en la que escudriñan bolsos y mochilas con una atención por el detalle digna de un aeropuerto. Cuando resulta evidente que a ese ritmo se hará de día antes de que entremos todos, abren una segunda puerta de acceso, ésta sin cacheos absurdos. Son cerca de las once, pero el concierto aún no ha empezado y no está muy claro que vaya a hacerlo: los instrumentos, los monitores y la mesa de sonido están cubiertos con plásticos, y las torres de bafles a cada lado del (paupérrimo, modestísimo) escenario están descolgadas. La carrerita que nos hemos pegado aumenta la sensación de ahogo provocada por el bochorno, por lo que nos dirigimos a las barras para beber algo y rezamos para que el viaje no haya sido en vano.

 

La llovizna afloja un poco y los “pipas” se ponen a trabajar, conscientes de llevar ya una hora de retraso sobre el horario previsto. Uno de ellos incluso trepa por la resbaladiza estructura de mecanotubo y mueve los focos a pulso sin preocuparse antes de atarse el arnés; todos lo miramos fascinados, preguntándonos si el resto de su vida (y el devenir de nuestra noche) no se concretará en ese mismo instante. Por suerte no ocurre nada, y a las once y media todo está listo para empezar.

 

La forma en la que los músicos suben al escenario y se enchufan sin ninguna ceremonia deja claro desde el principio que para ellos, más que un concierto, es un bolo. Sólo Tarque aguarda en un lateral a que el hilo musical se apague antes de salir a escena. El cantante está algo más delgado que el año pasado, aunque a cambio sus rizos son ya prácticamente blancos. Esta noche va vestido como Springsteen (chaleco sobre camiseta con los bíceps al aire, vaqueros imposiblemente ceñidos y botas), e incluso se atreverá durante el interludio instrumental de Las calles están ardiendo a intentar dirigir con sus movimientos al grupo como si éste fuera la E Street Band. Sin embargo, a quien de verdad empieza a parecerse Tarque como cantante es a Bob Dylan, por su forma de reinventar (y en ocasiones destrozar) las canciones: poniendo el énfasis esperado en el lugar opuesto de la estrofa, o bien interrumpiendo y retomando la letra, no ya en el ecuador de una frase, sino en mitad de las palabras, Tarque consigue que intentar cantar con él Usar y tirar o Llamando a la Tierra sea una experiencia frustrante.

 

 

Entre el público, algunos fans de M-Clan portan pancartas pidiendo Donde el río hierve y otros temas añejos. Su esfuerzo es infructuoso: el repertorio es el de siempre y el único guiño a la prehistoria de la banda es Perdido en la ciudad. La mayoría de los espectadores casuales, como siempre, se dan por satisfechos con saberse Carolina, aunque los dos primeros singles del último disco, Roto por dentro e Inmigrante, también son mayoritariamente coreados. Los fuegos artificiales provenientes del recinto ferial colindante le dan bastante magia a Maggie despierta, pero el despliegue de pirotecnia se eterniza durante cuatro canciones y acaba siendo una molesta distracción. Tarque vuelve a captar la atención general con una broma desafortunada sobre la corrupción policial en Coslada que no arranca ni una sola sonrisa a mi alrededor; supongo que el esperpento nacional que da pie a grotescas tv-movies sólo hace gracia visto desde fuera.

 

A la hora de concierto tocan Miedo y su primera estrofa resulta profética: “Para empezar, diré que es el final”. Es verdad, tenemos miedo, pánico, a los descomunales relámpagos que iluminan la noche de Coslada a sólo unos cientos de metros de nosotros. Los cielos se abren y empiezan a descargar el aguacero prometido, lo que brinda el segundo instante mágico de la noche (primero el fuego, luego el agua) durante el clímax de la canción, pero también finiquita el show a los sesenta y cinco minutos. El público aplaude igual, comprensivo y agradecido, y todos corremos a refugiarnos de las fuerzas de la naturaleza. Qué demonios, al menos hemos visto un concierto de M-Clan distinto a los demás.

 

 Jota78

 

Crónicas de conciertos de M-Clan en 2008: Joy Eslava, San Isidro, Fiestas de Boadilla y La Riviera.

AC/DC (Estadio Vicente Calderón, Madrid, 05/06/09)

El tormento y el éxtasis: así son siempre los conciertos en el Calderón. Éxtasis, porque allí sólo tocan los elegidos (y ocasionales advenedizos), dioses del rock megalómano del calibre de los Stones, U2 o AC/DC, por lo que cada espectáculo en este estadio es único e irrepetible. Y tormento, porque la organización de tales eventos es un paroxismo de caos y descontrol que amarga (un poco) la dulce experiencia. Gracias a que la construcción del estadio quedó inmortalizada en el celuloide de la maravillosa Y si no, nos enfadamos (Marcello Fondato, 1974), sabemos que fue antes la gallina que el huevo: primero se levantó el coliseo futbolístico y después se construyeron todas las casas a su alrededor, acorralando al Calderón contra el río y provocando que su acceso y desalojo sea lo más parecido al desembarco de Normandía que tus ojos vayan a ver nunca (con suerte).

 

A las nueve menos cuarto las puertas ya están cerca del colapso. Lleva un rato franquearlas para lograr acceder al césped; pero cuando lo consigues, una vez el cielo nublado se abre ante ti y atisbas el gigantesco escenario, recuperas en un segundo el entusiasmo infantil con el que abandonaste el Palacio de deportes la noche del pasado 2 de abril. Los teloneros The Answer hacen un trabajo fino precalentando a la parroquia, que tampoco lo necesita porque los nervios ya están a flor de piel. Las decenas de miles de personas presentes han venido a tomarse la revancha por no haber sido invitadas al concierto de hace dos meses, y nada puede aguarles la fiesta, ni siquiera la amenaza de lluvia. Bueno, una cosa sí que podría jodérsela, pero ese otro temor no se ha concretado: hay cerveza. Y no San Miguel 0.0, Shandy Cruzcampo, Laiker o cualquier otro sucedáneo sin alcohol, sino Mahou de toda la vida, patrocinadora extraoficial de la música de AC/DC. Sí, todo está bien, hay orden dentro del caos.

 

 

Con la birra, claro, viene el pis, y como la organización ha considerado que veinticinco retretes portátiles para veinticinco mil personas en el césped es una proporción adecuada, pronto las esquinas del estadio empiezan a oler a fluidos humanos. Que quede claro que el amante del rock duro no mea en un vaso de plástico porque le guste, sino porque no le dejan elección… Por suerte, el ambiente fresco impide que al olor a orina se sume el olor a transpiración, un cóctel que ya hubiera sido criminal. El sol se esconde poco a poco y los cuernos luminosos se cuentan por cientos en las gradas. Algunos asientos de visibilidad lateral están vacíos porque sus ocupantes han encontrado la manera de bajar a pista: no importa, todos los que traigan esa sonrisa estúpida en la cara son bienvenidos. Las diez de la noche: que corra la cerveza, que comience el show.

 

 

Howard Hawks rodó varias veces la misma película y Stephen King ha escrito a menudo el mismo libro: imagino que ambos encontrarían un interesante desafío en las permutaciones de sus obsesiones recurrentes. Perdón por la inmodestia, pero yo no me siento capaz de mejorar mi crónica del concierto de AC/DC en el Palacio de deportes, así que reordenar las palabras para decir otra vez lo mismo carece de sentido. No digo que no sea un reto literario, pero ahora mismo no puedo planteármelo porque hago más cosas en la vida aparte de este blog. Como los conciertos del Palacio y el Calderón fueron similares en un 99% (una hazaña de por sí), os remito a dicha crónica para una descripción pormenorizada del espectáculo, y paso a comentaros los elementos extramusicales que aportaron alguna singularidad al show del estadio. Son estos:

-La lluvia. Hasta en tres ocasiones a lo largo del concierto jarreó con notable intensidad, la segunda de ellas durante The Jack, por lo que es admirable que Angus no dijera “que se desnude tu padre” o algo parecido. La moral de la tropa a los pies del escenario permaneció también intacta.

-La envergadura. No tengo la impresión de que los elementos físicos de atrezzo (la locomotora, la campana, la muñeca hinchable, los cañones) fueran más grandes que hace dos meses, pero todo el refuerzo de iluminación y pirotecnia sí era mayor. También había una pantalla gigante a cada lado del escenario (además de las del propio escenario, que sí estaban en el Palacio) orientada hacia la grada. Sendas gorras tamaño XXL con cornamenta luminosa remataban las torretas de las que pendían decenas de bafles.

-Brian Johnson y Angus Young acapararon toda la atención gracias a sus carreras por las pasarelas laterales del escenario, relegando al resto de la banda a un nada metafórico segundo plano. Al final del concierto, los más despistados se preguntarían seguro si había alguien a cargo de la base rítmica.

 

 

El resto es lo de siempre, pervertir el dicho hasta convertirlo en “más vale bueno conocido…”: decibelios, testosterona y alegría de vivir, no hay que darle más vueltas. Cierto que la música de AC/DC es más simple que una carraca y que su retrato constante de la mujer como puro objeto de deseo (impagable la imagen de Angus pilotando un bombardero con un cargamento de tías buenas) puede ofender a feministas sin sentido del humor… pero quedémonos con lo bueno: la garganta de Johnson escupiendo notas imposibles, los disparatados solos de Angus, esa vibración que provocan los graves que parece que vaya a partirte la caja torácica, los empujones en hermandad, los señores de Murcia que hacen los cuernos, la cerveza chorreando por tu barbilla mientras la bebes sin control, los chavales berreando “¡¡yuuu shukmi olnaitlong!!”, el olor a porro que llega desde no se sabe dónde, el estruendo de cincuenta mil personas gritando y aplaudiendo a la vez… Algún día recordaremos todas esas sensaciones asombrosas y diremos: la juventud era eso.

 

“¿Sabes ese pitido que oyes? Ese piiiiii… Son las células de tu oído que se mueren: es como su canción de despedida. Cuando pare, nunca volverás a oír esa frecuencia. Disfrútala mientras puedas” (Julianne Moore a Clive Owen en Hijos de los hombres).

 

Jota78

Mi Calendario “E Street” para 2009

28/06: Hyde Park, Londres

26/07: Estadio San Mamés, Bilbao

01/08: Estadio José Zorrilla, Valladolid

30/09: Giants Stadium, New Jersey

02/10: Giants Stadium, New Jersey

Donde otros acaban el concierto, ellos lo empiezan…

La Fuga (Palacio de deportes, Madrid, 29/05/09)

La primera vez que tuve conciencia de la existencia de La Fuga fue en septiembre de 2004, cuando telonearon a Fito & Fitipaldis en Las Ventas. Como no había pantallas no les puse cara, pero sí reconocí algunas de sus canciones como habituales de los bares de rock a los que solía ir, en particular P´aquí p´allá, con cuyo un estribillo empatizábamos todos: “Vivo más de noche que de día, sueño más despierto que dormido, bebo más de lo que debería. Los domingos me suelo jurar que cambiaré de vida”. Me compré el disco en el que aparecía dicho tema, A las doce, pero tampoco puedo decir que lo escuchara mucho. La conclusión que extraje es que La Fuga eran eficaces y monótonos.

 

 

Pero en esa coyuntura en la que muchos amantes del rock español se sintieron algo huérfanos (la disolución de Platero y tú y el lustro sabático de Extremoduro), varios grupos aprovecharon para subir unos peldaños de la escalera e intentaron llenar ese vacío. Curiosamente, los que contaban con integrantes de las bandas originales, como La Inconsciencia o La Gripe, triunfaron menos que aquellos que los emulaban sin sonrojo, como Marea (siguiendo los pasos de Robe) o La Fuga (aproximándose a los Platero en su sonido, aunque exentos del sentido del humor de los bilbaínos). El nombre del cuarteto cántabro empezó a sonar con fuerza, y acabé pagando por verlos en Albacete en noviembre de 2006, en una sala llena a rebosar de caras familiares, las mismas que veía en los bares noche tras noche. Aprecié la capacidad del grupo para conectar con su audiencia y moverla a su antojo; las canciones, sin embargo, seguían sin acelerarme el pulso. Salí de aquel concierto satisfecho, pero sin ninguna prisa por volver a ver a La Fuga.

 

La ocasión se presentó dos años y medio después, en forma de invitación para su concierto en el Palacio de deportes. Estaba asombrado de que la popularidad de la banda hubiera crecido tanto como para llenar aforos de quince mil personas. Es verdad que a veces no me entero de ciertos fenómenos (el año pasado, cuando El Barrio llenaba cuatro veces el Palacio, yo seguía confundiéndolo con El Bicho y El Arrebato), pero que nadie a mi alrededor escuchara nunca a La Fuga no casaba con su supuesto tirón popular. Lo entendí segundos después de entrar al recinto: los teloneros eran dos grupos finalistas de un concurso patrocinado por Jack Daniel´s, que obviamente pagaba la minuta del alquiler del Palacio. Los siete mil espectadores congregados no hubieran evitado que el concierto fuera deficitario para La Fuga, de haber corrido éstos con los gastos. Los grandes telones negros servían tanto para tapar el vacío de público en la grada alta como para proyectar por todas partes el nombre de la marca esponsorizadora. De haberse celebrado en el Madrid Arena, el concierto hubiera rozado el lleno: pero el Palacio sigue siendo un hueso duro de roer para la gran mayoría de los grupos patrios (Barricada y Reincidentes han trasladado su concierto del mes próximo a La Riviera).

 

 

Sólo llegué a ver la actuación del segundo de los dos grupos finalistas del concurso, los maños El muro de Berlín. Aunque su cantante no tiene una voz privilegiada, ni tampoco muy clara la diferencia entre ambigüedad y amaneramiento, el quinteto cumplió competentemente con lo que se esperaba de ellos. Si bien no escaparon al síndrome “digo idioteces porque puedo” tan propio de los músicos primerizos en grandes aforos, tampoco se achantaron por el desinterés del público y lograron mover a las primeras filas. El muro de Berlín es una banda todavía sin identidad propia, que toma prestado de demasiados sitios, aunque al menos elige buenos referentes y los emula con cierta gracia. El tiempo dirá si hay que esperar algo de ellos. Poco antes de las diez se apagaron las luces para recibir a La Fuga. En el hilo musical sonaba AC/DC, una elección bastante atrevida, la verdad (si yo dirigiera una película española de acción, no proyectaría antes un trailer de Jungla de cristal). Los espectadores de pista, adolescentes en su mayoría, empezaron a calentar motores para el “pogo”; mientras los de grada, más talluditos, discutían acaloradamente sobre si debían ver el concierto sentados o de pie. Ganaron los segundos, aunque al par de mastuerzos que sostenían lo contrario nadie les tosió ni se les puso delante, todo sea dicho.

 

Quizá el Palacio estuviera a la mitad de su aforo, pero todos los presentes eran verdaderos fans de La Fuga. Corearon estribillos y jalearon cada frase del cantante entre tema y tema como si hubieran prometido devolverles el dinero de la entrada por ello. La entrega del grupo fue pareja a la de su público: está claro que les encanta subirse ahí arriba, y aunque ninguno de ellos tiene una presencia magnética, no paran quietos, lo cual es suficiente para no quitarles la vista de encima en las dos horas de concierto. Si éste hubiera sido al aire libre, seguro que habría habido quejas de los vecinos por el ruido, porque el volumen era brutal. Ni en el baño podía escapar uno de la tormenta sónica, que lógicamente distorsionaba voces e instrumentos. Maldita la hora en la que se aceptó como una convención que el “rock borrachuzo” no entiende de sutilezas sonoras, que su única misión en este mundo es apabullar, aturdir, noquear, search and destroy… Hasta una balada a piano y voz a la mitad del concierto te hacía fruncir el ceño por la forma en que las notas se estrellaban sin contemplaciones contra tus tímpanos.

 

 

Preveo que a los fans de La Fuga no les va a gustar esta crónica; qué se le va a hacer. Lo peor que tiene la banda es que no compensa la repetición de melodías con unos textos que vuelen alto: anoche perdí la cuenta de las veces que se repiten las palabras “sol”, “luna” y “aceras” en sus estribillos, casi siempre para dibujar imágenes bastante triviales (“¿de dónde sacará la luna las pelas para salir todas las noches?” es la más ocurrente de todas, de ahí que aparezca estampada en camisetas). No es que digan idioteces, es que se expresan como lo haría un adolescente embebido de mala poesía. Su canción-alegato contra la heroína es tan elemental como aquella que hicieron al alimón en los ochenta Coque Malla, Carlos Segarra, Javier Andreu y unos cuantos “piezas” más.

 

 

Imagino que me lo hubiera pasado bomba en un concierto de La Fuga a los dieciocho años. A mis treinta y uno, me da mucha más pereza empezar a beber calimocho en la calle a las siete de la tarde para llegar con el punto al concierto, y tampoco me mola tararear cualquier cosa que me echen sin preguntarme por su sentido. Puedo escuchar Madrid, Negociando gasolina o P´aquí p´allá y apreciar su eficacia como combustible rockero, pero se quedan muy lejos de decirme algo o de conmoverme. Cuando al final del espectáculo vuelve a sonar AC/DC por el hilo musical, el espejismo se esfuma y uno recuerda la diferencia entre ser grande y parecerlo.

 

Jota78

Le Punk + Sidecars (Universimad, Madrid, 15/05/09) / Mago de Oz (Teatro Español, Madrid, 17/05/09)

Pertenezco a esa extravagante minoría de españoles a los que les gusta su trabajo. Si sumamos a eso la ausencia de hobbies, se comprende que la concatenación de fiestas y puentes que hemos tenido el último mes en Madrid me haya hecho atisbar cuán terrible puede llegar a ser mi jubilación. Pero ya me preocuparé de eso llegado el caso. La cuestión es que, con tanto tiempo libre, uno hace cosas que normalmente ni se le pasarían por la cabeza, como pagar por ver a Mago de Oz en un teatro o ir a un concierto gratuito en la Ciudad Universitaria: dos actividades que te reconectan (reconcilian sería decir demasiado) con el entusiasmo y la tersura postadolescentes,  y te recuerdan qué deprisa pasa el tiempo.

 

El concurso Rock Villa de Madrid cumple los mismos años que yo, treinta y uno. Hace un lustro asistí a la actuación de los finalistas y ganadores en el Paraninfo de la Universidad Complutense, con el colofón de la actuación de Burning, y no éramos más de trescientos espectadores aquel domingo por la noche (esa cifra queda bastante deslucida en la gigantesca explanada donde se celebran las actuaciones); así que, para sobrevivir, la entrega de premios se integró en el Universimad, una jornada de doce horas de conciertos gratuitos que tiene más tirón entre los universitarios. El cartel es francamente ecléctico, abarcando desde el denso Corcobado hasta los ubicuos La Excepción. Mis otras actividades de jubilado (comerme un bocadillo de panceta de cinco euros en la pradera de San Isidro, por ejemplo) sólo me permitían ver al díptico de Alameda de Osuna formado por Sidecars y Le Punk a las siete de la tarde. Qué raro resulta escuchar rock canalla de raíz stoniana mientras el sol sigue castigándote la nuca (aunque las hemerotecas darán fe de que la primera actuación de los Rolling en Madrid transcurrió de día).

 

Como diría el señor Spock, es “lógico” que me gusten Sidecars: son un calco de Pereza, el grupo estrella de Alameda, en su sonido, su actitud y su discurso. Eso es lo que percibí cuando telonearon a Rubén y Leiva en el Madrid Arena en diciembre de 2007, ignorante todavía de que Juancho (cantante de Sidecars) es hermano pequeño del segundo. Y ahí es donde el tema se pone peliagudo: aunque se haya crecido mamando la misma música y adorando a los mismos grupos, es psicológicamente poco recomendable seguir a pies juntillas el camino trazado por tu hermano. No para la discográfica, claro, que se ahorra el trabajo de fabricar un imitador convincente del grupo de éxito (a la manera de los sucedáneos de Andy y Lucas que pueblan el sur de la península): Sidecars se lo dan hecho a buen precio. Pero en fin, que exista Pau Gasol no significa que su hermano sea malo, sólo que vivirá siempre a la sombra de éste. Si eso no es un problema para Juancho, tampoco lo es para mí. Tardé un par de años en librarme de prejuicios y aceptar que me gustaban Pereza, así que puede que acabe pasándome lo mismo con Sidecars. En Universimad lograron enganchar a la gente en apenas media hora de actuación y, a mi alrededor, varios chavales tarareaban las canciones con entusiasmo. La vida da muchas vueltas, quién sabe qué hermano teloneará al otro en 2015.

 

Más en mi salsa me sentí viendo a Le Punk, seguramente por cercanía generacional. Su rock balcánico-arrabalero de querencias cabareteras (¡toma!, he conseguido meter cuatro géneros en la misma frase) sale disparado hasta la estratosfera con la inestimable ayuda de los metales de No Reply, cuya consigna parece ser: soplar o saltar, lo que sea salvo estarse quieto. La alianza es perfecta. Una vez más, sólo pude verlos durante cincuenta minutos, así que tengo que repetir lo que dije a propósito de su concierto en El Sol, el pasado diciembre: no sé si dos horas de semejante intensidad serán agotadoras. Algún día lo comprobaré. Lo que está claro es que el mismo Diego Manrique, presentador de Corcobado, sabía que éste tenía la batalla perdida después de la aclamación popular con la que los universitarios despidieron a Le Punk.

 

Hagamos una elipsis temporal de cuarenta y ocho horas, y plantémonos en el tercer palco del Teatro Español. El aburrimiento dominical y los precios populares me han empujado a lo impensable, al menos para mí: ver un concierto de Mago de Oz. El rock duro de notas agudas no es lo mío, ni me veo ya botando en comunión con otros cuerpos sudados (AC/DC es la excepción que confirma la regla), por lo que la extravagancia de ver al sexteto pirata en un vetusto teatro clásico me parecía, a priori, la mejor de las opciones.

 

Lo reconozco, me equivoqué. Dos veces. La primera, por mirar por encima del hombro a Mago de Oz, que tienen un directo bien divertido; y la segunda, por creer que iba a estar mejor en un teatro que en un parque, una plaza de toros o cualquier otro recinto al aire libre. La grada alta del Teatro Español es un infierno. Me pregunto cómo haría el antes citado Gasol para sentarse en una butaca allá arriba, porque incluso a mí, que soy el típico españolito de gama media, las rodillas se me aplastaban contra el respaldo de la fila anterior: puede que algún espectador haya muerto del síndrome de la clase turista durante alguna representación teatral particularmente farragosa. Pero quizá lo peor de todo era la carestía de aire acondicionado, lo que hizo que las glándulas sudoríparas adolescentes a mi alrededor se pusieran a trabajar a tope, hasta el punto de provocar arcadas.

La que te sabes…

 

Confiaba en que los entregados fans de Mago de Oz (todos con su camiseta homologada) se levantaran de los asientos nada más pisar el escenario el grupo, pero no fue así. Ni siquiera los saltos a la platea del cantante invertían la tendencia a clavar el culo al asiento: probablemente, los espectadores estaban algo cohibidos por la solemnidad del teatro, temerosos quizá de que un acomodador vestido de pingüino les llamara la atención por sus malas formas. La cosa es que los calambres en las piernas, la camiseta pegada al cuerpo por el sudor, el mareante olor y la mala visibilidad del escenario hacían imposible disfrutar del espectáculo, con lo que permanecer allí carecía de sentido. A los tres cuartos de hora tiré la toalla y salí a la calle a respirar aire puro. Dos lecciones aprendidas: que Mago de Oz me lo pueden hacer pasar bien en algún futuro concierto al aire libre (a poder ser, con un mini de cerveza en la mano), y que Madrid está lleno de teatros a los que la piqueta debería enseñar modales, porque su tiempo ya pasó.

 

Jota78

Antonio Vega (1957-2009)

Vi en directo a Antonio Vega en dos ocasiones, la primera en las fiestas del 2 de mayo de 2001 (cuando todavía las había y Malasaña no era un barrio tan castigado por el Ayuntamiento) y la siguiente en una de sus habituales comparecencias en la sala Clamores, en 2006. Ahora que ya no está, no vamos a reescribir la historia y fingir que Antonio en directo era la bomba: durante su última década de vida, presentaba a menudo una estampa lamentable, y los momentos de vergüenza ajena no eran ajenos a sus conciertos. A todos nos asombró que sobreviviera a varios de sus contemporáneos igual de dados a pasear por el lado salvaje, como Enrique Urquijo o Pepe Risi.

Pero luego estaban las canciones: Desordenada habitación, Lucha de gigantes, Una décima de segundo, Se dejaba llevar por ti… y la sempiterna Chica de ayer, no por trillada menos poderosa. Por esos poemas musicados se le perdonó todo a Antonio Vega durante años. Merecidamente.

Descanse en paz.